Vivir de Dios - San Juan 6, 51-58 -
El núcleo esencial del Evangelio se resume en solo dos palabras: pan y vida, comer y vivir.
Vivir, canto supremo del ser, grito final de cada
salmo; vivir para siempre, vértigo de la esperanza.
Pero el Evangelio plantea una pregunta: ¿qué
es lo que te hace vivir?
Yo vivo de las personas. Vivo de proyectos y de
llamamientos, de pasiones y de talentos. Yo vivo de la tierra que nos sustenta y gobierna. Pero yo vivo sobre
todo de mis manantiales, como ocurre con todo río, como con todo árbol
arraigado a sus raíces.
El hombre no vive solo de pan. Es más, solo de pan el
hombre muere. Pero vive de lo que sale de la boca de Dios. ¡Yo vivo de Otro! De
la boca de Dios salen palabras que crean luz, agua, tierra, viento.
De ahí viene el cosmos, viene el aliento de vida que
convierte un puñado de polvo en una persona viva. De la boca de Dios vienen mis
hermanos, que son palabra de Dios, aliento de Dios; viene el beso de amor con
el que comienza y termina la vida. Esta es mi fuente. ¿Qué haré?
En algún momento la Biblia recoge estas palabras: “acuérdate
de todo el camino que el Señor te ha hecho recorrer” (Deuteronomio 8,
2). Acuérdate,
porque el olvido es la raíz de todos los males. Acuérdate del camino, es
decir, de las fuentes y luego del ascenso, del florecer, del crecer. Acuérdate
del viento de las pistas, de lo hermoso que era tener el alma cansada por la
llamada de cosas lejanas. Acuérdate de que ser hombre-con-Dios es lo contrario de
perderse entre las dunas. Y de todo el maná que cayó de repente cuando ya no lo
esperabas.
Todos podríamos contar nuestro viaje por la vida, no
solo de los escorpiones o las serpientes, sino del agua que brotó un día de
improviso cuando, desesperados, creíamos que no lo lograríamos y del cielo
llegó algo, una fuerza, un amor, un amigo, un canto.
De repente se abren rendijas para recordarnos que no
vivimos solos, encerrados en el círculo trágico de nuestros problemas, sino que
hay un amor que asedia los confines de la historia.
Si he sobrevivido, si no me he convertido yo mismo en
un desierto, en tierra apagada e inhóspita, se lo debo a Otro. Vivo
de Dios.
Recordar es dialogar con mi historia, permanecer junto
a mi manantial. Entonces, en cada eucaristía, con ese pequeño pan en la mano,
con un episodio santo en el corazón, dialogar sin fin, como Israel ante el maná:
¿Qué es? Es Dios en busca del hambre y la sed del
hombre.
¿Qué es? Es Jesucristo, hambre de algo más para quien
está saciado solo de pan.
¿Qué es? Es Él quien vive dándose, a mí que vivo de
pan y de milagro.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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