sábado, 23 de mayo de 2026

Yo doy la vida - San Juan 6, 51-58 -.

Yo doy la vida - San Juan 6, 51-58 -

Hay una palabra que recorre todas las palabras de Jesús, como una corriente subterránea, una veta que atraviesa las páginas: «vida».

 

¿Qué tienes que ver con nosotros, oh carne y sangre de Cristo? La respuesta es una pretensión incluso excesiva, incluso desconcertante: ¡yo doy vida! Una certeza apremiante por parte de Jesús de poseer algo que invierte el curso de la vida, orientándola ya no hacia la muerte, sino hacia la eternidad.

 

La sorpresa es que Jesús no dice: «Tomad de mí mi sabiduría». No dice: «Bebed mi inocencia, comed la santidad, la divinidad, lo sublime que hay en mí, la justicia absoluta, el poder ilimitado».

 

Jesús dice, en cambio: «Tomad la fragilidad, la debilidad, la precariedad, el dolor, la intensidad de esta vida mía».

 

Nuestro Dios es así, conoce los sentimientos, sabe lo que es el miedo y el deseo, ha llorado, ha gritado sus «porqués» al cielo, ha sido rechazado por la tierra. Por esta fragilidad suya es el Dios para el hombre; con su dolor es el Dios para mi vida hecha de brotes amargos.

 

Casi un Dios menor, pero solo así se convierte en «mi/nuestro» Dios. No se puede llegar a la divinidad de Jesús si no es pasando por su humanidad, carne y sangre, cuerpo en el que se habla del corazón, manos que amasan polvo y saliva sobre los ojos del ciego, lágrimas por el amigo, pasiones y abrazos, los pies untados de nardo, la casa que se llena de perfume y de amistad, y la cruz de sangre.

 

Los verbos repetidos casi con una monotonía —comer, beber— son ante todo el lenguaje de la liturgia de la vida, de una Eucaristía existencial, de la comunión total con Jesús.

 

«En la comunión el corazón absorbe al Señor y el Señor absorbe al corazón, así los dos se convierten en una sola cosa» (San Juan Crisóstomo).

 

Y tú te conviertes en Evangelio. Y si te conviertes en Evangelio, sientes la certeza de que el amor es más verdadero que el egoísmo, la piedad más humana que el poder, el don más divino que la acumulación.

 

Nosotros comemos y bebemos a nuestro Señor cuando asimilamos el núcleo vivo y apasionado de la existencia de Jesús y nos insertamos en su tronco, que es su modo de vivir.

 

Quien hace suyo el secreto de Jesús, este encuentra el secreto de la vida. A esto nos conduce la Eucaristía dominical, donde lo sublime linda con lo cotidiano, lo infinito con el frágil perímetro del pan y del vino; allí Dios está cerca de nosotros, que tememos la soledad y el dolor. Si tan solo lo acogemos, encontraremos el secreto de la vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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