Yo doy la vida - San Juan 6, 51-58 -
Hay una palabra que recorre todas las palabras de Jesús, como una corriente subterránea, una veta que atraviesa las páginas: «vida».
¿Qué tienes que ver con nosotros, oh carne y sangre de
Cristo? La respuesta es una pretensión incluso excesiva, incluso
desconcertante: ¡yo doy vida! Una certeza apremiante por parte de Jesús de
poseer algo que invierte el curso de la vida, orientándola ya no hacia la
muerte, sino hacia la eternidad.
La sorpresa es que Jesús no dice: «Tomad
de mí mi sabiduría». No dice: «Bebed mi inocencia, comed la santidad, la
divinidad, lo sublime que hay en mí, la justicia absoluta, el poder ilimitado».
Jesús dice, en cambio: «Tomad la fragilidad, la
debilidad, la precariedad, el dolor, la intensidad de esta vida mía».
Nuestro Dios es así, conoce los sentimientos, sabe lo
que es el miedo y el deseo, ha llorado, ha gritado sus «porqués» al cielo, ha
sido rechazado por la tierra. Por esta fragilidad suya es el Dios para el
hombre; con su dolor es el Dios para mi vida hecha de brotes amargos.
Casi un Dios menor, pero solo así se convierte en «mi/nuestro»
Dios. No se puede llegar a la divinidad de Jesús si no es pasando por su
humanidad, carne y sangre, cuerpo en el que se habla del corazón, manos que
amasan polvo y saliva sobre los ojos del ciego, lágrimas por el amigo, pasiones
y abrazos, los pies untados de nardo, la casa que se llena de perfume y de
amistad, y la cruz de sangre.
Los verbos repetidos casi con una monotonía —comer,
beber— son ante todo el lenguaje de la liturgia de la vida, de una
Eucaristía existencial, de la comunión total con Jesús.
«En la comunión el corazón absorbe al Señor y
el Señor absorbe al corazón, así los dos se convierten en una sola cosa»
(San Juan Crisóstomo).
Y tú te conviertes en Evangelio. Y si te conviertes en
Evangelio, sientes la certeza de que el amor es más verdadero que el egoísmo,
la piedad más humana que el poder, el don más divino que la acumulación.
Nosotros comemos y bebemos a nuestro Señor cuando
asimilamos el núcleo vivo y apasionado de la existencia de Jesús y nos
insertamos en su tronco, que es su modo de vivir.
Quien hace suyo el secreto de Jesús, este encuentra el
secreto de la vida. A esto nos conduce la Eucaristía dominical, donde lo
sublime linda con lo cotidiano, lo infinito con el frágil perímetro del pan y
del vino; allí Dios está cerca de nosotros, que tememos la soledad y el dolor.
Si tan solo lo acogemos, encontraremos el secreto de la vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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