Yo en ti, tú en mí - San Juan 6, 51-58 -
Yo soy el pan vivo: Jesús tuvo una idea genial al elegir el símbolo del pan. El pan es una realidad santa porque da vida, y que el hombre viva es la primera ley de Dios y la nuestra.
El pan muestra cómo la vida del hombre está
indisolublemente ligada a un poco de materia, depende siempre de un poco de
pan, de agua, de aire, cosas sencillas que rozan el misterio y lo sublime.
Las cosas sencillas son las más divinas: ahí reside
precisamente la genialidad del cristianismo. En él, Dios y el hombre ya no se
oponen, la materia y el espíritu se abrazan y se funden el uno en el otro. Es
como si el movimiento de la encarnación continuara cada día. No debemos
despreciar nunca la tierra, la materialidad, porque en ella desciende una
vocación divina: asegurar la vida, el don más precioso de Dios.
Si alguien come de este pan, vivirá para siempre. Una palabra subyace a todas las palabras de Jesús en
el Evangelio, y constituye la columna vertebral de su discurso: la palabra «vida».
¿Qué tienes que ver conmigo, oh Pan de Cristo? La respuesta es una pretensión incluso excesiva,
incluso desconcertante, y tan simple: «yo te haré vivir».
Jesús es en la vida dadora de vida, como lo es el pan.
La convicción absoluta de Jesús es la de poder ofrecer algo que antes no
teníamos: un incremento, un crecimiento, una intensificación de la vida para
todos aquellos que hacen de Él su pan de cada día.
Jesús se convierte en mi pan cuando tomo su vida
buena, bella y bienaventurada, como medida, energía, semilla, levadura de mi
humanidad.
Comer y beber la vida de Jesús es un acontecimiento
que no se limita a las celebraciones litúrgicas, sino que se multiplica en la
vida cotidiana, se extiende sobre el gran altar del planeta, en la «misa
sobre el mundo» (Teilhard de Chardin).
Yo como y bebo la vida de Jesús cuando trato de
asimilar el núcleo vivo y apasionado de su existencia, cuando cuido con ternura
de mí mismo, de los demás y de la creación. Cuando trato de hacer mío el
secreto de Jesús, entonces encuentro el secreto de la vida.
Quien come mi carne y beba mi sangre permanece en mí y
yo en él. La palabra
determinante: yo en él, él en mí. Esta es toda la riqueza del misterio:
¡Cristo en vosotros! (Col 1,27).
La riqueza del misterio de la fe es de una sencillez
deslumbrante: Cristo que vive en mí, yo que vivo en Él. Evento de la
Encarnación que continúa: el Verbo de Dios que se hizo carne en el seno de
María, sigue obstinado e incansable encarnándose en nosotros, nos hace a todos
gestantes del Evangelio, preñados de luz.
Dios en mí: mi corazón lo absorbe, Él absorbe mi
corazón, y nos convertimos en una sola cosa, en una única vocación: llegar a ser,
en la vida, un trozo de pan bueno para las personas que amo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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