El secreto de la vida: pan y vino entregados - San Juan 6, 51-58 -
Yo soy el pan vivo: Jesús tuvo una idea genial al elegir el pan. El pan es una realidad santa, simboliza todo lo que da vida, y que el hombre viva es la primera ley de Dios.
¿Qué hacemos el Domingo en nuestras celebraciones?
¿Adorar el Cuerpo y la Sangre del Señor? No. No es la fiesta de los
tabernáculos abiertos ni de las copas doradas y de lo que contienen.
¿Celebramos a Cristo que se entrega, cuerpo partido y
sangre derramada? No es exacto.
La Eucaristía va un paso más allá. De hecho, ¿qué
regalo es aquel que nadie acoge? ¿Qué regalo es si te ofrezco algo y a ti no te
gusta y lo abandonas en un rincón?
Es la memoria del «tomad y comed», «tomad
y bebed», el regalo recibido, el pan comido. Como indica el Evangelio,
que se estructura íntegramente en torno a un verbo sencillo y concreto, «comer»,
repetido siete veces y reiterado otras tres junto con «beber».
Jesús no está hablando del sacramento de la
Eucaristía, sino del sacramento de su existencia, que se convierte en mi pan
vivo cuando lo tomo como medida, energía, semilla, levadura de mi humanidad.
Jesús quiere que por nuestras venas corra el flujo
cálido de su vida, que en el corazón eche raíces su valor, para que nos
pongamos en camino a vivir la existencia humana tal y como él la vivió.
Comer y beber la vida de Cristo no se limita a las
celebraciones litúrgicas, sino que se extiende sobre el gran altar del planeta,
en la «misa sobre el mundo» (Teilhard de Chardin).
Yo como y bebo la vida de Cristo cuando intento
asimilar el núcleo vivo y apasionado de su existencia, cuando cuido con ternura
combativa de los demás, de la creación y también de mí mismo. Hago mío el
secreto de Cristo y entonces encuentro el secreto de la vida.
Quien come mi carne y beba mi sangre permanece en mí y
yo en él. Es determinante la
pequeña preposición: «en». Que crea vínculo, intimidad,
unión, injerto, contiene «toda la riqueza del misterio: Cristo en
vosotros» (Col 1,27).
La riqueza de la fe es de una sencillez deslumbrante: Cristo
que vive en mí, yo que vivo en Él. El Verbo que se hizo carne en el
seno de María sigue, obstinado, encarnándose en nosotros, nos hace a todos
gestantes del Evangelio, embarazados de luz.
¡Tomad, comed! Palabras que me sorprenden cada vez, como una declaración de amor: «Quiero
estar en tus manos como un don, en tu boca como pan, en tu íntimo como sangre,
convertirme en célula, aliento, pensamiento de ti. Tu vida».
Aquí está el milagro, el latido del corazón, el
asombro: Dios en mí, mi corazón lo absorbe, Él absorbe mi corazón, y nos
convertimos en una sola cosa, con la misma vocación: no irnos de este mundo sin
habernos convertido en un trozo de pan bueno para alguien.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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