¿Y después de Pentecostés qué?
Pentecostés, es decir, 50 días después. ¿Después de qué? Después de la gloriosa salida de la casa de la esclavitud.
Por fin personas libres, ya no sometidas a los
caprichos del faraón. La Pascua es un grito de alegría por la liberación
inesperada. Miriam y Moisés entonan cánticos de victoria que dan forma al sentir
del pueblo liberado.
Una explosión de alegría, destinada a una breve
existencia, rápidamente sustituida por las preocupaciones por el agua y la
comida: qué bonito sentirse libre, pero luego hay que sobrevivir.
Desde el día siguiente, una vez pasada la euforia de
las celebraciones, se plantea la pregunta: ¿y ahora qué hacemos? ¿Qué hacemos
con la libertad conquistada?
Una pregunta desgarradora, porque es más fácil romper
las cadenas que impiden que los pies se muevan que trazar el camino por el que
luego hay que avanzar. Por no hablar del deseo indecible de volver atrás, la
tentación inconfesable de que, tal vez, se estaba mejor en Egipto... porque
hasta es posible que más valga lo malo conocido que lo bueno por conocer…
Cincuenta días después hay otras aguas que atravesar:
las agitadas de los corazones donde se estrellan las espantosas olas de la
duda, de la sospecha, junto con los demonios que imperaban en Egipto, el
primero de todos el encanto de la fuerza, del poder que exalta a unos y aplasta
a otros.
¿Qué hacemos con la libertad alcanzada? ¿La usamos
para tomar el poder y recrear Egipto en otra tierra, con los antiguos oprimidos
en el papel de opresores?
Cincuenta días después se perfila la encrucijada, en
las laderas del Monte Sinaí. Justo allí, el pueblo escucha una palabra
alternativa a la que había oído hasta entonces.
Más allá de las palabras del faraón, y también más
allá de los gritos de júbilo de los liberados, una palabra desde lo alto, que
perfila una forma inédita de habitar la tierra.
Cincuenta días después, el pueblo recibe la Torá. Y
desde entonces recordará ese don en la fiesta de Pentecostés. Día que nos
plantea el desafío de habitar la tierra de otra manera.
Fiesta con un regusto amargo, como denuncian los
profetas, a causa de las infinitas desmentidas de aquellas solemnes palabras.
Como si cada generación tuviera que considerarla a la
manera de un acontecimiento aún no consumado, que siempre será cincuenta días
después de nuestras supuestas victorias.
Al enfrentarse a este desafío perenne, un discípulo de
Jesús, San Lucas, narra el acontecimiento fundacional de la comunidad
mesiánica.
Cincuenta días después de otra Pascua. De nuevo, la
irrupción de una palabra diferente, que narra las maravillas de Dios frente a
las injusticias de los poderosos. No tanto instrucciones de uso. No es cuestión
de información —si fuera así, nos bastaría con la inteligencia artificial—; es
un acontecimiento de comunicación, en el que la palabra teje vínculos de
sentido que dan forma a lo «común»:
¡este es el desafío de comunicar!
Lo que resuena no es la letra muerta de una palabra
petrificada, embalsamada. Es una palabra-semilla, que encuentra los terrenos
existenciales de una pluralidad de sujetos, que hablan del mundo en lenguas
diferentes, pero que sienten que esa palabra es capaz de abrir su propia lengua
a lo inédito.
Cincuenta días después, cuando los aleluyas pascuales
se han agotado, mientras se siguen plantando cruces en los tantos Gólgotas de
la historia, se replantea la necesidad de una palabra diferente, junto con ese
espíritu divino que la arranca del uso retórico y la propone de nuevo como
palabra viva, pascual.
Cincuenta días después de la Pascua de Jesús resuena
una Palabra entregada desde el principio al pueblo. Palabra que el Espíritu
hace audible para todas y todos, de modo que da vida a una comunidad
carismática y espiritual, antídoto contra las instituciones jerárquicas, el
patriarcado y las dictaduras.
Palabra que da testimonio de la eliminación definitiva
de las muchas piedras que encierran la vida en los sepulcros. Y que advierte
contra el riesgo de que, a su vez, sea encerrada, como si fuera un talento que
hay que enterrar, por nobles motivos de custodia del depósito, para sustraerla
a los movimientos de la historia y definirla de una vez por todas. El Espíritu
la convierte en moneda de cambio, en un tesoro que hay que gastar, no conservar
al vacío.
Cincuenta días después, las discípulas y los
discípulos de Jesús se enfrentan al reto de hacer memoria de su palabra para
intentar vivirla, para arriesgarse siguiendo el viento del Espíritu, dando la
palabra a quienes se han encontrado —a veces, a su pesar— compartiendo el sueño
de Jesús, donde reina Dios.
En Pentecostés se renueva el desafío del éxodo hacia
una tierra que sigue siendo siempre prometida. En este camino, que se nos
presenta ante nosotros, se encuentra una humanidad plural, que habla del mundo
de maneras diferentes.
La Iglesia, testigo de palabras vivas gracias al
Espíritu, pone la Palabra a prueba de la vida y la vida a la luz de la Palabra.
La pluralidad que la constituye no debe ser una simple yuxtaposición de
individualidades autorreferenciales, sino la expresión del sueño divino que
ninguna forma es capaz de agotar.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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