El Señor es el Espíritu
Volver a frecuentar el Cenáculo. Sí. Volver a frecuentar el Cenáculo, no por un estéril antojo de intimismo, sino como un ejercicio de conciencia. Todos lo sabemos por experiencia propia: hay lugares que, más que otros, nos evocan intensamente momentos, casi como un recuerdo de momentos cruciales de nuestra historia. El Cenáculo es, sin duda, uno de ellos.
Cuántas cosas evoca el Cenáculo… Allí, la tarde de
aquel mismo día, el primero después del sábado, el Resucitado había regresado
mostrando a los discípulos las huellas indelebles de su pasión de amor; allí,
en aquella gran sala con alfombras, ya preparada, los discípulos habían subido
para celebrar la Pascua con su Maestro; allí, en aquella sala de la planta
superior, después de lavarnos los pies, el Maestro nos había hecho partícipes
de lo que palpita en el corazón de Dios: un amor que no conoce freno; allí, en
ese lugar de la mayor traición de la historia, allí, precisamente allí, fuimos
amados hasta el final, cuando, tomando en sus manos nuestros pies, el Señor
Jesús borraba con esa agua las tantas imágenes de Dios que nuestras perversas
proyecciones acabaron por reproducir y consolidar; allí se nos reveló lo único
que el Padre pide a los discípulos: que os améis unos a otros como yo os he
amado.
Precisamente ese lugar, cuando las tinieblas se
imponen sobre la historia del Maestro, se convierte en el refugio al que
regresan los discípulos, cerrando tras de sí las puertas del lugar donde se
encontraban.
Sí, claro, la motivación principal era el temor a los
judíos, pero muy probablemente ese era el lugar más apropiado donde refugiarse
para no permitir que el vacío dejado por Jesús se impusiera sobre el recuerdo
de su presencia.
Allí les había dicho: «No os dejaré huérfanos».
Uno vuelve con gusto a los lugares que recuerdan la presencia de alguien o de
algo que para nosotros ha representado una razón fundamental de vida. Se vuelve
incluso solo para llorar: San Marcos recuerda que allí, precisamente allí, los
discípulos estuvieron de luto y llorando. A veces basta un aroma, un color, una
foto, un pequeño detalle para que la memoria del corazón se reavive.
El Cenáculo es una imagen de nuestro corazón, es
símbolo de nuestra existencia: allí experimentamos tanto la intimidad con el
Señor como el miedo tenebroso y el repliegue sobre nosotros mismos y sobre
nuestras traiciones.
Y, sin embargo, este y no otro es el lugar en el que
el Espíritu se derrama en plenitud. Allí se entrega a cada uno una pequeña
chispa de fuego, una para cada uno en su diversidad, que hay que mantener
encendida y alimentar hasta el regreso del Señor Jesús.
También a nosotros hoy el Señor Jesús nos repite: «¿Dónde
está mi habitación?», tal y como en la víspera de su pasión. ¿Y
tengo yo un cenáculo que ofrecerle para que se cumpla Pentecostés? La
única condición: la disponibilidad para acoger lo que el Espíritu atestigua a
mi corazón.
Jesús había prometido el don del Espíritu como
Consolador/Paráclito, término que traducido literalmente significa: abogado que no abandona a su cliente.
El Espíritu conoce el sufrimiento de quien se siente solo, de quien ha perdido
toda razón de vivir. Quizás algún día sea Él quien aligere nuestras
responsabilidades diciendo, como abogado: «Ha cometido muchos errores en su
vida, pero también ha sufrido mucho al sentirse solo».
Ahora bien, el Espíritu no nos consuela con palabras de consuelo. El Espíritu hace que Jesús no haya de ser buscado lejos ni añorado como una presencia perdida, sino que sea reconocido. Cada uno según una manifestación particular del mismo Espíritu.
Y así descubrimos que Él se revela como una voz que nos
llama, como llamó a María Magdalena la mañana de Pascua; como un compañero de
camino, como para los discípulos de Emaús; como aquel que provee el pan y el
pescado para saciar el hambre de los discípulos después de la Pascua. ¿Y a
mí cómo se me ha manifestado y cómo sigue manifestándose? Quizás ya se
esté manifestando y yo no sea consciente de ello.
Pobres discípulos… Todos nos identificamos con ellos.
El Resucitado los dejó prometiéndoles que un día volvería y ellos se encuentran
profundamente solos. Lo único que logran hacer es un trámite burocrático:
elegir y nombrar a alguien que ocupe el puesto vacío de Judas. Nada más. Y, sin
embargo, ya la noche de Pascua les había conferido el don de la paz, el mandato
de perdonar los pecados. Y, en cambio, nada. Los suyos son los gestos
repetitivos de quienes se esfuerzan por comprender lo que realmente ha
sucedido.
Y justo cuando están absortos en sus cosas, mientras
hacen memoria de la entrega de las tablas con los Diez Mandamientos, algo
trastoca el cumplimiento de una formalidad. Viento y fuego se abaten
sobre los presentes y cada uno se encuentra hablando la lengua del otro. Una precisión interesante.
Quizá la señal de que hemos tenido una tímida experiencia de Dios y de su Espíritu en nuestra vida sea precisamente esta capacidad de hablar la lengua del otro. No hay escuela que valga para aprender esta lengua: se aprende frecuentando el Evangelio en la asiduidad de una experiencia de comunidad cristiana.
La tarea de los discípulos de cada generación no es otra
que acercarse al otro hablando una lengua en la que pueda ser comprendido:
narrar a Dios al otro con las palabras y los gestos que él pueda comprender.
Si, pues, nos cuesta tanto hablar la lengua del otro, ¿no será quizá porque hemos dejado de
frecuentar la escuela del Evangelio?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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