lunes, 11 de mayo de 2026

Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.

Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra

Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.

 

Una larga experiencia de noviazgo: así podría compararse la vida terrenal del Hijo de Dios entre nosotros.

 

Al igual que en cualquier noviazgo que se precie, tras haber elegido con pasión y esmero a su compañera de vida, la relación ha pasado por los altibajos habituales de toda relación: el entusiasmo y la alegría de estar juntos, pero también la incomprensión y el cambio de rumbo de los días de la Pasión; la disposición a arriesgarlo todo, pero también la incapacidad de seguir el ritmo; la belleza de compartir y la angustia del resentimiento.

 

Y, finalmente, las nupcias, celebradas cuando el Hijo ya era consciente de a quién había elegido. La boda, de hecho, se celebró en el misterio de la Ascensión, cuando la esposa que el Hijo había hecho suya, nuestra humanidad, fue introducida para siempre junto al Padre.

 

¿Qué rostro tiene la esposa del Hijo? ¿Cómo es el rostro de nuestra humanidad?


Por mucho que tenga rasgos maravillosos, hasta el punto de atraer incluso a Dios, se trata de un rostro que hay que rehacer continuamente, un rostro que hay que hacer cada vez más bello: nuestra humanidad, de hecho, acumula no pocas manchas en su rostro, muchas arrugas en su frente y no pocas cicatrices en su cuerpo. Por eso, el regalo de bodas que el Padre hace al Hijo es precisamente el Espíritu Santo.

 

No es casualidad que la oración de la Iglesia, a lo largo de estos dos mil años, no haya dejado de invocar el don del Espíritu, como el único capaz de renovar la faz de la tierra.

 

El Espíritu es el único capaz de devolvernos siempre a cómo salimos de las manos del Creador cuando, mirándonos, reconoció que éramos algo muy bueno. Con una condición, sin embargo: que no le opongamos resistencia, algo que, como sabemos, no es en absoluto remoto.

 

Por mucho que queramos recuperar una integridad perdida y los rasgos de los comienzos, por nosotros mismos no es posible: como mucho, logramos hacer retoques superficiales o una especie de restauración conservadora.

 

El Espíritu, en cambio, tiene el poder de rejuvenecer precisamente aquello que está ya entrado en años o comprometido por demasiadas caídas.



Es solo por medio de Él que existimos;

 

es solo por medio de Él que podemos reconocer que Jesús es el Señor;

es solo por medio de Él que somos capaces de amar;

es solo por medio de Él que tenemos la certeza de que nuestra vida está en manos de Dios;

es solo por medio de Él que no absolutizamos nada ni a nadie, sabiendo que nuestra esperanza está puesta en Dios;

es solo a través de Él recuperamos la fuerza del testimonio;

es solo a través de Él somos capaces de perdonar y atrevernos a gestos de misericordia;

es solo a través de Él vivimos con la conciencia de que, en la vida y en la muerte, pertenecemos al Señor;

es solo a través de Él el cansancio no vence a la disposición a trabajar por el Evangelio;

es solo a través de Él las inevitables turbulencias de la vida no se convierten en el único punto de vista desde el que contemplar la realidad;

es solo a través de Él nuestro paso no conoce el ritmo de la vejez y nuestra mirada no se ve empañada por el pesar;

es solo a través de Él no somos hombres de la nostalgia, sino de la espera;

es solo a través de él nuestras palabras y nuestros gestos no se complacen únicamente en nuestro propio beneficio, sino que están impregnados de la capacidad de ser profecía de algo nuevo;

es solo a través de él somos capaces de dar el difícil paso del miedo al riesgo.

 

Por eso lo invocamos sin cesar.

 

Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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