Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra
Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.
Una larga experiencia de noviazgo: así podría
compararse la vida terrenal del Hijo de Dios entre nosotros.
Al igual que en cualquier noviazgo que se precie, tras
haber elegido con pasión y esmero a su compañera de vida, la relación ha pasado
por los altibajos habituales de toda relación: el entusiasmo y la alegría de
estar juntos, pero también la incomprensión y el cambio de rumbo de los días de
la Pasión; la disposición a arriesgarlo todo, pero también la incapacidad de
seguir el ritmo; la belleza de compartir y la angustia del resentimiento.
Y, finalmente, las nupcias, celebradas cuando el Hijo
ya era consciente de a quién había elegido. La boda, de hecho, se celebró en el
misterio de la Ascensión, cuando la esposa que el Hijo había hecho suya,
nuestra humanidad, fue introducida para siempre junto al Padre.
¿Qué rostro tiene la esposa del Hijo? ¿Cómo es el
rostro de nuestra humanidad?
Por mucho que tenga rasgos maravillosos, hasta el punto de atraer incluso a Dios, se trata de un rostro que hay que rehacer continuamente, un rostro que hay que hacer cada vez más bello: nuestra humanidad, de hecho, acumula no pocas manchas en su rostro, muchas arrugas en su frente y no pocas cicatrices en su cuerpo. Por eso, el regalo de bodas que el Padre hace al Hijo es precisamente el Espíritu Santo.
No es casualidad que la oración de la Iglesia, a lo
largo de estos dos mil años, no haya dejado de invocar el don del Espíritu,
como el único capaz de renovar la faz de la tierra.
El Espíritu es el único capaz de devolvernos siempre a
cómo salimos de las manos del Creador cuando, mirándonos, reconoció que éramos
algo muy bueno. Con una condición, sin embargo: que no le opongamos
resistencia, algo que, como sabemos, no es en absoluto remoto.
Por mucho que queramos recuperar una integridad
perdida y los rasgos de los comienzos, por nosotros mismos no es posible: como
mucho, logramos hacer retoques superficiales o una especie de restauración
conservadora.
El Espíritu, en cambio, tiene el poder de rejuvenecer
precisamente aquello que está ya entrado en años o comprometido por demasiadas
caídas.
Es solo por medio de Él que existimos;
es
solo por medio de Él que podemos reconocer que Jesús es el Señor;
es
solo por medio de Él que somos capaces de amar;
es
solo por medio de Él que tenemos la certeza de que nuestra vida está en manos
de Dios;
es
solo por medio de Él que no absolutizamos nada ni a nadie, sabiendo que nuestra
esperanza está puesta en Dios;
es solo a
través de Él recuperamos la fuerza del testimonio;
es solo a
través de Él somos capaces de perdonar y atrevernos a gestos de misericordia;
es solo a
través de Él vivimos con la conciencia de que, en la vida y en la muerte,
pertenecemos al Señor;
es solo a
través de Él el cansancio no vence a la disposición a trabajar por el Evangelio;
es solo a
través de Él las inevitables turbulencias de la vida no se convierten en el
único punto de vista desde el que contemplar la realidad;
es solo a
través de Él nuestro paso no conoce el ritmo de la vejez y nuestra mirada no se
ve empañada por el pesar;
es solo a
través de Él no somos hombres de la nostalgia, sino de la espera;
es solo a
través de él nuestras palabras y nuestros gestos no se complacen únicamente en
nuestro propio beneficio, sino que están impregnados de la capacidad de ser
profecía de algo nuevo;
es solo a
través de él somos capaces de dar el difícil paso del miedo al riesgo.
Por eso lo invocamos sin cesar.
Envía tu
Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.
P. Joseba
Kamiruaga Mieza CMF
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