lunes, 11 de mayo de 2026

Mi Espíritu estará en vosotros.

Mi Espíritu estará en vosotros

Estaba a punto de marcharse. En breve, el sinsentido y el fracaso parecerían haberle vencido a Él y a todo lo que había logrado hasta ese momento. Por eso, durante la cena de la entrega, la última que vivió antes de regresar al Padre, Jesús se había fijado en la fragilidad del corazón de los Doce.

 

Ese corazón se esforzaba por acoger palabras incomprensibles, se oponía a la revelación de un amor manifestado incluso hacia quienes albergaban planes asesinos, al igual que le costará aceptar el hecho de que Dios pueda revelarse a través del misterio de la cruz, que sigue siendo un misterio de debilidad y maldición.

 

Jesús sabía que no resistirían: cada uno se dispersaría por su cuenta. Por eso, tras haberles lavado los pies, también tuvo en cuenta su incapacidad para soportar el peso de lo que estaba a punto de suceder: «Por ahora no sois capaces…».

 

Casi como si contara con que a ciertos niveles de lectura y comprensión de las situaciones y —¿por qué no?— incluso a una cierta forma de expresar y dar testimonio de la fe, solo se accede gradualmente. ¡Ojalá no perdiéramos de vista esta pedagogía de Jesús!

 

Aquellos hombres habían compartido tanto, todo de Él, y sin embargo aún no eran capaces de manifestar hasta el fondo su pertenencia a Él, a pesar de que en varias ocasiones habían profesado su disposición incluso a morir por Él.

 

Sabía que no habrían soportado la prueba de los dramáticos acontecimientos que en breve se desatarían sobre su persona y su obra.

 

Habría sido necesario un don de lo alto, una fuerza sin la cual nada hay en el hombre, la del Espíritu, la única que habría permitido leer ese curso de los acontecimientos, no como el fin de todo, sino como un paso necesario para poder acceder a la vida misma de Dios.


Es el Espíritu el que permite creer que la grieta que hay en cada situación es el conducto a través del cual penetra la luz misma de Dios en nuestra existencia.

 

¡Cuántas cosas no comprendemos! ¡De cuántas se nos escapa la plausibilidad! ¡De cuántas otras no disponemos de ningún código interpretativo de acceso, mientras nos cuesta estar en contacto con acontecimientos que parecen tener la mejor de las cosas sobre nosotros!

 

Cada día nos damos más cuenta de que no estamos en absoluto preparados para expresar un enfoque sereno ante lo imprevisto, lo ineludible.

 

Lo que sorprende, al releer el Evangelio, es precisamente el hecho de que a Jesús no parece importarle tener que reconocer nuestra impotencia estructural. Y el haberlo previsto de antemano, aun asegurándoles el don del Espíritu Santo, no impedirá que Judas lo traicione o que Pedro lo niegue.

 

El Espíritu que Jesús nos dona es lo que permitirá a Pedro reinterpretar su negación no ya como haber abandonado al Maestro a su destino de muerte, sino como el acontecimiento gracias al cual ha podido comprobar de primera mano hasta qué punto ha sido amado.

 

El Espíritu que Jesús nos dona es lo que permitirá a Tomás ver las llagas de Jesús ya no como un signo de muerte, sino como la puerta de acceso a la misericordia de Dios.

 

El Espíritu hará que la crónica de los hechos registrada por los dos de Emaús se ilumine con una nueva luz, aquella que a ellos les falta, convencidos como están de que, para dar gloria a Dios, las cosas deberían haber tomado un rumbo muy diferente.


Es el Espíritu el que hace reconocer la gloria de Dios en el Crucificado. Es el Espíritu el que hace creer que de las heridas del Señor puede brotar la alegría para los discípulos. El Espíritu es quien continuamente da testimonio a nuestro corazón de que vale la pena dar crédito a una vida vivida al estilo del Hijo de Dios. Es el Espíritu quien defiende a Jesús en el corazón de los discípulos cuando este sea presa de la angustia y la soledad.

 

Pienso en nuestras tantas situaciones de derrotas, aquellas que enumeramos sin la luz de un sentido. Quizá sea por nuestra incapacidad para dejarnos instruir por el Espíritu de Dios por lo que las atravesamos sin esperanza.

 

¿Qué es, en el fondo, la vida espiritual, sino leer continuamente nuestra vida, nuestra historia con sus zonas de luz y de tinieblas, desde la perspectiva de Dios según la cual no hay ningún material de desecho, sino que todo es precioso porque su obra se cumpla en nosotros?

 

Lo que marca la diferencia en los pliegues de la historia no es el hecho de estar a salvo de la contradicción, sino la conciencia de que quien nos guía, incluso en esos momentos, precisamente en esos momentos, es el mismo Espíritu de Dios.

 

Ay de nosotros si lo apagamos, entonces. Porque otras lógicas tomarían el control, cuyos frutos son bien conocidos y están a la vista de todos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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