Mi Espíritu estará en vosotros
Estaba a punto de marcharse. En breve, el sinsentido y el fracaso parecerían haberle vencido a Él y a todo lo que había logrado hasta ese momento. Por eso, durante la cena de la entrega, la última que vivió antes de regresar al Padre, Jesús se había fijado en la fragilidad del corazón de los Doce.
Ese corazón se esforzaba por acoger palabras
incomprensibles, se oponía a la revelación de un amor manifestado incluso hacia
quienes albergaban planes asesinos, al igual que le costará aceptar el hecho de
que Dios pueda revelarse a través del misterio de la cruz, que sigue siendo un
misterio de debilidad y maldición.
Jesús sabía que no resistirían: cada uno se
dispersaría por su cuenta. Por eso, tras haberles lavado los pies, también tuvo
en cuenta su incapacidad para soportar el peso de lo que estaba a punto de
suceder: «Por ahora no sois capaces…».
Casi como si contara con que a ciertos niveles de
lectura y comprensión de las situaciones y —¿por qué no?— incluso a una cierta
forma de expresar y dar testimonio de la fe, solo se accede gradualmente.
¡Ojalá no perdiéramos de vista esta pedagogía de Jesús!
Aquellos hombres habían compartido tanto, todo de Él,
y sin embargo aún no eran capaces de manifestar hasta el fondo su pertenencia a
Él, a pesar de que en varias ocasiones habían profesado su disposición incluso
a morir por Él.
Sabía que no habrían soportado la prueba de los
dramáticos acontecimientos que en breve se desatarían sobre su persona y su
obra.
Habría sido necesario un don de lo alto, una fuerza
sin la cual nada hay en el hombre, la del Espíritu, la única que habría
permitido leer ese curso de los acontecimientos, no como el fin de todo, sino
como un paso necesario para poder acceder a la vida misma de Dios.
Es el Espíritu el que permite creer que la grieta que hay en cada situación es el conducto a través del cual penetra la luz misma de Dios en nuestra existencia.
¡Cuántas cosas no comprendemos! ¡De cuántas se nos
escapa la plausibilidad! ¡De cuántas otras no disponemos de ningún código
interpretativo de acceso, mientras nos cuesta estar en contacto con
acontecimientos que parecen tener la mejor de las cosas sobre nosotros!
Cada día nos damos más cuenta de que no estamos en
absoluto preparados para expresar un enfoque sereno ante lo imprevisto, lo
ineludible.
Lo que sorprende, al releer el Evangelio, es
precisamente el hecho de que a Jesús no parece importarle tener que reconocer
nuestra impotencia estructural. Y el haberlo previsto de antemano, aun
asegurándoles el don del Espíritu Santo, no impedirá que Judas lo traicione o
que Pedro lo niegue.
El Espíritu que Jesús nos dona es lo que permitirá a
Pedro reinterpretar su negación no ya como haber abandonado al Maestro a su
destino de muerte, sino como el acontecimiento gracias al cual ha podido
comprobar de primera mano hasta qué punto ha sido amado.
El Espíritu que Jesús nos dona es lo que permitirá a
Tomás ver las llagas de Jesús ya no como un signo de muerte, sino como la
puerta de acceso a la misericordia de Dios.
El Espíritu hará que la crónica de los hechos
registrada por los dos de Emaús se ilumine con una nueva luz, aquella que a
ellos les falta, convencidos como están de que, para dar gloria a Dios, las
cosas deberían haber tomado un rumbo muy diferente.
Es el Espíritu el que hace reconocer la gloria de Dios en el Crucificado. Es el Espíritu el que hace creer que de las heridas del Señor puede brotar la alegría para los discípulos. El Espíritu es quien continuamente da testimonio a nuestro corazón de que vale la pena dar crédito a una vida vivida al estilo del Hijo de Dios. Es el Espíritu quien defiende a Jesús en el corazón de los discípulos cuando este sea presa de la angustia y la soledad.
Pienso en nuestras tantas situaciones de derrotas,
aquellas que enumeramos sin la luz de un sentido. Quizá sea por nuestra
incapacidad para dejarnos instruir por el Espíritu de Dios por lo que las
atravesamos sin esperanza.
¿Qué es, en el fondo, la vida espiritual, sino leer
continuamente nuestra vida, nuestra historia con sus zonas de luz y de
tinieblas, desde la perspectiva de Dios según la cual no hay ningún material de
desecho, sino que todo es precioso porque su obra se cumpla en nosotros?
Lo que marca la diferencia en los pliegues de la
historia no es el hecho de estar a salvo de la contradicción, sino la
conciencia de que quien nos guía, incluso en esos momentos, precisamente en
esos momentos, es el mismo Espíritu de Dios.
Ay de nosotros si lo apagamos, entonces. Porque otras
lógicas tomarían el control, cuyos frutos son bien conocidos y están a la vista
de todos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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