Creced a impulsos del Espíritu Santo
Recibid el Espíritu Santo…
Jesús se marcha, pero su partida no supone tanto un
abandono como una presencia diferente a través del don y la acción del Espíritu
Santo en nosotros. Una presencia tan cercana como esquiva, a veces incluso
ignorada...
Sin embargo, hay una forma de comprobar la acción del
Espíritu Santo en nosotros: observar lo que obra en la vida de quienes se dejan
moldear por Él.
Yo identificaría la primera señal de la acción del
Espíritu en nosotros en la disposición a crecer. Un proceso nada evidente,
tentados como estamos a cristalizar momentos y situaciones.
El Espíritu promueve la vida haciéndonos conformes a
la imagen del Hijo: un proceso nunca del todo consumado y, por lo tanto,
siempre necesitado de nuevas remodelaciones.
Ahora bien, vivimos en un contexto cultural que
privilegia el instante frente a la duración, la experiencia inmediata frente a
la experiencia. Pero no se crece prescindiendo de la duración y de la paciencia
ejercida.
La primera palabra de Dios al hombre, que seguirá
siendo fundamental, es una llamada al crecimiento: «Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra» (Gn 1,28).
En su acto creador, Dios tiene un solo proyecto, un
solo deseo: el crecimiento del hombre en la libertad y en la alianza.
Solo una vida que crece, que da fruto, que triunfa
sobre la muerte es el signo de Dios; y, a la inversa, todo lo que aleja,
destruye, vuelve estéril es obra de las tinieblas.
Por eso, el primer «sí» del hombre a Dios, el
más fundamental, es un «sí» a la vida, al crecimiento.
Crecer es nuestra primera vocación humana y cristiana: decir «sí» a Dios, diciendo «sí»
a la vida, al crecimiento. Pero esta vocación no tiene un resultado
garantizado.
Israel vacila ante la prueba del desierto y comienza a
añorar la seguridad de la esclavitud (Nm 14; Éx 16).
Pedro vacila a la hora de caminar sobre las aguas, de enfrentarse
a las potencias del mal en medio de las cuales está llamado a ser pescador de
hombres (Mt 14,22).
Nicodemo se siente turbado ante la llamada a renacer
del agua y del Espíritu (Jn 3).
El joven rico se niega a abandonar el capullo
protector de sus riquezas humanas y espirituales para arriesgarse a la aventura
del crecimiento. Y se quedará con sus deseos de adolescente (Lc 18,19).
Cuántos hombres y mujeres a nuestro alrededor (pero quizá también nosotros) multiplican los esfuerzos para no tener que crecer…
Por miedo a crecer, uno se refugia en seguir siendo
niño, en dejarse mimar, en repetir y copiar los gestos y las actitudes del
niño.
Por miedo a crecer, uno se refugia en la ley: los
integrismos, los sectarismos, los legalismos son, ante todo, miedos a crecer.
Por miedo a crecer, uno se refugia en la fantasía o en
la violencia: desplazar lo real hacia la fantasía o destruirlo mediante la
violencia son dos formas antitéticas de negarse a crecer.
Crecer es siempre un riesgo, una elección. Lo real son
también mis límites y mi pecado. No se va a Dios «a pesar de» los propios errores, se va a Dios «con los propios errores». Y solo
hay verdadero crecimiento si pasa por la humilde aceptación de los propios
límites y del propio pecado.
El Espíritu nos lleva siempre de vuelta a la vida
cotidiana. Todo lo que nos aleja de lo cotidiano nos aleja del Espíritu de
Jesús.
No se crece solo, solo se crece en una relación: en
respuesta a una llamada, depositando la propia confianza en una palabra.
Un niño se convierte en hombre solo en respuesta a la
palabra de los padres que le llaman a crecer entrando en relación con los
demás. Lo mismo ocurre en mi relación con Dios. Encontrar a Dios es siempre una
aventura llena de imprevistos en la que hay que aceptar continuamente perder a
aquel a quien se creía haber encontrado. El mismo deseo de Dios, si es profundo
y vivo, me llevará a experimentar la ausencia de Dios.
¿Acaso Jesús no dijo a los doce: «Es bueno para vosotros que yo me vaya»?
La fidelidad a las exigencias del amor conduce a experimentar la noche.
Crecer en una relación significa aceptar las muertes que el encuentro con el otro me hace vivir.
El crecimiento solo ocurre en el tiempo: aceptado y
reconocido; por lo tanto, en el rechazo de la inmediatez y en la renuncia a la
pretensión de todo y ya. Para crecer en el Espíritu hay que vivir el presente
en la acción de gracias y en la esperanza o, mejor aún, hay que vivir los tres
aspectos del tiempo —pasado, presente y futuro— en el recuerdo, en la acogida y
en la esperanza. Siempre hay que decir sí a un don y a un abandono.
Solo hay crecimiento a través de las crisis y los
desprendimientos.
Hemos nacido en una tradición cristiana y, por tanto,
hemos recibido la fe dentro de esta tradición. Para crecer hay que pasar de esta
tradición a una fe personal,
al encuentro con Jesucristo, que se dirige a nosotros en una llamada que va más
allá de las tradiciones.
Si este encuentro tiene lugar, relativiza nuestras
costumbres y nuestros lenguajes anteriores, porque resultan inadecuados para el
descubrimiento realizado. Es normal y bueno que me aferre a los dones de Dios,
pero el crecimiento espiritual debe llevarme a buscar a Dios por Dios, más allá
de todo consuelo sensible, con la única preocupación de estar disponible a la
voluntad de Dios. Entonces tendré un solo deseo: poder, en la vida y en la
muerte, ponerlo todo en manos de Dios.
Hoy vivimos en un contexto cultural que privilegia la
búsqueda de la satisfacción personal. Por eso, la experiencia espiritual puede
ser deseada por su matiz emocional, por los consuelos que da. Un clima de este
tipo puede ser de ayuda para la conversión, pero no permite crecer
espiritualmente porque me encierra en la búsqueda de emociones análogas y, en
la repetición de los consuelos recibidos, ahoga lo nuevo a lo que estoy
llamado.
Si se quisiera describir en una frase el camino del crecimiento espiritual según el Evangelio, habría que decir que va siempre de la santidad deseada a la pobreza ofrecida.
Todo comienza con el deseo de santidad, de plenitud.
Es este dinamismo el que nos pone en camino. La vida, luego, se encarga de
revelarnos la parte de sueño y de ilusiones que puede conllevar tal deseo.
Y entonces corremos un riesgo gravísimo: dado que no
somos lo que hubiéramos deseado, nos sentimos tentados a replegarnos sobre
nosotros mismos, a resignarnos a ser solo lo que somos. Como si, en esta
aventura, nos hubieran dejado en la estacada, abandonados en la orilla.
Querríamos entonces ser solo unos honestos servidores de Dios, humildemente
resignados a dejar a otros la posibilidad de continuar.
Sí, es cierto, no somos lo que hubiéramos querido ser;
la vida nos ha revelado nuestras debilidades y nuestros límites, las
circunstancias no nos han permitido desarrollar este o aquel aspecto de nuestra
personalidad.
El Espíritu nos ha conducido por caminos que no eran
los que habíamos previsto.
El pecado nos ha hecho descuidar las fuentes de la
vida y nos ha llevado a las fuentes agrietadas junto a las que nos hemos
detenido.
¡Solo Dios sabe el tiempo, las energías y las
oportunidades que hemos desperdiciado!
Pero Dios nos sigue siendo fiel, y para hacernos
crecer solo necesita nuestra humilde disposición a acogerlo tal como se revela
y no como yo hubiera pensado o deseado que se revelara.
No somos el discípulo modelo que hubiéramos querido
ser, pero podemos ser la debilidad, la fragilidad en la que se experimenta el
amor de Dios, la pobreza transfigurada por el poder de la gracia.
Y para ello basta con que ofrezcamos a Dios esta
pobreza. Es precisamente aquí donde culmina todo crecimiento auténticamente
humano y espiritual: «En tus manos
encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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