lunes, 11 de mayo de 2026

Recibid el Espíritu Santo.

Recibid el Espíritu Santo´

Recibid el Espíritu Santo…

 

Más aún que las puertas del Cenáculo, aquella noche estaban cerrados los corazones de los Once, atrincherados en sus propias convicciones y reservas, paralizados por sus propios miedos.

 

La oscuridad de la noche que se cernía era símbolo de una oscuridad muy distinta, la de la incapacidad de creer en la resurrección del Maestro. El cierre había sido la reacción de los discípulos ante el anuncio que les había llevado María Magdalena de haber visto al Señor.

 

Entre los Once se encontraban también Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba, quienes habían comprobado de primera mano que aquella mañana realmente había sucedido algo. Pero nada. Había algo a lo que atribuían un poder superior al del Señor: por temor a los judíos

 

Pienso en todas esas situaciones a las que yo atribuyo un poder paralizante ante el cual acabo concluyendo: ni siquiera Dios puede hacer nada ya.

 

Y, sin embargo, Dios no se resigna. Dios nunca pronuncia la frase que a menudo surge de nuestros labios cuando, desilusionados y desarmados, repetimos: ya no hay nada que hacer. Dios nunca lo hace.

 

Dios repite siempre: ¡recibid el Espíritu Santo! Del lado de la vida, hasta el final, incluso cuando todo parece llevar las marcas evidentes del fracaso manifiesto.

 

Dejad de —dice Dios— seguir queriendo arreglar un pasado a través del único oficio que a veces acaba absorbiéndoos: el de llenar de flores la muerte. ¡Oh, si somos expertos en este oficio, mientras que debemos reconocernos analfabetos del estilo de Dios!


Recibid el Espíritu Santo…

 

¿Cómo no pensar en el antiguo profeta Ezequiel que, al contemplar la situación de su pueblo que se había alejado del Señor, lo comparaba con una extensión infinita de huesos ante los cuales se oye repetir: ¿Podrán revivir estos huesos?

 

Me imagino al Señor que mira mi vida y me dirige esta palabra: Joseba, ¿Podrán revivir estos huesos?

 

Y la referencia no es, ante todo, a algo externo a mí: la referencia es a mi situación interior, a nuestra situación interior, ante la cual, con desengaño, se podría llegar a la conclusión de que, por sí mismas, no podrán revivir.

 

Luego, claro, la referencia es a este tiempo eclesial en el que prevalecen el desánimo y el cansancio propios de esos tiempos en los que parece faltar el aliento.

 

¿Qué puede significar celebrar aún Pentecostés si no es sentir que se nos repite que aún no es el final y que Dios no cesa de derramar su Espíritu, y no porque por fin la situación sea ideal, sino, tal vez, precisamente porque parece estar a la deriva?

 

Aquella tarde el Señor se hizo presente —vino Jesús, se puso en medio de ellos— en medio de una comunidad que conocía bien la fragilidad y los miedos.

 

Les entregó el don de la paz, que no tiene nada que ver con una existencia al margen de las luchas y las tensiones, nada que ver con nuestra necesidad de que nos dejen en paz y de quedarnos en paz.

 

La paz donada por el Resucitado, de hecho, es esa capacidad de reconocer que, si bien el miedo y la fragilidad son evidentes, mucho mayor es la confianza en aquel que vence al mal gracias a una misericordia inesperada.

 

¿No es acaso esta la tarea de la comunidad cristiana enviada para ser signo de nuevos comienzos, de posibles brotes, en la medida en que se deja guiar por el Espíritu Santo y no por lógicas estratégicas que nada tienen que ver con el Evangelio?

 

Otra historia es posible, dice Dios, pero se necesita mucha audacia por nuestra parte para hacerla nacer.


Recibid el Espíritu Santo…

 

Al término del único gran día de Pascua, que comenzó con una luz en la noche del mal y de la muerte, el cirio pascual se apagará y se colocará junto a la pila bautismal.

 

Pero su luz seguirá ardiendo gracias a nuestra disposición a perdonar: a quienes perdonéis los pecados… La referencia no es solo a una práctica sacramental, sino a un estilo relacional.

 

Perdonar es dar a través de las heridas recibidas, es hacer del mal sufrido la ocasión de un gesto de amor. Si tú no perdonas, el otro no podrá cambiar.

 

Nuestro perdón es la señal de que el mal no tiene la última palabra sobre nuestra vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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