lunes, 11 de mayo de 2026

El Espíritu es la memoria de Jesús.

El Espíritu es la memoria de Jesús 

Lo había prometido por boca de los profetas: Dios derramaría su Espíritu de manera interior y eficaz sobre todos. Y aquel día, en Jerusalén, así sucedió realmente: las antiguas palabras se hicieron realidad. Y desde ese día siguen convirtiéndose en una experiencia viva para cada persona.

 

Todos, de hecho, hombres y mujeres, gracias al don del Espíritu derramado en sus corazones, pueden releer su propia existencia a la luz de la historia del Señor Jesús y ser capaces de anunciar el Evangelio en la lengua y la cultura de todos los pueblos.

 

Nuestro Dios nunca es monocromático. Así lo demuestra la diversidad, que ya no es un elemento de división, sino una riqueza común.

 

Todos fueron llenos del Espíritu Santo. Ese Espíritu que, junto al Jordán, había descendido sobre Jesús, pasa ahora a la comunidad, a la Iglesia. Lo que es el Espíritu se ve por lo que obró en Jesús y por los frutos que ahora produce en los apóstoles.

 

A cada uno de nosotros se nos ha dado una manifestación particular del Espíritu para el bien común. A cada uno de nosotros, pues. A mí. A ti. ¿Soy consciente de ello? ¿Hasta qué punto soy capaz de poner a disposición mi manifestación particular del Espíritu para la edificación de ese cuerpo de Cristo que es la comunidad cristiana? ¿Qué ocasiones busco para ser cada vez más consciente de mi manifestación particular del Espíritu?

 

Para el bien común… La fe es siempre un hecho personal, pero nunca es un hecho privado; es decir, no puede existir un solo cristiano; no hay cristiano sin que haya cristianos de quienes haya recibido la fe, y difícilmente un cristiano puede vivir sin que otros proclamen con él que Jesús es el Señor.


De ello se deduce que hay un seno en el que el cristiano es engendrado por el Espíritu Santo, hay un entorno en el que el cristiano crece y madura en la fe, hay un espacio en el que el cristiano vive la comunión con Cristo, que es siempre comunión con los hermanos. Y este espacio es la Iglesia.

 

La comunidad cristiana no es otra cosa que una realidad de hombres y mujeres que, abiertos a la acción del Espíritu, son memoria perenne del Señor Jesús a lo largo de la historia. ¿Cómo es posible todo esto?

 

Los Hechos de los Apóstoles nos atestiguan que este anuncio, esta memoria, debe ser comprendido por cada uno en su propia lengua, es decir, debe poder ser acorde con la diversidad de los hombres y de los pueblos. Entendemos que no se trata aquí del anuncio verbal como el que yo puedo hacer en este instante.

 

Ser memoria perenne del Señor Jesús significa habitar los pliegues de la historia allí donde los hombres se ven continuamente tentados a construir una unidad que no tenga en cuenta las diferencias, y estar allí como estuvo el Señor Jesús.

 

Jesús no manifestó una expresión genérica y neutra del amor de Dios por los hombres. Son las parábolas de la oveja perdida, del hijo pródigo, es la convivencia cotidiana de Jesús, no solo con los discípulos, sino con los publicanos y los pecadores, los lugares en los que emerge la singularidad de Jesús.

 

En Jesús, Dios alcanza a quien está fuera, a quien está lejos. En Jesús, el amor de Dios está fuera del centro de quienes piensan como nosotros, fuera incluso de la experiencia de un amor compartido. Un amor que llega incluso a los infiernos, es decir, a los lugares de la ausencia de Dios, para que allí se anuncie la buena nueva. Es de esto de lo que estamos llamados a ser memoria viva y activa.


Ser memoria viva de Jesús no significa, desde luego, reservarnos en la historia un nicho donde poder celebrar con tranquilidad los ritos del Espíritu Santo. Si así hubiera sido, los primeros discípulos no habrían conocido la experiencia de los tribunales y los patíbulos: «también vosotros daréis testimonio de mí…».

 

Ser memoria viva de Jesús significa, en cambio, renunciar a los signos de poder, a la necesidad de contarnos a nosotros mismos, y reconocer que sobre cada hombre y cada mujer el Espíritu se derrama con abundancia.

 

No podemos, por tanto, dejar de reconocer el grave riesgo que corremos: el de encerrar al Espíritu en nuestras pertenencias, a él que, en cambio, tiene la fuerza de abrir las puertas y crear comprensiones más amplias. El Espíritu habla de una realidad móvil, dinámica, siempre nueva, que nunca se puede reducir a una estructura, a una norma o a una doctrina.

 

El Espíritu es para la comunidad cristiana un elemento incontrolable, incontenible, igual que el viento, el fuego, el amor.

 

Lo experimentaron precisamente los discípulos, que pasan del miedo a la alegría, de la necesidad de defenderse a medirse con nuevos horizontes. De hombres de un pueblo elegido se convierten en hombres universales, de guardianes de sus propios ideales a la capacidad de acoger nuevas exigencias; de cultivadores de la religión del «está escrito» a la acogida de un «Dios que no hace acepción de personas» y que a todos dona misericordia y salvación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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