Dejaos guiar por el Espíritu
La tentación de medir el vacío y llenarlo con lo inútil: eso es lo que vivieron los discípulos en cuanto Jesús desapareció de su vista, al vivir su «nacimiento a la inversa» al regresar junto a su Padre.
Nosotros también conocemos bien esta tentación.
Cuando se nos ha arrebatado una presencia querida,
cuando ha concluido una experiencia afectiva importante, cuando se nos ha
escapado una oportunidad en la que habíamos invertido, también nosotros hemos
medido el vacío, sufriendo todo el peso de un sueño roto.
Y no pocas veces, en lugar de intentar preguntarnos
qué podía significar ese vacío para nosotros (en el caso de Jesús, Él había
dicho incluso: «os conviene que yo me vaya»), qué provocación podía
representar, hemos seguido dedicándonos al único oficio en el que somos más que
expertos: llenar de flores la muerte, oficio que no nos exige mucho en términos
de energía y esfuerzo. En lugar de sufrir y dejarnos instruir por ese vacío,
acabamos llenándolo con recuerdos, con nostalgia, con remordimientos, con lo
inútil.
Nadie está preparado para las ausencias, para la
falta. Ni siquiera los discípulos, aunque habían sido abundantemente
preparados.
Jesús conocía bien a aquellos a quienes había llamado. Sabía que no aguantarían. Alguien incluso había intentado alguna temeridad con tal de redimir una situación que parecía volverse insostenible al ver que el Señor no hacía valer su fuerza.
Al no estar preparado como tampoco está para los dolores de parto y
los nacimientos, lo único que el hombre es capaz de hacer es cristalizar las
situaciones, detener el tiempo, impedir los procesos, reducirlo todo a lo
conocido.
Jesús lo había intentado durante cuarenta días por el
camino o en el jardín, en el cenáculo y fuera de él, con las manos vacías y con
el don de la paz y la alegría.
No estaban preparados para lo que Dios estaba a punto
de realizar.
Pentecostés, sin embargo, es precisamente el día de
los desprevenidos.
Dios se revela precisamente cuando tú querrías tirar la toalla, se manifiesta precisamente cuando todo parece decidido, se da a conocer cuando te enfrentas a lo imprevisto.
Por otra parte, lo había prometido: «El
Espíritu os enseñará todo». ¿Qué significa esto?
Significa que la fuerza que viene de Dios te lleva a
afrontar lo real tal y como es.
Pentecostés ocurre, se cumple, cada vez que me
enfrento a la vida tal y como es —sea el vacío, la angustia, el dolor, la
muerte— captando en ella una invitación personal a desenterrar la provocación
que encierra.
Ese es el momento de dar razón de la «esperanza
que hay en nosotros» (1 Pedro 3, 15), precisamente cuando la luz del
sentido se nos escapa de los ojos. En lo que respecta a la relación con Dios y
a la verdad de mí mismo, nada es irrelevante, nada es banal.
El Espíritu Santo revela la verdad de nosotros mismos, de lo que somos y de lo que aún podemos ser si confiamos en lo que nos propone el Evangelio.
Dejarse instruir por el Espíritu Santo significa
aprender a leer un momento de tensión con alguien como una invitación a dar el
primer paso, un malentendido como un llamamiento a no encerrarse resentidos, un
momento de cansancio como una ocasión para reconocer lo que me agobia, una
prueba como una oportunidad para sacar fuerzas de la relación con Dios, una
humillación como una circunstancia para aprender a tener una justa
consideración de mí mismo.
El Espíritu Santo es quien nos ayuda a leer y a
afrontar el aquí y ahora con una mirada y una fuerza nuevas, sin ser víctimas
de interpretaciones miopes que abordan todo con recelo y cautela, tanto la vida
como la muerte.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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