La microhistoria: escuchar la vida concreta de las personas
Para una grande parte de nosotros Carlo Ginzburg es un perfecto desconocido.
Por eso, le presento. Fue un historiador y ensayista, estudioso y escritos que se dedicó al estudio y al análisis en profundidad de fuentes históricas y archivísticas. De hecho, se ganó una fama como genio de la investigación histórica, capaz de cambiar profundamente la forma de indagar en el pasado e interpretarlo desde perspectivas hasta entonces descuidadas.
En los años setenta, Carlo Ginzburg comenzó a cuestionar una historiografía construida casi exclusivamente a partir de las fuentes de los dominantes. Lo que se aceptaba como una verdad histórica consolidada quedó sometido al escrutinio minucioso.
De ese cambio de perspectiva surgieron vidas, ideas y pensamientos que hasta entonces habían permanecido al margen, es decir, esa cultura de las clases subalternas que la historiografía había ignorado con demasiada frecuencia.
En colaboración con otros Carlo Ginzburg contribuyó al nacimiento de la microhistoria, un enfoque que devolvía al centro de la atención a los más desfavorecidos, a los marginados y a aquella parte del pueblo que hasta entonces había sido más objeto que sujeto de la narración histórica.
El bautismo de la microhistoria fue El queso y los gusanos, donde Carlo Ginzburg dio vida y voz a Menocchio, un molinero juzgado por la Inquisición por sus ideas y por las interpretaciones personales de los textos que leía en su vida cotidiana.
A través de las actas del juicio, el historiador sacó a la luz puntos de vista que nunca antes se habían tenido en cuenta: ideas extravagantes, pero coherentes con el contexto cultural del molinero, pensamientos derivados de una cultura que hasta entonces había quedado excluida del panorama social e intelectual.
Carlo Ginzburg demostró que las clases subalternas no son solo categorías económicas, sino también portadoras de conocimiento, memorias e imaginarios que a menudo escapan a los archivos oficiales. De esta manera quería permitir sacar a la luz verdades hasta entonces ocultas, devolviendo así un poco de justicia a la vida y al destino de los invisibles.
Pero es en el método —o, mejor dicho, en la metodología de la investigación histórica— donde a menudo se olvida la contribución de esta genialidad.
Su rebelión contra la narrativa historiográfica triunfalista le llevó, de hecho, a demostrar que los historiadores y los investigadores de archivo no son infalibles y que, en ocasiones, incluso el azar puede desempeñar un papel importante en el recorrido de la investigación.
A Carlo Ginzburg se le debe la capacidad de dar la vuelta a la perspectiva de la historia, obligándola a mostrar las vicisitudes de los últimos, los invisibles y los marginados.
En una época dominada por los algoritmos, las grandes estadísticas y las lecturas generalistas, rápidas, transversales… el método de Carlo Ginzburg recuerda que comprender el mundo sigue significando saber escuchar las vidas individuales. Detrás de cada cifra hay una historia; detrás de cada categoría social, una persona concreta.
La búsqueda de la verdad, en la era de Internet y lo digital, debe abordarse con lo que Carlo Ginzburg definía como una «lectura lenta»: un ejercicio de atención, duda e interpretación.
Tantas veces más que las respuestas, lo que queda como legado son las preguntas que Carlo Ginzburg trató de señalar como caminos a seguir: ¿quién tiene derecho a narrar la historia? ¿Es posible una verdad neutral? ¿Quiénes son los excluidos de las páginas de la historia?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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