Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real
Se intenta por todos los medios demostrar que, en nuestro país, la violencia se concentra únicamente en algunos casos llamativos, como el asesinato y el feminicidio.
Ignoramos —o queremos ignorar— que la violencia no se agota en estos episodios: existen formas encubiertas que deberían ser reveladas porque se manifiestan como un susurro continuo, un murmullo que atraviesa los días, una forma de estar en el mundo que hemos aprendido a llamar normalidad.
Es una presión que se siente en los huesos, en los pasillos de las oficinas, en las esperas en las consultas, en las frases que pasan de boca en boca sin que nadie las cuestione.
No sirve de nada negarla: basta con dejarla fluir, como una corriente subterránea que todos perciben pero que nadie quiere nombrar.
Llevamos años diciéndonos que la violencia de género coincide casi exclusivamente con el homicidio, mientras que se ejerce de muchas formas sobre las mujeres, las personas mayores y los niños.
Todo lo demás —la explotación, la precariedad, la soledad institucional— se considera un complemento, un detalle, un ruido de fondo.
Es una forma cómoda de no mirar la estructura. De no ver que la violencia no es un incidente, sino una infraestructura. No es un gesto, sino un entorno. No es un hecho privado, sino una forma que atraviesa la vida cotidiana.
La violencia se reconoce en los contratos a tiempo parcial impuestos, en las entrevistas en las que se pregunta «¿tiene intención de tener hijos?», en las madres que vuelven al trabajo como si el parto fuera un paréntesis que hay que cerrar rápidamente. Se reconoce en las consultas vacías, en los servicios que se desvanecen, en las ciudades diseñadas sin pensar en quienes se mueven con un cuerpo vulnerable.
Se reconoce en los titulares de los periódicos que convierten a una chica asesinada en un enigma que hay que resolver a través de lo que llevaba puesto, por dónde caminaba, qué llevaba consigo. Es siempre el cuerpo de la mujer el que tiene que justificar su propia existencia.
La violencia está dentro del trabajo precario, mal pagado, menospreciado.
Hay episodios que parecen «no tener nada que ver», pero que en realidad hablan y deberían cuestionar nuestra supuesta madurez adulta. Episodios que no deben moralizarse sino escucharse.
No son un meteorito caído del cielo. Hay un entorno donde la violencia está presente en formas sutiles pero generalizadas. Se deja sola a la escuela, se deja solos a los mayores, los jóvenes crecen en un clima social, político y económico que no enseña a convivir con el otro, sino a defenderse y a competir.
No son casos aislados: son un síntoma. Los síntomas no se juzgan, se interpretan.
Convertir la violencia contra las mujeres en un paradigma analítico puede ayudarnos a superar las reducciones que definen a las mujeres a través de su relación con un hombre —madre, hija, esposa— y nunca como cuerpos que deciden, desean, actúan. Nunca como sujetos políticos, nunca como presencias autónomas. Es una reducción que no surge por casualidad: es un dispositivo.
Y sirve para mantener el orden, para garantizar que la libertad femenina siga siendo siempre un poco sospechosa, un poco excesiva, un poco que hay que contener. Es una forma de decir: puedes ser todo, siempre y cuando no sea demasiado.
Hay un antifeminismo que no necesita declararse. Vive en los tonos suaves, en las frases de cortesía, en los comentarios que parecen cumplidos y, en cambio, son una cruz. Vive en el paternalismo que dice «te protejo» mientras decide por ti.
Vive en la retórica que invita a respetar a las mujeres «porque podrían ser vuestras madres», como si la dignidad fuera un reflejo y no un derecho. Es un antifeminismo que no ataca: acompaña. No prohíbe: sugiere. No impone: orienta. Es una mano en el hombro que parece afecto y, en cambio, es control.
Cuando las mujeres salen del lugar que se les ha asignado —cuando salen a la calle, ocupan el espacio, pintan una pared, rompen la quietud— la superficie se agrieta. La rabia emerge.
La misoginia, que parecía haber desaparecido, vuelve a salir a la luz con la rapidez de un reflejo. Nunca se fue: solo estaba esperando un pretexto. Basta un gesto fuera de lugar para hacerla estallar.
Las instituciones viven en esta hipocresía. Por un lado celebran la igualdad, inauguran campañas, organizan jornadas dedicadas; por otro, restringen los espacios de autodeterminación, recortan los servicios, tratan la libertad como un problema de orden público.
Es una esquizofrenia que permite decir todo y lo contrario de todo: alabar a las mujeres mientras se limita su autonomía, condenar la violencia mientras se ignoran las condiciones que la hacen posible. Es una forma de mantener la distancia de seguridad: reconocer el problema sin llegar nunca a tocarlo de verdad.
En este escenario, la resistencia es una de las pocas fuerzas que aún habla desde lo concreto, no desde la abstracción. Es una resistencia que no se conforma con la retórica, que no se deja domesticar. Vive en las plazas, en los consultorios, en los colectivos, en los centros antiviolencia.
Vive en las palabras que no piden permiso. Vive en los gestos cotidianos de quienes se niegan a ser educados en el miedo. Vive en las mujeres que ya no aceptan que otros hablen por ellas. Vive en la conciencia de que la libertad no es un concepto: es una realidad.
No hace falta negar la violencia para perpetuarla. Basta con hacerla invisible. Basta con transformarla en estadística. Basta con contarla como un problema individual, no estructural. Basta con trasladarla a otra parte: a otra región, a otra clase social, a otra narrativa.
La tarea del feminismo hoy es precisamente esta: impedir el desplazamiento. Mantener la violencia en el centro del discurso, sin permitir que se diluya, se suavice, se normalice. Devolverle su peso, su materia, su presencia.
Porque la violencia existe. Es sistémica. Mientras no la nombremos por lo que es, seguirá fluyendo bajo la superficie, como una corriente que atraviesa los cuerpos y los expone.
La política, si quiere estar a la altura, debe partir de aquí: del cuerpo que permanece, del cuerpo que resiste, del cuerpo que ya no acepta ser tratado como un detalle.
Se necesitaría una educación en la no violencia masiva que comenzara en la escuela primaria: la no violencia no puede ser solo una cuestión para los pacifistas, sino que debe convertirse en un estilo de vida social.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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