Y, sin embargo y a pesar de todo, hay sueño evangélico por el ecumenismo
Tal vez no haya que andarse con rodeos.
El clima que nos atenaza en este momento de la historia del mundo se extiende también al camino ecuménico que las Iglesias cristianas están recorriendo con complejidades y dificultades.
La pasión por la unidad visible de los cristianos se mantiene viva gracias a los últimos mohicanos del sueño ecuménico.
Fuera de ellos, de esos últimos mohicanos, indiferencia o, como mucho, una leve curiosidad, la de las excursiones curiosas, que duran justo lo que dura la excursión de la curiosidad en la que se suspende el programa habitual…
En la semana de la unidad de los cristianos parece que todo es diferente: se elevan oraciones, se multiplican los encuentros, se muestra interés por el otro…
Luego, una vez finalizada, los comentarios subrayan la imposibilidad de vivir a la manera del otro, lo exótico de sus gestos, la estrechez de sus horizontes.
Todo ello, junto con una nota de simpatía: al fin y al cabo, no estamos tan mal divididos.
Quizás, durante el resto del año, habrá otras —pocas— ocasiones en las que la otra Iglesia volverá a asomar la cabeza, despertando por un momento la misma curiosidad (y el mismo rechazo), sin afectar al buen tono ecuménico de las declaraciones oficiales.
Por supuesto, algunos gritarán que no debemos malvender nuestro patrimonio, que el diálogo no significa ignorar las razones de la diferencia, que la melaza ecuménica es un signo de decadencia.
Sin embargo, la mayoría ni siquiera percibirá el problema: disputas de otros tiempos, de las que se escapa prácticamente todo y que hay que dejar a los expertos en teología.
Y quienes no desisten en la búsqueda de la reconciliación de las diferencias intentarán hacer oír su voz —¡un silencio un poco demasiado sutil!— y recordar los enormes avances logrados en las últimas décadas, señalando los beneficios de ese laborioso pero rico enfrentamiento.
Que, sin embargo, en realidad, no consigue ir más allá de gestos simbólicos, documentos y declaraciones sin grandes consecuencias.
Salvo algunas excepciones, la melodía ecuménica suena plana, débil. Y no porque falten razones reales para perseguir el diálogo, que justifiquen el hecho de que las Iglesias se rindan.
Al contrario, las razones para apostar por el ecumenismo son cada vez más fuertes, en un contexto social fragmentado y polarizado, reducido a bandos opuestos, con las iglesias tentadas, a su vez, de adoptar esta lógica autorreferencial, dispuestas a proclamar su propia verdad y a denigrar la de los demás.
El ecumenismo se presta a ser un interesante laboratorio para desarrollar modelos de convivencia entre diferentes y para liberar a las Iglesias de la deriva apologética-polémica, de modo que puedan reencontrar el camino de la conversión evangélica, imposibilitada por la actitud defensiva, demasiado cercana a los fariseos de las narraciones evangélicas.
Entonces, ¿qué hacer? ¿Cómo afrontar nuestro tiempo, en el que la urgencia del ecumenismo choca con un desinterés generalizado de los creyentes, reducido a la cansina repetición de acontecimientos ocasionales?
No es una pregunta con respuesta individual. Es una pregunta que interpela a las Iglesias, empezando por las nuestras. Y para mantener viva la atención y la tensión ecuménica, nos pueden ayudar dos escenas evangélicas.
1.- La de la higuera sin frutos (Lucas 13, 6-9): sobre todo hoy, en un mundo que quiere resultados, beneficios inmediatos, una realidad incapaz de producirlos debe ser eliminada, para dejar espacio a otras iniciativas más productivas.
Sin embargo, la parábola evangélica, en coherencia con todas las Escrituras, evoca la posibilidad de una segunda oportunidad: «Señor, déjalo todavía este año; lo cavaré alrededor y le pondré abono. Quizás dé fruto en el futuro; si no, lo cortarás».
El proyecto ecuménico puede tener una segunda oportunidad, pero esto depende de la tenacidad con la que nos comprometamos, dedicándonos a ese proyecto independientemente del resultado. En la historia, lo sabemos bien, el «quizás» del resultado sigue siendo ineludible.
2.- La segunda escena podría ser la imagen de los Magos: «En Oriente hemos visto aparecer su estrella y hemos venido aquí para honrarlo» (Mateo 2, 2).
Esa mirada que no se apropia de la luz, sino que la busca, que impulsa el camino —un camino comunitario, no individual— es la condición para encontrar a Cristo, para dejarse guiar por su estrella.
Lo que está en juego en el ecumenismo es nada menos que el redescubrimiento de la fe, de esa palabra evangélica que no nos convierte en dueños de la verdad, sino en sus discípulos y discípulas.
La higuera y la estrella: dos símbolos que nos hacen pensar y nos incitan a apostar de nuevo, con creatividad e imaginación, por el sueño ecuménico.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



No hay comentarios:
Publicar un comentario