El abrazo de la comunión
Si recordar ciertos aniversarios no solo tiene como objetivo conservar la memoria del pasado, sino también ayudarnos, a medida que aumenta la distancia temporal, a comprenderlo mejor y a vivir nuestro presente con mayor conciencia, me parece importante recordar uno en particular, que se celebra el 7 de diciembre: el 60º aniversario (7 de diciembre de 1965, es decir, un día antes de la clausura del Concilio Vaticano II) de la «Declaración conjunta del Papa Pablo VI y del Patriarca ecuménico Atenágoras I, para borrar de la memoria y del seno de la Iglesia las sentencias de excomunión del año 1054» (https://es.wikisource.org/wiki/Declaraci%C3%B3n_conjunta_de_S.S._Pablo_VI_y_S.B._el_patriarca_Aten%C3%A1goras_I).
El aniversario fue recordado por el Papa León XIV y el Patriarca ortodoxo Bartolomé en la Declaración conjunta publicada con motivo de su encuentro en Estambul (29 de noviembre de 2025) para celebrar los 1700 años del Concilio de Nicea (325 d. C.).
Antes de entrar en esa Declaración de 1965, puede ser interesante leer algunas afirmaciones contenidas, respectivamente, en la «breve» apostólica de Pablo VI titulada «Caminad en el amor» y en el «Tomos» de Atenágoras I, también del 7 de diciembre.
Tras mencionar los «lamentables acontecimientos» de 1054, Pablo VI declara: «Ante los obispos reunidos en el Concilio Vaticano II, confesamos que no podemos tolerar más las palabras que se dijeron y los actos que se cometieron en aquel tiempo, y que no podemos aprobarlos. Además, queremos borrar de la memoria de la Iglesia la sentencia de excomunión que se pronunció entonces, y queremos que sea derogada para siempre y caiga en el olvido».
Atenágoras I, por su parte, declara: «Proclamamos, por tanto, por escrito que la anatema lanzada en la Gran Cancillería de nuestra Gran Iglesia en el año de la salvación 1054, queda, desde este momento y a conocimiento de todos, borrada de la memoria y del seno de la Iglesia».
Pasando ahora a la Declaración conjunta, también del 7 de diciembre, fue leída simultáneamente en Roma, en San Pedro, y en Estambul, en la Iglesia del Fener: Sin duda fue una decisión histórica, 900 años después del cisma de 1054, también porque el tema de la unidad de los cristianos fue uno de los motivos inspiradores que impulsaron al Papa Juan XXIII a convocar el Concilio Vaticano II y que finalmente encontró su expresión, en particular, en el Decreto Unitatis redintegratio.
Al comienzo de la Declaración se da gracias a Dios por la oportunidad que tuvieron Pablo VI y Atenágoras I de reunirse en Tierra Santa en enero de 1964, con el propósito de superar los antiguos contrastes entre las dos Iglesias, para ser de nuevo «una sola cosa», según la oración de Jesús. A continuación, se recuerdan los hechos de 1054 y las condenas recíprocas, que «sin embargo, solo afectaban a las personas entonces implicadas y no pretendían romper la comunión eclesiástica entre las sedes de Roma y Constantinopla».
Por lo tanto, Pablo VI y Atenágoras I proclaman de común acuerdo: «deploran las palabras ofensivas, las reproches infundadas y los gestos condenables» que acompañaron a esos hechos; «deploran y borran de la memoria y del seno de la Iglesia las sentencias de excomunión que siguieron a ellos y las condenan al olvido»; deploran otros acontecimientos que «condujeron finalmente a la ruptura efectiva de la comunión eclesiástica».
La Declaración concluye con estas palabras: «Este gesto de justicia y perdón recíproco no puede bastar para poner fin a las divergencias, antiguas o más recientes, que subsisten entre la Iglesia romana y la Iglesia ortodoxa», pero puede apreciarse «como la expresión de una sincera voluntad común de reconciliación y como invitación a proseguir, con espíritu de confianza, de estima y de caridad mutuas, el diálogo que nos lleve con la ayuda de Dios a vivir de nuevo (…) en la plena comunión de fe, de concordia fraterna y de vida sacramental que existió entre ellas a lo largo del primer milenio de la vida de la Iglesia».
Son precisamente estas palabras finales las que se recogen en la Declaración conjunta del Papa León XIV y del Patriarca Bartolomé, quienes desean que el diálogo y la colaboración entre las dos Iglesias continúen, para que realmente se pueda realizar la oración de Jesús «ut unum sint»; y algo no menos importante, a lo que aluden, es que «el objetivo de la unidad de los cristianos incluye el fin de contribuir de manera fundamental y vivificante a la paz de todos los pueblos», hoy tan seriamente amenazada.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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