Ahora que ya seguramente
la decisión ha dejado de ser noticia, y especialmente titular, uno
tiene otro 'equilibrio' para hacer una "recepción" del documento de
la Síntesis de la Comisión de Estudio sobre el tema del
«diaconado femenino».
Todo apunta para mí a que, llegados a este momento, una decisión favorable a la ordenación diaconal de las mujeres no es posible no ya en el presente... sino en un futuro próximo. Y cuando confieso esto lo hago, creo, con sentido de realidad por más que se quiera aludir a decisiones no definitivas, a conclusiones revisables, a más estudios de profundización,...
Comienzo diciendo que sí creo necesario comprender mejor la especificidad del ministerio ordenado diaconal, en comparación con los otros dos grados del sacramento del orden.
¿Será realmente posible dar al ministerio ordenado diaconal una interpretación no tan centrada en la celebración en el ámbito litúrgico y en la que su esencia esté realmente relacionada solo con el servicio eclesial?
Creo que en buena parte del imaginario del Pueblo de Dios realmente no existe diferencia entre el sacramento del diaconado y los ministerios laicales en general (y los ministerios litúrgicos en particular).
Cuando se dice que la masculinidad de Jesucristo, y por lo tanto la masculinidad de quienes reciben el ministerio ordenado, no es accidental, sino que forma parte integrante de la identidad sacramental, uno se queda, por lo menos, inquieto.
¿No cabe pensar en un Jesucristo como un 'universal concreto' en el que todo lo humano —masculino y femenino— está reunido en Él, «en un solo cuerpo» (Gál 3,28: «ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús»)? ¿No es Jesucristo el ser humano plenamente imagen y semejanza de Dios porque en Él cada hombre y cada mujer ven su propia verdad profunda (Rom 8,29: «Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo»)? Y entonces ¿por qué limitarse a una perspectiva «masculina» reduccionista del Verbo encarnado?
Con el paso de los días voy pensando que el resultado de esta 'Síntesis' de la Comisión de Estudio sobre el tema del «diaconado femenino» en realidad no es una 'derrota' para unos pocos… o para unos muchos… sino que pone de relieve problemas que se repiten continuamente, 'mutatis mutandis', en la Iglesia y que, solamente tal vez, sean el verdadero problema a abordar aunque siguen sin ser abordados...
Al repasar algunas ideas que han ido surgiendo en los días pasados de debate se pone de manifiesto lo que algunos han definido como la imposibilidad de reforma en la Iglesia - salvo, quizás, llegar a ella dentro de siglos para luego, una vez realizada la reforma, afirmar que siempre se ha hecho así (lo digo con un tono de manifiesta ironía) -.
Hay ciertas dinámicas, figuras, instituciones, etc., que, incluso a pesar de las intenciones y de las declaraciones, no facilitan, ¿o habría que decir que de hecho dificultan hasta impedir?, el crecimiento pastoral y auténticamente evangélico y cristiano de la Iglesia. En concreto me refiero a aquel clásico del “vosotros hablad, que al final decidimos «nosotros»”. Y, precisamente este «nosotros» es uno de los verdaderos problemas.
A este tema se asocia otro de la mencionada 'Síntesis': ¿Cómo se tratan ciertos temas en los documentos eclesiales? ¿Cuánta ‘violencia’ se puede leer en cierto lenguaje, en ciertas palabras, en ciertos ‘horizontes de significado’?
Por lo que se escribe - y cómo se escribe - ya se puede intuir mucho sobre cuánto se quiere condicionar - ¡u obstaculizar! - un estilo dialógico efectivo y real, sobre cualquier tema en general y sobre el ministerio ordenado diaconal femenino en particular.
Uno tiene la sensación de que en la expresión «diaconado femenino», la peculiaridad no es el primer término, sino el segundo. Es decir, el verdadero problema del diaconado es lo femenino.
¿Qué papel tienen las mujeres en la Iglesia, cómo se las ve y se las considera? Más allá de los roles de «mando», a los que a menudo acceden religiosas o consagradas, incluso en la Santa Sede, ¿qué valor tiene la voz femenina en la comunidad cristiana? ¿En qué medida se reconoce la dignidad de su presencia, se valora la voz,..., de las que ya están?
Y ampliando la mirada hasta se se puede preguntar: ¿Qué relación se tiene en la Iglesia con la sexualidad, propia y ajena? ¿Y con nuestro ‘ser’ hombres y mujeres, mucho antes de la sexualidad 'practicada', por así decirlo? ¿Cuál es realmente el 'imaginario' eclesial sobre la sexualidad? ¿Existe dificultad para asociar lo sagrado al deseo sexual o, en el caso propiamente de la mujer, a la 'impureza menstrual'? ¿Qué teología del "cuerpo" tiene la Iglesia?
Si el ministerio ordenado diaconal tiene su importancia y, también en este caso de las mujeres, tal vez sería bueno jugar poniendo todas las cartas sobre la mesa… ¿Cuáles son las reticencias o los miedos reales de una apertura al diaconado femenino? ¿No sería éste por hipótesis un paso indispensable para «romper» ese monolito que es el ministerio ordenado masculino y masculinizado en general?
Uno ya ha comenzado a pensar que esta cuestión no afecta solo ni particularmente a las mujeres sino a todo el Pueblo de Dios. El desafío no se plantea entre hombres y mujeres sino más bien entre el clero y los laicos, es decir, por una visión diferente de la estructura misma de la comunidad cristiana.
¿Qué imagen de la Iglesia católica ofrecemos con ciertos 'cierres'? ¿Son esos 'cierres' el 'rostro' más evangélico? ¿No es deseable una Iglesia decididamente abierta y sinodal? ¿Realmente la sinodalidad está llevando a la Iglesia a una comprensión sinodal de los procesos en los que se realizan las reflexiones y se hacen las tomas de decisión?
En la mencionada 'Síntesis' se revelan una tradición y una teología que probablemente deben ser iluminadas, y seguramente hasta corregidas y superadas, por el estudio y la reflexión sobre lo que sea una auténtica tradición y una teología sana.
¿O es que se piensa que este tema del acceso de las mujeres al ministerio ordenado diaconal se trata de la 'fijación obsesiva' de unos pocos?
No, no creo que ése sea un problema solo para las mujeres que desean acceder al ministerio ordenado diaconal... Y tampoco que sea un problema propiamente de «igualdad de oportunidades»... El tema es más hondo y está más en la raíz.
Porque en realidad es toda una visión eclesial la que debe cambiar para todos y, precisamente y sobre todo, tanto por el sentido de la fe cristiana que nos une a todos como por la verdad propia de la novedad del Evangelio.
Y, como digo con
realismo entristecido, no sé si es posible que esa visión eclesial esté
efectivamente en grado de ser modificada.

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