Y aunque no sé qué es el perdón (relato de corte autobiográfico) - San Mateo 18, 21-35 -
La vida sigue su curso, la vida es maravillosa, la vida a menudo duele. La vida deja cicatrices que no se pueden perdonar.
Setenta veces siete es el dolor, setenta veces siete
la injusticia, setenta veces siete es el mal. Setenta veces siete: no se puede
olvidar lo que no se debe olvidar.
Habrá que dejar de maltratar el «perdón», un concepto
degradado, reducido a un simple borrón y cuenta nueva de las maldades humanas.
Habrá que romper ese vínculo peligroso que reduce la
fe a la supuesta capacidad de sonreír al verdugo.
Habrá que tener el valor de mirar a la vida a la cara:
¿qué significa perdonar a quien ha dado una paliza a tu hijo? ¿Qué significa
perdonar a quien, por intereses económicos, no ha sabido garantizar la salud de
tu padre? ¿Cómo se perdona a quien mata al amor de tu vida? ¿Qué significa
perdonar a quien viola, a quien humilla, a quien se aprovecha de tu confianza
para traicionarte?
Habrá que tomarse en serio el lado oscuro de la vida
antes de hablar de perdón.
Y luego, cuando se haya encontrado la honestidad para
reconocer que la vida es injusta y perversa, que alguien se ve humillado por la
vida, que no hay justicia igual para todos, en ese momento, y solo en ese momento,
intentar comprender cómo estar en esta vida. Cómo permanecer en ella. Cómo
aceptar, a pesar de todo, vivirla.
«El rencor y
la ira son cosas terribles», dice el Eclesiástico.
Pero «son cosas», existen, nos habitan,
son el grito —a menudo justo— contra una promesa de felicidad incumplida. Serán
terribles, pero están ahí. Y hay que reconocerlas.
El rencor y la ira indican que estamos vivos y que aún
no nos hemos acostumbrado al mal y a la injusticia.
No sé qué es el perdón; sé que la Biblia me señala una
lucha que debo emprender, una lucha que no terminará antes del día de mi
muerte, una lucha para no dejar que el rencor y la ira se apoderen por completo
de mí y desfiguren mi vida. Una lucha.
Porque si me han hecho daño, estaré enfadado y el
rencor a menudo saldrá de mi boca y de mi corazón y se desbordará en llanto. Y
en ese momento no me sentiré culpable, lo reconoceré, lo llamaré por su nombre,
me aceptaré a mí mismo como alguien habitado por la ira.
Pero también pienso en las personas a las que yo he
hecho daño, seguramente sin quererlo, pero no pretendo que no me guarden
rencor. Lo acepto.
No pretendo que el perdón lo borre todo. Tengo la edad
suficiente para sentirme cómplice del mal. Me reconozco como causa de ira y de
rencor.
Luego leo el Sirácida y lo único que puedo hacer es «recuerda del fin y deja de odiar, de la
desintegración y de la muerte», y entonces pienso de verdad en ese
límite último que es la muerte, aquella que he visto tantas veces, ese último
aliento, ese paso hacia lo desconocido.
Pienso a diario en la muerte; lo hago a menudo cuando
escucho mi colección de Misas de Difuntos, y dejo que mi mirada se pierda y
pienso en las tantas personas que ya no están.
No sé qué es el perdón, pero sé que me hace bien
sentir cómo el viento agita las copas de los árboles que ya estaban mucho antes
que yo y que seguirán ahí mucho después de mi muerte.
No sé qué es el perdón, pero siento que el viento
disipa un poco la ira y el rencor. Y me siento mejor.
Y no hace falta olvidar, las cicatrices permanecen,
pero al menos el aliento del Silencio las acaricia.
No sé qué es el perdón, pero leo el Eclesiástico y
creo en él cuando aconseja pensar en la «disolución».
A mi alrededor hay una naturaleza que, antes de volver
a empezar, se disuelve. Y yo respiro esa disolución. Siento que hay sabiduría
en ello.
No sé qué es el perdón, pero siento la fuerza de tanto
dolor disuelto. Pienso en las muertes antiguas, en los rostros olvidados; a
veces pienso en los caídos en guerras de las que ya nadie se acuerda.
¿Dónde ha ido a parar todo ese dolor?
Creo que yo solo soy una pequeña parte, única, pero
también infinitamente pequeña. No tengo miedo; siento que la disolución también
llegará para mí. Siento que ya ha comenzado.
Solo espero que Alguien me acoja.
Esta es mi fe.
Alguien que, con ternura, me acompañe en mi último
aliento y, llorando, me pida perdón.
Por una vida que no pedí y que no ha sido fácil.
Por tanto dolor.
Por haberme pedido que llevara este ser incómodo.
Perdón por este corazón que me he encontrado en el
pecho y que lleva en su interior una pesada sensación de insuficiencia y culpa.
Que hace llorar.
Si estoy seguro de mi arrepentimiento, más seguro
estoy de que Él lo reconozca y, conmovido, lo acoja.
«Ninguno de
nosotros vive para sí mismo», mientras tanto busco a alguien por quien
vivir, porque sin alguien a quien amar, el rencor
y la ira se apoderarían
fácilmente de mí.
Busco a alguien a quien amar y lamento no tener hijos
a quienes bendecir.
Intento comprender para quién vivo, intento encontrar
una forma de hacer sentir mi presencia.
No sé qué es el perdón, pero sé que desde luego no
puedo vivir para mí mismo. Que el amor siempre busca a alguien y que la ira y el rencor pueden impedir este destino vital.
Y luego, no siete, sino setenta veces siete.
No sé qué es el perdón, pero comprendo, gracias al
Evangelio, que el único camino para no morir resentido con la vida, para no
morir traicionando el amor, es el de abrirme, de abrirme siempre, de dejar que
el corazón siga esa mirada.
Buscar un horizonte infinito, mirar al cielo y dejarme
llevar.
No, no olvidaré; no, el mal no desaparecerá; claro que
el dolor sufrido seguirá estando presente ahora y siempre, y habrá cambiado el
aspecto de mi corazón y habrá apagado un poco la luz de mis ojos; claro que
nada volverá a ser como antes, pero al menos habré pasado la vida abriéndome
para no implosionar, dejándome llevar para no cerrar las manos en un puño.
Y lloraré, y alzaré la voz, y lanzaré preguntas al
cielo como se lanzan piedras contra un enemigo. Y no entenderé qué es el
perdón, pero habré luchado para no implosionar en el resentimiento.
No sé qué es el perdón, pero creo que seguiré pensando
en el final, y lo invocaré como se invoca un milagro, un límite a todo el dolor
del mundo.
Al dolor de ayer, de hoy, de mañana. A mi dolor, que
espero que siempre encuentre el valor para unirse al de los demás.
No sé qué es el perdón, pero imploraré la disolución
que llega, como una caricia ligera, para disipar los sufrimientos. Para
diluirlos en lo Eterno. Pensaré en mí mismo: no soy más que cien denarios
arrojados a un tesoro de diez mil talentos.
No sé qué es el perdón, pero creo que pasaré el resto
de mi vida pensando en la muerte, como único destino creíble, como única
esperanza, como se piensa en un regreso a casa; no olvidaré el dolor infligido
ni el sufrido, contaré las cicatrices y lloraré por las personas a las que he
herido; no habrá pacificación, solo un camino hacia la muerte.
Caminaré hacia una puerta tratando de prepararme para
posar la mirada en el Amor.
No sé qué es el perdón; solo espero estar tan ocupado
con el camino como para no quedarme atascado en el odio y el rencor.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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