miércoles, 26 de agosto de 2026

Y aunque no sé qué es el perdón (relato de corte autobiográfico) - San Mateo 18, 21-35 -.

Y aunque no sé qué es el perdón (relato de corte autobiográfico) - San Mateo 18, 21-35 -

La vida sigue su curso, la vida es maravillosa, la vida a menudo duele. La vida deja cicatrices que no se pueden perdonar.

 

Setenta veces siete es el dolor, setenta veces siete la injusticia, setenta veces siete es el mal. Setenta veces siete: no se puede olvidar lo que no se debe olvidar.

 

Habrá que dejar de maltratar el «perdón», un concepto degradado, reducido a un simple borrón y cuenta nueva de las maldades humanas.

 

Habrá que romper ese vínculo peligroso que reduce la fe a la supuesta capacidad de sonreír al verdugo.

 

Habrá que tener el valor de mirar a la vida a la cara: ¿qué significa perdonar a quien ha dado una paliza a tu hijo? ¿Qué significa perdonar a quien, por intereses económicos, no ha sabido garantizar la salud de tu padre? ¿Cómo se perdona a quien mata al amor de tu vida? ¿Qué significa perdonar a quien viola, a quien humilla, a quien se aprovecha de tu confianza para traicionarte?

 

Habrá que tomarse en serio el lado oscuro de la vida antes de hablar de perdón.

 

Y luego, cuando se haya encontrado la honestidad para reconocer que la vida es injusta y perversa, que alguien se ve humillado por la vida, que no hay justicia igual para todos, en ese momento, y solo en ese momento, intentar comprender cómo estar en esta vida. Cómo permanecer en ella. Cómo aceptar, a pesar de todo, vivirla.

 

«El rencor y la ira son cosas terribles», dice el Eclesiástico.

 

Pero «son cosas», existen, nos habitan, son el grito —a menudo justo— contra una promesa de felicidad incumplida. Serán terribles, pero están ahí. Y hay que reconocerlas.

 

El rencor y la ira indican que estamos vivos y que aún no nos hemos acostumbrado al mal y a la injusticia.


 

No sé qué es el perdón; sé que la Biblia me señala una lucha que debo emprender, una lucha que no terminará antes del día de mi muerte, una lucha para no dejar que el rencor y la ira se apoderen por completo de mí y desfiguren mi vida. Una lucha.

 

Porque si me han hecho daño, estaré enfadado y el rencor a menudo saldrá de mi boca y de mi corazón y se desbordará en llanto. Y en ese momento no me sentiré culpable, lo reconoceré, lo llamaré por su nombre, me aceptaré a mí mismo como alguien habitado por la ira.

 

Pero también pienso en las personas a las que yo he hecho daño, seguramente sin quererlo, pero no pretendo que no me guarden rencor. Lo acepto.

 

No pretendo que el perdón lo borre todo. Tengo la edad suficiente para sentirme cómplice del mal. Me reconozco como causa de ira y de rencor.

 

Luego leo el Sirácida y lo único que puedo hacer es «recuerda del fin y deja de odiar, de la desintegración y de la muerte», y entonces pienso de verdad en ese límite último que es la muerte, aquella que he visto tantas veces, ese último aliento, ese paso hacia lo desconocido.

 

Pienso a diario en la muerte; lo hago a menudo cuando escucho mi colección de Misas de Difuntos, y dejo que mi mirada se pierda y pienso en las tantas personas que ya no están.

 

No sé qué es el perdón, pero sé que me hace bien sentir cómo el viento agita las copas de los árboles que ya estaban mucho antes que yo y que seguirán ahí mucho después de mi muerte.

 

No sé qué es el perdón, pero siento que el viento disipa un poco la ira y el rencor. Y me siento mejor.

 

Y no hace falta olvidar, las cicatrices permanecen, pero al menos el aliento del Silencio las acaricia.



No sé qué es el perdón, pero leo el Eclesiástico y creo en él cuando aconseja pensar en la «disolución».

 

A mi alrededor hay una naturaleza que, antes de volver a empezar, se disuelve. Y yo respiro esa disolución. Siento que hay sabiduría en ello.

 

No sé qué es el perdón, pero siento la fuerza de tanto dolor disuelto. Pienso en las muertes antiguas, en los rostros olvidados; a veces pienso en los caídos en guerras de las que ya nadie se acuerda.

 

¿Dónde ha ido a parar todo ese dolor?

 

Creo que yo solo soy una pequeña parte, única, pero también infinitamente pequeña. No tengo miedo; siento que la disolución también llegará para mí. Siento que ya ha comenzado.

 

Solo espero que Alguien me acoja.

 

Esta es mi fe.

 

Alguien que, con ternura, me acompañe en mi último aliento y, llorando, me pida perdón.

 

Por una vida que no pedí y que no ha sido fácil.

 

Por tanto dolor.

 

Por haberme pedido que llevara este ser incómodo.

 

Perdón por este corazón que me he encontrado en el pecho y que lleva en su interior una pesada sensación de insuficiencia y culpa. Que hace llorar.

 

Si estoy seguro de mi arrepentimiento, más seguro estoy de que Él lo reconozca y, conmovido, lo acoja.


 

«Ninguno de nosotros vive para sí mismo», mientras tanto busco a alguien por quien vivir, porque sin alguien a quien amar, el rencor y la ira se apoderarían fácilmente de mí.

 

Busco a alguien a quien amar y lamento no tener hijos a quienes bendecir.

 

Intento comprender para quién vivo, intento encontrar una forma de hacer sentir mi presencia.

 

No sé qué es el perdón, pero sé que desde luego no puedo vivir para mí mismo. Que el amor siempre busca a alguien y que la ira y el rencor pueden impedir este destino vital.

 

Y luego, no siete, sino setenta veces siete.

 

No sé qué es el perdón, pero comprendo, gracias al Evangelio, que el único camino para no morir resentido con la vida, para no morir traicionando el amor, es el de abrirme, de abrirme siempre, de dejar que el corazón siga esa mirada.

 

Buscar un horizonte infinito, mirar al cielo y dejarme llevar.

 

No, no olvidaré; no, el mal no desaparecerá; claro que el dolor sufrido seguirá estando presente ahora y siempre, y habrá cambiado el aspecto de mi corazón y habrá apagado un poco la luz de mis ojos; claro que nada volverá a ser como antes, pero al menos habré pasado la vida abriéndome para no implosionar, dejándome llevar para no cerrar las manos en un puño.

 

Y lloraré, y alzaré la voz, y lanzaré preguntas al cielo como se lanzan piedras contra un enemigo. Y no entenderé qué es el perdón, pero habré luchado para no implosionar en el resentimiento.


 

No sé qué es el perdón, pero creo que seguiré pensando en el final, y lo invocaré como se invoca un milagro, un límite a todo el dolor del mundo.

 

Al dolor de ayer, de hoy, de mañana. A mi dolor, que espero que siempre encuentre el valor para unirse al de los demás.

 

No sé qué es el perdón, pero imploraré la disolución que llega, como una caricia ligera, para disipar los sufrimientos. Para diluirlos en lo Eterno. Pensaré en mí mismo: no soy más que cien denarios arrojados a un tesoro de diez mil talentos.

 

No sé qué es el perdón, pero creo que pasaré el resto de mi vida pensando en la muerte, como único destino creíble, como única esperanza, como se piensa en un regreso a casa; no olvidaré el dolor infligido ni el sufrido, contaré las cicatrices y lloraré por las personas a las que he herido; no habrá pacificación, solo un camino hacia la muerte.

 

Caminaré hacia una puerta tratando de prepararme para posar la mirada en el Amor.

 

No sé qué es el perdón; solo espero estar tan ocupado con el camino como para no quedarme atascado en el odio y el rencor.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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