Si perdonáis también vuestro Padre os perdonará - San Mateo 18, 21-35 -
Seguimos en el capítulo 18 del Evangelio según San Mateo, en el que Jesús dirige a sus discípulos el llamado «discurso eclesial», comunitario.
Tan pronto como termina de exponer la necesidad de la
corrección fraterna (cf. Mt 18,15-20), Pedro le pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tendré que
perdonar a mi hermano si peca contra mí?». Es decir: ¿hay un límite
para el perdón? Y, creyendo que exagera, ya propone una primera respuesta: «¿Hasta
siete veces?». No, replica Jesús, ni siquiera esta generosa medida es
suficiente; el perdón hacia los demás debe ser ilimitado, sin fronteras: «No te
digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», palabras que
dan la vuelta a la lógica vengativa propia del resentimiento humano: «Siete
veces será vengado Caín, pero a Lamec setenta veces siete» (Génesis
4,24).
Para que ese mandamiento quede grabado en los
corazones y en las mentes de los discípulos, Jesús les cuenta una parábola que
revela cómo el perdón que el Padre celestial nos concede a cada uno de nosotros
es el motivo y la medida del perdón recíproco: «El reino de los cielos se parece
a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos…».
En esta historia todo es inverosímil, pero precisamente
por eso su significado es claro, aunque choca contra toda lógica humana.
Hay un siervo, un funcionario de la corte, que debe a
su rey diez mil talentos: ¡una suma desmesurada, imposible de devolver, ya que
equivale al salario de cien millones de jornadas de trabajo! Amenazado por su
señor con ser vendido junto con su familia y todo lo que posee, para saldar una
mínima parte de esta enorme deuda, se postra a sus pies y le suplica: «Ten
paciencia conmigo y te lo devolveré todo». Entonces el rey siente
compasión, es decir, se conmueve en lo más profundo de su ser por la
misericordia, verbo que expresa el sentimiento profundo de Dios (cf. Lc 15,20)
—y, por extensión, de Jesús (cf. Mt 9,36; 14,4, etc.)— ante las situaciones de
sufrimiento y pecado en las que se ve envuelto el hombre. De este sentimiento
de Dios, el rey de la parábola, emana el perdón incondicional (y económicamente
descabellado) concedido al siervo.
Nada más salir de esta conversación que le ha
reabierto un futuro posible, este se encuentra con un compañero suyo, que le
debe cien denarios: una suma de dinero nada desdeñable, y sin embargo
insignificante en comparación con los diez mil talentos que él mismo debía.
Pero con su conducta demuestra que el perdón no
siempre transforma el corazón de quien lo recibe: el perdón es todopoderoso,
porque puede perdonarlo todo, y al mismo tiempo es infinitamente impotente… De
hecho, cuando su deudor le suplica con las mismas palabras que él mismo había
utilizado ante el rey, se muestra inflexible: tras tratarlo con violencia,
ordena que lo encarcelen hasta que haya saldado la deuda.
«¿Cómo es posible?», nos preguntamos
instintivamente, olvidando que a menudo esa es nuestra forma de actuar… Y, al
igual que nosotros, se lo preguntan los demás siervos de la parábola que,
entristecidos e indignados, se rebelan ante la injusticia perpetrada ante sus
ojos y tienen el valor de denunciar lo sucedido a su señor.
Este último, tras mandar llamar al siervo malvado,
primero le hace volver a tomar conciencia de la realidad, recordándole la
inmensa deuda que le había condonado. A continuación, le invita a sacar las
consecuencias de lo ocurrido, con una pregunta que estamos llamados a dejar que
resuene en nuestro interior, pues representa el verdadero punto culminante de
la parábola y, al mismo tiempo, su enseñanza fundamental: «¿No debías tú
también haber tenido piedad de tu compañero, así como yo he tenido piedad de
ti?».
Por último, ante esta estúpida ceguera de su
interlocutor, el señor se ve obligado a entregarlo a los verdugos, hasta que
haya devuelto lo que debe. Y Jesús comenta: «Así también mi Padre celestial
hará con cada uno de vosotros, si no perdonáis de corazón a vuestro hermano».
Sí, debemos perdonar a nuestros hermanos sin medida,
porque Dios ya nos ha concedido, en Jesucristo, un perdón unilateral e
ilimitado (cf. Rom 5,6-10). Y, a la inversa, solo podemos pedir perdón al Señor
en la medida en que estemos dispuestos a perdonar a nuestros «compañeros
de servicio».
Por eso, en el «Padre nuestro», la petición de
perdón que dirigimos a Dios está condicionada por nuestra práctica del perdón
hacia los demás.
No es casualidad que la única petición de esta oración
que Jesús explica sea: «Perdona nuestras deudas, así como nosotros
las perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12), y lo hace con palabras
que debemos recordar con esmero, como una luz que ilumina nuestras relaciones
cotidianas: «Si perdonáis a los demás sus ofensas, también vuestro Padre que está en
los cielos os perdonará a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco
vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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