miércoles, 26 de agosto de 2026

Perdonar… incluso lo imperdonable - San Mateo 18, 21-35 -.

Perdonar… incluso lo imperdonable - San Mateo 18, 21-35 -

Tras haber expuesto Jesús las exigencias de la corrección fraterna y del perdón mutuo (cf. Mt 18,15-20), Pedro plantea una cuestión a la que Jesús responde de inmediato de manera perentoria, pero luego revela «a este respecto» lo que ocurre en el reino de los cielos, qué comportamiento inspira la acción de Dios a los discípulos. 

Este pasaje constituye una enseñanza decisiva en la vida eclesial, y debemos reconocer que los cristianos lo leemos a menudo y con gusto, pero luego no logramos ponerlo en práctica cuando nos vemos envueltos en situaciones similares. 

Pedro, pues, se acerca a Jesús y le pregunta: «Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces tendré que perdonarle? ¿Hasta siete (número de plenitud y totalidad) veces?». 

Pregunta comprensible: ¿se puede perdonar sin tener en cuenta el número de veces que se renueva el perdón? Si alguien sigue cometiendo el mismo mal contra mí, ¿hasta cuántas veces puedo perdonarle? 

Sin duda, Pedro no olvida que en la Torá está escrito que Lamec, el sanguinario hijo de Caín, canta la repetición de la venganza hasta siete veces y luego hasta setenta veces siete (cf. Génesis 4,23-24). 

Pedro ya es misericordioso, porque, en verdad, no es fácil perdonar siete veces el mismo pecado al mismo ofensor. Pero Jesús le responde con autoridad: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete», es decir, siempre, ¡hasta el infinito! Sin peros ni condiciones, el discípulo de Jesús perdona sin contar el número de veces. 

Ante tal declaración, el oyente queda atónito, tal vez incluso consternado, porque no es fácil ni comprender ni adoptar esta actitud. ¿No es quizá demasiado lo que pide Jesús? ¿Es posible que el ser humano perdone siempre? 

Entonces Jesús explica esas palabras tan contundentes a través de una parábola que, como siempre en su boca, es revelación, es levantar el velo sobre Dios y sobre su acción. 

El relato, que pone en escena a un rey y a dos siervos deudores, se desarrolla en tres actos, seguidos de un comentario final de Jesús: Un rey quiere ajustar cuentas con sus siervos, y he aquí que le presentan a uno de ellos que le debe una suma enorme, hiperbólica: diez mil talentos, es decir, cien millones de denarios (teniendo en cuenta que un denario corresponde al salario medio diario de un obrero), ¡imposible de devolver para un siervo! Ante la perspectiva de que sus familiares fueran vendidos como esclavos y de que él mismo acabara en prisión, este hombre se arrodilla ante el rey y le suplica: «Ten paciencia conmigo y te lo devolveré todo» (¡lo cual es imposible!). Ante tal desesperación y sufrimiento, el rey, «movido por una compasión visceral», es decir, invadido por un sentimiento de misericordia, lo deja marchar y le condona la deuda. Nos encontramos ante un rey que exige el cumplimiento de la ley pero que, ante quien sufre porque no puede cumplir con la justicia, hace reinar la misericordia y ya no la ley. Tiene un corazón capaz de dejarse conmover por el mal sufrido por su siervo. 

  • el rey y el deudor que tiene con él;
  • el primer deudor y un hermano que, a su vez, es deudor suyo;
  • el enfrentamiento definitivo entre el rey y el primer deudor. 

Pero he aquí la escena simétrica. 

Este hombre perdonado, salvado radicalmente junto con su familia, sale libre, para vivir en plenitud de libertad y de relaciones; e inmediatamente se encuentra con un compañero suyo, más concretamente con un consiervo, que le debe una cantidad modesta, cien denarios, el equivalente al salario de poco más de tres meses de un trabajador del campo. En cuanto lo ve, lo agarra por el cuello y lo estrangula, exigiéndole que salde la deuda. El otro le suplica con las mismas palabras que él mismo había utilizado anteriormente: «Ten paciencia conmigo (sé indulgente conmigo) y te lo devolveré». Pero él no acepta, por lo que ordena que lo encarcelen hasta que salde la deuda. En la primera escena, el rey perdona al siervo; en la segunda, ¡el perdonado no perdona a su hermano! 

La diferencia de comportamiento entre los dos acreedores queda patente en la tercera escena. 

Cuando el rey se entera por los demás siervos de lo que ha hecho el siervo al que había perdonado, lo hace llamar y le reprende: «Siervo malvado, te condoné toda esa deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido piedad de tu compañero, tal y como yo tuve piedad de ti?». 

He aquí revelada la base de toda acción de perdón: el haber sido perdonados. 

El cristiano sabe que ha sido perdonado por el Señor con una misericordia gratuita y preveniente; sabe que se ha beneficiado de una gracia inesperada; por eso no puede dejar de mostrar misericordia a su vez hacia sus hermanos y hermanas, que sin duda tienen con él una deuda mucho menos grave. 

En esta parábola no se trata de cuántas veces hay que perdonar, sino de reconocer que se ha sido perdonado y, por tanto, de la obligación de perdonar. 

Si alguien no sabe perdonar al otro sin cálculos, sin fijarse en el número de veces que ha concedido el perdón, y no sabe hacerlo de todo corazón, entonces no reconoce lo que se le ha hecho, el perdón del que ha sido destinatario. 

Dios perdona gratuitamente; su amor nunca hay que merecerlo, sino que basta con acoger su don y, siguiendo una lógica de difusión, extender a los demás el don recibido. 

Así comprendemos la aplicación final que hace Jesús. Las palabras que pronuncia son paralelas, idénticas en su contenido, a aquellas con las que comenta la quinta petición del «Padre Nuestro»: «Perdona nuestras deudas, así como nosotros las perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12); la única, no lo olvidemos, que él comenta. 

Si perdonáis a los demás sus faltas, así también mi Padre que está en los cielos os perdonará a vosotros vuestro Padre que está en los cielos también os perdonará a vosotros; si no perdonáis de corazón, pero si no perdonáis a los demás, cada uno a su hermano, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas (Mt 6,14-15) (Mt 18,35). 

No habrá perdón por parte de Dios para nosotros si no perdonamos a los demás. O mejor dicho, si no somos ministros de esta misericordia recibida de Dios, que siempre nos perdona y nos ha perdonado de una vez por todas a través de Jesucristo, Él retira su perdón, tal y como se lo retiró al siervo al que había perdonado inicialmente. Sería una negación del Dios que profesamos y proclamamos, el hecho de ser perdonados por Él y luego no perdonar a los demás… 

La Iglesia es una comunidad de perdonados que perdonan; por eso, en su corazón está la Eucaristía, en la que se vive la remisión de los pecados por parte de Dios, para que seamos, a nuestra vez, ministros del perdón y de la misericordia en la propia Iglesia y en la sociedad de los hombres, en el mundo. 

A partir de esta página, el cristiano debe, ante todo, aprender a discernir el verdadero rostro de Dios, aquel que Jesús nos ha revelado, y saber superponer este rostro último y definitivo sobre los demás que las propias Escrituras nos han transmitido. 

De hecho, no hay que ocultar que, en ocasiones, en las Escrituras aparece esbozado un Dios que castiga y no escucha a quienes piden misericordia, un Dios que no reitera el perdón. Un ejemplo por encima de todos, que constituye una desmentida literal del Nombre del Señor revelado a Moisés (cf. Éx 34,6-7), se encuentra al comienzo de la profecía de Nahúm: «El Señor es un Dios celoso y vengativo, el Señor es vengativo, lleno de ira. El Señor se venga de sus adversarios y guarda rencor a sus enemigos. El Señor es lento para la ira, pero grande en poder, y nada deja impune» (Na 1,2-3). 

Pero Jesús nos entrega la última y definitiva descripción de Dios. Para nosotros, los cristianos, la misericordia de Dios es el rasgo esencial para conocerlo y es la acción mediante la cual Dios mismo nos pone en comunión con él: ¡es la forma en que Dios revela su omnipotencia! 

No es fácil aceptar este rostro de Dios, porque todas las religiones siempre han predicado a un Dios que hace justicia, que castiga el mal cometido, que en su omnipotencia castiga. No es fácil porque los seres humanos llevamos dentro de nosotros un concepto de «justicia humana» y pretendemos proyectarlo sobre Dios. Pero Jesús nos ha revelado el rostro de Dios como el rostro de Aquel que nos amó cuando éramos sus enemigos, nos perdonó cuando pecábamos contra él, salió a nuestro encuentro cuando lo negábamos (cf. Rom 5,8.10). 

Por eso Jesús nos pide incluso que amemos a nuestros enemigos (cf. Mt 5,43-47), una novedad del mandamiento del amor al prójimo (cf. Mt 19,19; 22,39; Lv 19,18) extendido hasta el enemigo. 

En obediencia al Señor Jesús, pues, el amor y el perdón del cristiano deben ser gratuitos, sin cálculos ni restricciones, «de corazón». Si el cristiano perdona haciendo cálculos, devalúa ese perdón que proclama con palabras. Perdonar lo imperdonable: ¡esta es la única medida del perdón cristiano! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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