Un perdón unilateral y sin condiciones - San Mateo 18, 21-35 -
Al enseñar a sus discípulos a orar con el
Padrenuestro, Jesús les había transmitido también estas palabras: «Perdona
nuestras deudas, como nosotros
perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12). Y había añadido además: «Si
perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial os
perdonará a vosotros; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre
perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15).
La enseñanza es clara: la petición de perdón a Dios es creíble si va acompañada de la
disposición y la práctica concreta del perdón fraterno.
Y esta parábola constituye una exégesis ejemplar de
dicha enseñanza.
Tras las palabras de Jesús sobre la corrección
fraterna en relación con las faltas públicas (Mt 18,15-18), ahora Pedro
pregunta a Jesús sobre la medida del perdón ante una ofensa personal («si mi
hermano peca contra mí»:
Mt 18,21).
Se trata de una ofensa a la que no sigue ni el
arrepentimiento ni la petición de perdón por parte del ofensor. Esto se
desprende del texto paralelo de Lucas, donde se dice, en cambio: «Si tu
hermano peca contra ti siete veces al día y siete veces vuelve a ti diciendo:
“Me arrepiento”, tú le perdonarás» (Lc 17,4).
En Mateo, el perdón es incondicional, totalmente unilateral, no precedido por
ninguna declaración de arrepentimiento. Este perdón es posible cuando quien
está llamado a perdonar recuerda el perdón inmenso e inconmensurable que él
mismo ya ha recibido en Jesús. En otras palabras: cada cristiano se encuentra,
frente a su hermano, en la misma situación que el siervo al que se le condonó
la deuda inextinguible.
Pedro, además, pregunta a Jesús sobre el límite del
perdón: «¿Cuántas veces tendré que perdonarle?» Y esboza una respuesta
que, en sus intenciones, ya es decididamente amplia, tal vez incluso exagerada:
«¿Hasta
siete veces?»
La respuesta de Jesús recurre a una cantidad que, si
bien normalmente expresa algo medible, en realidad aquí se utiliza para indicar
lo inconmensurable. Ya sea que dicha cantidad deba entenderse como «setenta
veces siete» o como «setenta y siete veces», significa la
inversión radical de la medida de la venganza formulada por Lamec: «Siete
veces será vengado Caín, pero Lamec setenta y siete» (Génesis 4,24).
Se establece una contraposición entre la venganza y el
perdón. Una contraposición que se juega esencialmente en la temporalidad.
La venganza no acepta que el pasado sea lo que es, es
decir, pasado. La venganza hace que el pasado esté siempre presente, siempre
actual, inmediatamente presente y abrasador. La venganza también hace presente
el dolor, la vergüenza y la humillación sufridas en su momento, y siente cada
día, cada momento, cada instante, su carácter abrasivo sobre la piel del alma.
Así, la venganza establece un nuevo orden del tiempo,
totalmente centrado en el pasado, y por tanto regresivo, ya que bloquea el
tiempo en un momento preciso del pasado. La venganza es cierre y fijación del
tiempo en el pasado: cierra el futuro, no acepta el novum que traen
consigo las cosas y los acontecimientos, rechaza que el futuro pueda tener otro
signo que no sea el de la repetición indefinida de lo ya ocurrido, de lo ya
visto. La venganza establece un tiempo serial, repetitivo, sin ninguna novedad.
El perdón, en cambio, es apertura al futuro y voluntad
de reanudar la relación, de volver a empezar. Según este texto evangélico, en
la relación entre dos personas el
perdón es potencialmente ilimitado.
El problema surge cuando entra en escena un tercero.
De hecho, si bien puedo perdonar infinitas veces el pecado contra mí, no
tengo autoridad para perdonar el mal que otro le hace a un tercero. Y, del
mismo modo, debo tener en cuenta al tercero del que soy responsable.
Entonces es la justicia la que debe intervenir. Y la
justicia, a diferencia de la venganza, que solo tiene en cuenta el punto de
vista del ofendido, también tiene en cuenta el punto de vista del ofensor.
La parábola del siervo despiadado, al narrar que se
condona una deuda inmensa e inextinguible (cf. Mt 18,27), afirma que el perdón
no puede limitarse a perdonar lo que es excusable, «los pecados veniales»,
sino que es tal cuando perdona lo que podría parecer imperdonable. Perdonar lo imperdonable: también
esto forma parte de la medida sin medida del perdón cristiano.
La parábola se divide en tres escenas seguidas de un
versículo final que constituye su conclusión parenética. Las tres escenas
contienen diálogos: entre el rey y uno de sus siervos (en realidad, un alto
funcionario de la administración real) que le debe una suma enorme y en el que
solo se recogen las palabras del siervo; luego, un diálogo entre ese mismo
siervo y un compañero de servicio que le debía una suma infinitamente inferior
a la que el rey le acababa de condonar; por último, un segundo diálogo entre el
rey y el siervo, que ahora se revela como «malvado», en el que solo se recogen
las palabras del rey, al que ahora se llama «amo» o «señor».
La suma de diez mil talentos es deliberadamente
hiperbólica, astronómica, absolutamente imposible de pagar. Ni siquiera con la
venta de los familiares, elemento este que constituye un rasgo incongruente del
relato o que, quizás mejor dicho, indica la inhumanidad de la que se ha
apartado el rey con el acto de condonación de la deuda. Y así se subraya la humanidad del
acto del perdón.
La función de esa cifra tan exorbitante y, sin
embargo, condonada, es preparar el terreno para la comparación con la cifra
infinitamente más modesta de cien denarios, cuyo pago, en cambio, se exigirá y
que llevará a la cárcel al pobre deudor.
La desproporción entre ambos comportamientos subraya
que el siervo despiadado aúna en su conducta maldad y estupidez
¿No es también estúpido el siervo que, tras haber visto condonada una
deuda inmensa, se muestra despiadado con el hombre que le debía una cantidad
infinitamente inferior?
A menudo, el pecado es fruto de la conjunción de
maldad y estupidez, de perversidad e ignorancia. O también: a menudo, el
pecador, por muy peligroso que sea, resulta igualmente ridículo.
También el segundo diálogo contiene un rasgo narrativo
incongruente: el acto de encarcelar al siervo insolvente carece de sentido,
pues solo era admisible en el caso de que el importe de la deuda fuera superior
a la suma obtenible de la venta del deudor, lo que no se daba en el caso de la
suma de cien denarios. Pero también en este caso el efecto es el de sugerir que
la
inhumanidad y la maldad se agravan cuando uno se niega a perdonar.
Un aspecto nada secundario de la parábola de Mateo es
la tristeza, el dolor de los compañeros de
servidumbre ante la maldad del siervo que no tiene piedad de quien le debe cien
denarios. Allí no hay lugar para el lenguaje del perdón, sino solo para la indignación, para la rebelión
ante la injusticia que se convierte en valor
para denunciar.
La parábola muestra que el perdón no cambia
necesariamente el corazón de quien lo recibe. El poder y la grandeza del perdón
residen en la unilateralidad con la que el ofendido no tiene en cuenta la ofensa
recibida, recrea las condiciones para la relación con el ofensor mediante un
acto de total gratuidad y acepta incluso que su gesto sea rechazado y
humillado.
El cristiano contempla el pleno despliegue de esta unilateralidad del perdón en Jesús
crucificado: «El Justo, cuya resurrección se celebra en Pascua, es aquel que, de
forma asimétrica, restablece la reciprocidad, responde al odio con amor y
ofrece el perdón a quien no lo pide» (Francis Jacques).
Esta unilateralidad es el camino elegido por Jesucristo
para vencer la falta de reciprocidad de quien desconoce el perdón. Es la
victoria del bien sobre el mal, es el
perdón del rechazo al perdón, es el acontecimiento pascual. Y aquí
captamos un aspecto del perdón que lo asimila al poder paradójico de la cruz.
El perdón es omnipotente, en el sentido de que todo
puede ser perdonado («puede», no «debe»: la grandeza del
perdón reside en la libertad con la que se concede), y al mismo tiempo es
infinitamente débil, ya que nada garantiza que vaya a cambiar el corazón de
quien ha hecho el mal ni que este deje de hacerlo.
En este sentido, el perdón cristiano solo puede
entenderse verdaderamente a la luz del acontecimiento pascual, del escándalo y
de la paradoja de la cruz. También en la cruz se manifiesta el poder de Dios en
la extrema debilidad del Hijo.
El Jesús crucificado es aquel que, desde la cruz,
ofrece el perdón a quien no lo pide, viviendo la unilateralidad de un amor
asimétrico que es el único camino para abrir a todos la vía de la salvación.
Como reflejo del acontecimiento pascual, el perdón
cristiano se sitúa ante todo en el plano escatológico: donde hay perdón, allí
está el Espíritu de Dios, allí reina Dios, allí se hace presente Jesús.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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