miércoles, 26 de agosto de 2026

Un perdón unilateral y sin condiciones - San Mateo 18, 21-35 -.

Un perdón unilateral y sin condiciones - San Mateo 18, 21-35 -

Al enseñar a sus discípulos a orar con el Padrenuestro, Jesús les había transmitido también estas palabras: «Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12). Y había añadido además: «Si perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15). 

 

La enseñanza es clara: la petición de perdón a Dios es creíble si va acompañada de la disposición y la práctica concreta del perdón fraterno.

 

Y esta parábola constituye una exégesis ejemplar de dicha enseñanza.

 

Tras las palabras de Jesús sobre la corrección fraterna en relación con las faltas públicas (Mt 18,15-18), ahora Pedro pregunta a Jesús sobre la medida del perdón ante una ofensa personal («si mi hermano peca contra mí»: Mt 18,21).

 

Se trata de una ofensa a la que no sigue ni el arrepentimiento ni la petición de perdón por parte del ofensor. Esto se desprende del texto paralelo de Lucas, donde se dice, en cambio: «Si tu hermano peca contra ti siete veces al día y siete veces vuelve a ti diciendo: “Me arrepiento”, tú le perdonarás» (Lc 17,4).

 

En Mateo, el perdón es incondicional, totalmente unilateral, no precedido por ninguna declaración de arrepentimiento. Este perdón es posible cuando quien está llamado a perdonar recuerda el perdón inmenso e inconmensurable que él mismo ya ha recibido en Jesús. En otras palabras: cada cristiano se encuentra, frente a su hermano, en la misma situación que el siervo al que se le condonó la deuda inextinguible.

 

Pedro, además, pregunta a Jesús sobre el límite del perdón: «¿Cuántas veces tendré que perdonarle?» Y esboza una respuesta que, en sus intenciones, ya es decididamente amplia, tal vez incluso exagerada: «¿Hasta siete veces?»

 

La respuesta de Jesús recurre a una cantidad que, si bien normalmente expresa algo medible, en realidad aquí se utiliza para indicar lo inconmensurable. Ya sea que dicha cantidad deba entenderse como «setenta veces siete» o como «setenta y siete veces», significa la inversión radical de la medida de la venganza formulada por Lamec: «Siete veces será vengado Caín, pero Lamec setenta y siete» (Génesis 4,24).

 

Se establece una contraposición entre la venganza y el perdón. Una contraposición que se juega esencialmente en la temporalidad.

 

La venganza no acepta que el pasado sea lo que es, es decir, pasado. La venganza hace que el pasado esté siempre presente, siempre actual, inmediatamente presente y abrasador. La venganza también hace presente el dolor, la vergüenza y la humillación sufridas en su momento, y siente cada día, cada momento, cada instante, su carácter abrasivo sobre la piel del alma.

 

Así, la venganza establece un nuevo orden del tiempo, totalmente centrado en el pasado, y por tanto regresivo, ya que bloquea el tiempo en un momento preciso del pasado. La venganza es cierre y fijación del tiempo en el pasado: cierra el futuro, no acepta el novum que traen consigo las cosas y los acontecimientos, rechaza que el futuro pueda tener otro signo que no sea el de la repetición indefinida de lo ya ocurrido, de lo ya visto. La venganza establece un tiempo serial, repetitivo, sin ninguna novedad.


 

El perdón, en cambio, es apertura al futuro y voluntad de reanudar la relación, de volver a empezar. Según este texto evangélico, en la relación entre dos personas el perdón es potencialmente ilimitado.

 

El problema surge cuando entra en escena un tercero. De hecho, si bien puedo perdonar infinitas veces el pecado contra mí, no tengo autoridad para perdonar el mal que otro le hace a un tercero. Y, del mismo modo, debo tener en cuenta al tercero del que soy responsable.

 

Entonces es la justicia la que debe intervenir. Y la justicia, a diferencia de la venganza, que solo tiene en cuenta el punto de vista del ofendido, también tiene en cuenta el punto de vista del ofensor.

 

La parábola del siervo despiadado, al narrar que se condona una deuda inmensa e inextinguible (cf. Mt 18,27), afirma que el perdón no puede limitarse a perdonar lo que es excusable, «los pecados veniales», sino que es tal cuando perdona lo que podría parecer imperdonable. Perdonar lo imperdonable: también esto forma parte de la medida sin medida del perdón cristiano.

 

La parábola se divide en tres escenas seguidas de un versículo final que constituye su conclusión parenética. Las tres escenas contienen diálogos: entre el rey y uno de sus siervos (en realidad, un alto funcionario de la administración real) que le debe una suma enorme y en el que solo se recogen las palabras del siervo; luego, un diálogo entre ese mismo siervo y un compañero de servicio que le debía una suma infinitamente inferior a la que el rey le acababa de condonar; por último, un segundo diálogo entre el rey y el siervo, que ahora se revela como «malvado», en el que solo se recogen las palabras del rey, al que ahora se llama «amo» o «señor».

 

La suma de diez mil talentos es deliberadamente hiperbólica, astronómica, absolutamente imposible de pagar. Ni siquiera con la venta de los familiares, elemento este que constituye un rasgo incongruente del relato o que, quizás mejor dicho, indica la inhumanidad de la que se ha apartado el rey con el acto de condonación de la deuda. Y así se subraya la humanidad del acto del perdón.

 

La función de esa cifra tan exorbitante y, sin embargo, condonada, es preparar el terreno para la comparación con la cifra infinitamente más modesta de cien denarios, cuyo pago, en cambio, se exigirá y que llevará a la cárcel al pobre deudor.

 

La desproporción entre ambos comportamientos subraya que el siervo despiadado aúna en su conducta maldad y estupidez ¿No es también estúpido el siervo que, tras haber visto condonada una deuda inmensa, se muestra despiadado con el hombre que le debía una cantidad infinitamente inferior?

 

A menudo, el pecado es fruto de la conjunción de maldad y estupidez, de perversidad e ignorancia. O también: a menudo, el pecador, por muy peligroso que sea, resulta igualmente ridículo.

 

También el segundo diálogo contiene un rasgo narrativo incongruente: el acto de encarcelar al siervo insolvente carece de sentido, pues solo era admisible en el caso de que el importe de la deuda fuera superior a la suma obtenible de la venta del deudor, lo que no se daba en el caso de la suma de cien denarios. Pero también en este caso el efecto es el de sugerir que la inhumanidad y la maldad se agravan cuando uno se niega a perdonar.


 

Un aspecto nada secundario de la parábola de Mateo es la tristeza, el dolor de los compañeros de servidumbre ante la maldad del siervo que no tiene piedad de quien le debe cien denarios. Allí no hay lugar para el lenguaje del perdón, sino solo para la indignación, para la rebelión ante la injusticia que se convierte en valor para denunciar.

 

La parábola muestra que el perdón no cambia necesariamente el corazón de quien lo recibe. El poder y la grandeza del perdón residen en la unilateralidad con la que el ofendido no tiene en cuenta la ofensa recibida, recrea las condiciones para la relación con el ofensor mediante un acto de total gratuidad y acepta incluso que su gesto sea rechazado y humillado.

 

El cristiano contempla el pleno despliegue de esta unilateralidad del perdón en Jesús crucificado: «El Justo, cuya resurrección se celebra en Pascua, es aquel que, de forma asimétrica, restablece la reciprocidad, responde al odio con amor y ofrece el perdón a quien no lo pide» (Francis Jacques).

 

Esta unilateralidad es el camino elegido por Jesucristo para vencer la falta de reciprocidad de quien desconoce el perdón. Es la victoria del bien sobre el mal, es el perdón del rechazo al perdón, es el acontecimiento pascual. Y aquí captamos un aspecto del perdón que lo asimila al poder paradójico de la cruz.

 

El perdón es omnipotente, en el sentido de que todo puede ser perdonado («puede», no «debe»: la grandeza del perdón reside en la libertad con la que se concede), y al mismo tiempo es infinitamente débil, ya que nada garantiza que vaya a cambiar el corazón de quien ha hecho el mal ni que este deje de hacerlo.

 

En este sentido, el perdón cristiano solo puede entenderse verdaderamente a la luz del acontecimiento pascual, del escándalo y de la paradoja de la cruz. También en la cruz se manifiesta el poder de Dios en la extrema debilidad del Hijo.

 

El Jesús crucificado es aquel que, desde la cruz, ofrece el perdón a quien no lo pide, viviendo la unilateralidad de un amor asimétrico que es el único camino para abrir a todos la vía de la salvación.

 

Como reflejo del acontecimiento pascual, el perdón cristiano se sitúa ante todo en el plano escatológico: donde hay perdón, allí está el Espíritu de Dios, allí reina Dios, allí se hace presente Jesús.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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