¿Una humanidad magnífica?
El frenesí tecnológico sin precedentes en el que vivimos, en el que la inteligencia artificial ya no es materia de especulación de ciencia ficción, sino, cada vez más, una presencia cotidiana y estructural (redes neuronales algorítmicas capaces de procesar textos complejos, superar exámenes académicos, crear arte y simular la empatía), nos lleva a experimentar un vértigo identitario.
Para defendernos de esta ansiedad ante la obsolescencia y del miedo a ser sustituidos, tendemos a aferrarnos con todas nuestras fuerzas a lo que consideramos nuestro núcleo inexpugnable e irreproducible: la conciencia, la autocomprensión, la percepción de uno mismo. Nuestra esencia humana.
La encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV aborda (también) este aspecto. El Papa promueve la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial, esbozando la encrucijada histórica ante la que nos encontramos: levantar una nueva torre de Babel, símbolo de poder autorreferencial y dominio tecnológico, o bien construir una Jerusalén de responsabilidad y comunión.
Y subraya que, aunque nuestra humanidad es capaz de crueldades inauditas, de guerras espantosas y de esclavitud, no debemos avergonzarnos de definirla como «magnifica», ya que todo ser humano posee una dignidad inalienable y una sublime capacidad de amar otorgada por el Creador.
Pero la mirada descarnada de algunos textos bíblicos propone una antropología mucho menos tranquilizadora, que exige una lectura decididamente desencantada.
El profeta Jeremías lanza una advertencia que desmonta incluso estas certezas arraigadas:
«El corazón es más engañoso que cualquier otra cosa y irremediablemente maligno; ¿quién podrá conocerlo?» (Jeremías 17, 9).
Si la encíclica del Papa León XIV se esfuerza por defender la primacía de lo humano sobre la máquina, recordando que la inteligencia artificial es mera simulación, carente de cuerpo, de relaciones auténticas y de responsabilidad moral, el crudo texto de Jeremías plantea una pregunta incómoda: ¿es nuestra humanidad realmente tan plenamente «magnífica» como se da por sentado desde el principio? ¿No corremos el riesgo, al exaltar nuestra esencia interior en oposición al algoritmo, de caer precisamente en esa autorreferencialidad babilónica que el propio Papa pretende combatir?
En la compleja antropología semítica, el corazón no es la visión romántica ligada a los sentimientos, sino el centro vital y decisorio profundo donde se entrelazan la racionalidad y la voluntad. Y precisamente este centro, nuestra tan alabada «conciencia», se describe como lo más poco fiable que existe.
El corazón humano es constitutivamente engañoso. Nuestra mente, de la que nos enorgullecemos tanto frente a los fríos circuitos de silicio, posee una capacidad casi infinita para justificar sus propias bajezas, encubriendo el egoísmo y las prevaricaciones con nobles ideales.
Una crítica teológica constructiva al optimismo subyacente de la encíclica parte precisamente de aquí: el mayor engaño es creer que nuestra superioridad ontológica sobre la máquina nos hace inmunes al mal. La Escritura nos advierte de que nuestra inclinación al egoísmo es «incurable» solo con los recursos humanos.
Las reflexiones modernas sobre la inteligencia artificial nos alertan sobre la llamada black box, la caja negra del machine learning. Tememos no poder rastrear los procesos oscuros a través de los cuales una red neuronal llega a una conclusión determinada.
Pero Jeremías nos recuerda implacablemente que la primera, verdadera y más insondable caja negra es precisamente nuestro interior: «¿Quién podrá conocerlo?».
La máquina, en su potencia computacional, carece estructuralmente de malicia; no tiene un ego que proteger. El ser humano, por el contrario, dotado de conciencia y libertad, es capaz de urdir el mal con lúcida intencionalidad, porque su software interior lleva las cicatrices de una fragilidad radical.
Si el Papa León XIV insiste en la preciosa sabiduría que nace de la conciencia de nuestro límite, Jeremías hunde el bisturí recordándonos que este límite se manifiesta a menudo como un formidable autoengaño.
¿Dónde se encuentra, entonces, la salida de este laberinto interior? ¿Cómo podemos evaluarnos a nosotros mismos, si nuestra brújula está viciada desde el principio?
La propuesta del profeta - «Yo, el SEÑOR, que escudriño el corazón, que pongo a prueba los riñones, para recompensar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus acciones» (Jeremías 17, 10) - es un cambio de perspectiva: la prueba de la verdadera humanidad no se agota en la reivindicación orgullosa de un estatus superior.
Esa prueba de verdadera humanidad se desplaza con fuerza hacia el exterior. Se mide por los «caminos» que decidimos recorrer y por el «fruto» tangible que producen nuestras acciones. La valoración divina de la humanidad no tiene lugar en el silencio amortiguado de la habitación, sino en el camino polvoriento y fatigoso de la vida cotidiana.
Hoy exigimos con razón, sobre todo en Europa, que las máquinas se ajusten a los valores humanos y al respeto de los derechos y las libertades, pero la palabra profética sigue siendo la piedra de toque definitiva: nuestra «magnífica humanidad» no es una posesión estática que idolatrar sino un horizonte que alcanzar con los «frutos» o, como dirían algunos, con los ‘outcomes’ (resultados).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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