Las bienaventuranzas: recuperar la semejanza divina
Aquel día, en aquella montaña, Jesús repitió el proyecto de los comienzos: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Sí. Y es el que el problema, de hecho, era precisamente cómo recuperar la semejanza perdida.
Sabemos, de hecho, que la imagen permanece siempre
impresa en nosotros: yo sigo siendo hijo de Dios, siempre, de cualquier manera.
No así la semejanza: vivir
como hijo de Dios. Siempre por recuperar.
Y así, aquel día, antes incluso de adoptar un estilo,
Jesús esbozó ante todo los rasgos de su rostro, ese rostro según el cual
reconstruir nuestra identidad personal.
Las bienaventuranzas son las «otras» palabras. Palabras
recogidas en los Evangelios y leídas en la Iglesia, pero arrancadas de la vida,
donde tienen libre curso otras palabras, otras lógicas, otros criterios que nos
hacen perder la semejanza de
los comienzos.
Esas palabras pronunciadas por Jesús son su biografía,
la biografía de Aquel tras quien hemos elegido seguir nuestros pasos:
- Él
es el pobre de espíritu y el puro de corazón: se vació de todo, incluso de su
igualdad con Dios, para hacer espacio a Dios y a nosotros en su corazón; acogió
en ese corazón incluso al amigo que le traicionaba y al que le negaba;
‐ un
día lloró por Jerusalén al hacerse cargo de su corazón obstinado en cerrarse a
la visita de Dios; lloró por su amigo Lázaro, atestiguándole, incluso así, lo
mucho que le quería;
‐ sufrió
en carne propia la persecución y la injusticia hasta el punto de ser tratado
como un malhechor, él que había pasado sanando
y beneficiando a quienes estaban prisioneros del mal; no dudó en ser
contado entre los impíos muriendo entre dos de ellos;
‐ su
solidaridad con nosotros le llevó a asumir todos nuestros males para que en
ninguna circunstancia viéramos la maldición cernirse sobre nuestra existencia;
‐
aunque podía imponerse, nunca recurrió a la violencia ni a la venganza, ni
siquiera cuando se trataba de defender el buen nombre de Dios, olvidando el mal
que le habíamos hecho y devolviendo, en cambio, bien por mal (Padre, perdónalos...);
- siempre
dispuesto a esperar con paciencia cada vez que me detengo o incluso me pierdo:
así lo atestigua su perdón, ofrecido una y otra vez (setenta veces siete...);
- anhelaba
ardientemente relaciones auténticas; desterró la hipocresía y la falsedad,
pagando en carne propia para construir relaciones de armonía y paz (el que quiera ser el primero, que sea el
último y el servidor de todos...).
Este es el rostro del Maestro esbozado por las
bienaventuranzas. Y mientras lo contemplo, veo en él los rasgos de mi rostro,
tal y como él desearía que yo fuera. Una persona:
‐
pobre de espíritu, para acogerlo en mi vida sin ceder a la tentación de
construirme un ídolo vano; pobre, no amo, dispuesto a servir a la vida de los
demás sin aprovecharse nunca de ella; con un corazón que siempre respeta el
misterio del otro sin querer reducirlo nunca a su propia medida;
-
capaz de llorar, pero no por sí mismo, en inútiles repliegues, sino con quien
sufre, atestiguando así que compartir es asumir la fatiga del otro;
-
capaz de amar incluso hasta cubrir la descortesía del otro, dispuesto a creer
que el otro puede cambiar gracias a una confianza ofrecida de nuevo;
-
incansable tejedor de nuevas relaciones, sin sentirse nunca realizado mientras
haya alguien a nuestro alrededor que sufra injusticias.
Ese Rostro del Maestro indica luego el rostro de la comunidad cristiana:
‐ una
Iglesia que no busca apoyos en el poder y que no pone su confianza en lo que no
tiene consistencia;
‐ una
Iglesia capaz de compartir las angustias de los últimos, porque solo así se
atestigua que Dios se ha hecho cercano a cada hombre;
‐ una
Iglesia que no busca el aplauso, el consenso, la adulación;
- una
Iglesia que rechaza toda arrogancia y, por lo tanto, acoge a todos, camina con
todos, sirve a todos sin distinción;
- una
Iglesia que está del lado de quienes sufren injusticias y se expone para la
construcción de la paz.
Solo una Iglesia así anuncia y da testimonio de que
vale la pena no temer acercarse al Señor Jesús y seguir sus pasos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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