lunes, 26 de enero de 2026

La sabiduría de las bienaventuranzas.

La sabiduría de las bienaventuranzas

Algunas páginas bíblicas son piedras que sacuden e inquietan. Otras, aunque también pretenden despertarnos con fuerza, tienen una función terapéutica y ayudan a curar las heridas infectadas por las falsas imágenes de humanidad que nos hemos construido.

 

Imágenes problemáticas que también transmiten las Iglesias cristianas. Cuando la fe deja en segundo plano la felicidad, hasta posponerla más allá de la vida humana; cuando el paraíso se convierte en el premio consolatorio para quienes sufren y aceptan con resignación el sufrimiento y la pobreza; ¿qué imagen de Dios estamos anunciando y, en consecuencia, qué rostro de humanidad nos habita?

 

Redescubrir las bienaventuranzas, ese canto que llama a la felicidad a todos aquellos que no se resignan a la ferocidad de la realidad y resisten con un estilo de vida diferente al que proclaman los megáfonos de este mundo, significa atreverse a hablar de esperanza, de alternativa, de libertad.

 

Pero para ello no basta con volver al monte de las bienaventuranzas y escuchar de nuevo esa antigua Palabra que Jesús nos entregó como manifiesto programático de su proyecto de humanidad.

 

También es necesario que alguien nos ayude a limpiar esa palabra de las muchas huellas que la han mancillado, hasta el punto de tergiversarla, convirtiéndola en el manifiesto de una moral de esclavos: «¿Eres pobre? ¿Sufres? ¿Eres perseguido? Acepta lo que te sucede, porque a través del sufrimiento te ganarás el paraíso...».

 

Tantas personas conocen este tipo de predicación «dolorística», que las ha vuelto sumisas y resignadas al dolor que sufrían. Palabras que pretendían liberar y promover, se han revelado armas que hieren y empujan a alejarse de una fe que hace daño.

 

¡Pero Dios no es así! ¡Este no es el mensaje de las bienaventuranzas! Más bien, es su parodia.

 

Seguramente necesitamos de alguna compañía o guía bueno y sabio para descubrir la belleza de la frescura de las palabras de Jesús, capaces de hablar a una multitud hambrienta de justicia y sedienta de felicidad.


 

Ésta es una página evangélica que nos devuelve a todos una buena noticia y que quiere sanar una mala imagen de Dios. También porque, detrás de las imágenes erróneas de Dios, se forma una imagen errónea de la humanidad y se proponen modelos problemáticos.

 

En las llanuras de nuestras existencias, en la monotonía de nuestras vidas, se alzan montañas donde se proclaman palabras que interpelan nuestra vida. ¿Se puede ser feliz? ¿Y cómo? ¿Existe una felicidad capaz de salir de la esfera individual para convertirse en un proyecto colectivo, social, político,…, para generar un mundo nuevo? ¿Y qué significa ser feliz? ¿Qué tiene que decir la fe al respecto?

 

No es cierto que, hoy en día, la religión desempeñe un papel irrelevante; al contrario, asistimos a una revancha de lo sagrado. Y junto con ello, a una interpretación que se distancia de las derivas anteriores. Como la que veía en la palabra bíblica una invitación a la resignación, a la aceptación.

 

Pero, después de haber descartado como inaceptable una predicación «dolorista» del cristianismo, ¿no corremos el riesgo de rebajar el nivel, ofreciendo palabras consoladoras que se contentan con tranquilizar y arrullar?

 

En la monotonía de la existencia actual, las bienaventuranzas no ofrecen consuelos fáciles. Es como si, para escucharlas, se nos invitara a subir, a levantar la mirada, a dejar que esa altura transformara el panorama plano de nuestras vidas en caminos articulados, de mayor alcance. Una invitación a elevar el nivel para no conformarnos con dejarnos vivir.

 

Es una palabra elevada, la que llama «bienaventurados» a quienes la sociedad llama «desafortunados»… pero no es una palabra utópica, irrealizable. Palabra incómoda y difícil; y, sin embargo, palabra que conserva la fuerza del lenguaje sapiencial, que propone un camino de vida, un proyecto concreto para ser felices.

 

El lenguaje sapiencial nunca es utópico, ni demasiado elevado, como para que se pueda considerar imposible lo que sugiere. No es una palabra dirigida a las vírgenes, a los mártires, a los santos... Al contrario, es una palabra laica, universal.

 

No es bienaventurado quien es religioso, sino quien es pobre y manso, quien no es cínico, quien se esfuerza por la paz, quien busca la justicia. No hay ninguna referencia a una pertenencia ideológica o religiosa específica.


 

Las bienaventuranzas son palabras que no quedan confinadas entre las paredes de las sacristías, en santuarios separados de la vida cotidiana. Y, además, son palabras para todos: hombres y mujeres. Incluso en nuestra época, tan poco inclinada a apuntar alto.

 

Los fuertes son ridiculizados, los prepotentes humillados, los santos devueltos a la vida cotidiana. Dios cuida de una comunidad más amplia que la encerrada en nuestras Iglesias: una comunidad que abraza a todas las criaturas y pone en el centro a los pobres y a los afligidos.

 

Pero la pobreza, el hambre y la aflicción no son virtudes, caminos privilegiados para entrar más fácilmente en el paraíso (¡y cuántas veces tenemos que repetirlo para que entre en nuestro corazón!).

 

Jesús no ama la pobreza, no nos llama a buscarla como vía ascética para acceder a lo divino. En cambio, sí nos invita a hacernos cargo de los pobres, a cuidar de los más débiles para alcanzar juntos la felicidad. ¡Porque no se puede ser feliz solo, sino solo juntos!

 

Las bienaventuranzas son una palabra plural, dirigida no al individuo, a un «tú», sino a un «vosotros». Y esto, cuando amamos, lo intuimos fácilmente. ¿Nos interesa realmente una salvación que nos separe de aquellos a quienes amamos? ¿Podemos ser felices solos, sin las personas que amamos? La felicidad es colectiva, al igual que la salvación anunciada por las Escrituras.

 

Hoy, en un momento histórico en el que la experiencia de la vida corre el riesgo de quedar reducida a los límites de la inteligencia artificial y del pensamiento instrumental, preocupados por resolver rápidamente los problemas, por hacer funcionar la vida, sin alimentar ya el sueño de una felicidad que no se puede comprar, necesitamos especialmente esta palabra sabia de las bienaventuranzas.

 

Porque ellas, las bienaventuranzas, tienen la fuerza de hacer surgir la sospecha de que la vida humana puede ser diferente de como se nos muestra. Que la humanidad puede aspirar a más. Que la fe puede ser un lugar donde se construye la felicidad.

 

Acerquémonos de nuevo a la montaña desde la que Jesús de Nazaret se atrevió a cantar ese estribillo que hemos olvidado. Volvamos a escuchar esas palabras de sabiduría de Aquel que hablaba con la autoridad de la sencillez. Y encontraremos agua viva para nuestros desiertos, vida abundante y plena,…, la felicidad que hacía feliz a Jesús de Nazaret.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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