¡Oh capitán, mi capitán!
En el mundo nunca han faltado personajes grotescos.
En la Casa Blanca, para celebrar los ochenta años del emperador, se instaló un enorme ring de artes marciales o algo semejante coronado por una estructura de acero. Esto se suma al salón de baile de estilo grecorromano, y a los generosos dorados que el César ha introducido en los interiores de ese antiguo palacio neoclásico.
Hay quien define ese lugar institucional, así
transfigurado, como un parque de atracciones o un circo. Debo de ser realmente
un pacato timorato porque la ostentación de Donald Trump me repugna como si
fuera un rasgo político de la persona. No solo un rasgo estético.
El uso contundente del dinero, la ostentación
jactanciosa del lujo, el mal gusto americano llevado al paroxismo sin que ni
una sola partícula residual del perdurable estilo del buen gusto pueda actuar
como anticuerpo, sin que una vaga percepción de la variedad del mundo, de su
biodiversidad humana, disuada de considerar el planeta entero como un conjunto
de parcelas no solo edificables, sino también reducibles a una única estética
americana y hollywoodiense.
Con la llegada de Donald Trump es como si ese cielo del pésimo gusto nos hubiera envuelto a todos. El mito de la moderación y la compostura pertenece definitivamente al pasado: a menudo me pregunto cuántos, y por qué, y de qué edad, comparten conmigo la idea de que, para ser caballeros, hay que intentar no llamar demasiado la atención.
El «no te jactes, son los necios los que se
jactan» (cf. Proverbios 13, 6; 14, 7-9; 27, 2-22;…) me parece un
eslogan sepultado por los acontecimientos, casi como aquel de «proletarios
de todos los países, uníos». La burguesía y el proletariado están, al
fin y al cabo, y para siempre, reunidos y, en cierto modo, reconciliados por la
derrota común.
Con todo, ¡qué lejos toda esa exhibición esperpéntica de mal gusto trumpiano de aquel primer verso de uno de los poemas que Walt Whitman dedicó a la «memoria del presidente Lincoln» - Memories of President Lincoln - y que forma parte, al igual que toda la obra del poeta estadounidense, de Hojas de hierba, el libro que, entre 1855 y 1892, fue creciendo poco a poco, edición tras edición, con nuevos poemas!
¡Oh capitán! ¡Mi capitán!
Nuestro espantoso viaje ha terminado,
la nave ha salvado todos los escollos,
hemos ganado el anhelado premio,
próximo está el puerto,
ya oigo las campanas y el pueblo entero que te aclama,
siguiendo con sus miradas la poderosa nave,
la audaz y soberbia nave;
más ¡ay!
¡oh corazón! ¡mi corazón! ¡mi corazón!
No ves las rojas gotas que caen lentamente,
allí, en el puente, donde mi capitán
yace extendido, helado y muerto.
Por eso confieso que sigo prefiriendo, delante de toda la lógica trumpiana, o análoga, aquel emotivo e insurrecto clamor “¡Oh capitán, mi capitán!”: https://www.youtube.com/watch?v=BfjyJfgAKJs (te invito a recordar aquella escena memorable de "El club de los poetas muertos").
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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