Crecer hasta convertirse en pequeño (a modo de confesión personal) - San Mateo 11, 25-30 -
«…y se las has revelado a los pequeños».
No puede ser de otra manera, no hay elección, ninguna
alternativa: el amor solo se revela a los pequeños. Tendremos que aceptarlo,
algún día.
Los eruditos no soportan las revelaciones. Los sabios
tienen demasiado miedo de lo que no logran explicarse.
Se necesita un corazón pequeño.
Y un corazón pequeño no es más que un corazón lleno de
revelaciones. Eternamente a merced del eterno asombro ante el suceder de los
acontecimientos. Se necesita constancia y muchísima fe para mantener pequeño el
corazón.
Que a menudo se hincha de dolor y se dilata por las
costumbres.
Y así se nos escapa de las manos, se satura, se cae,
se rompe.
Duele. Tarde o temprano habrá que aprender esto: el
arte de vivir una vida capaz de soportar la exuberancia del asombro.
Y luego, palabras tranquilas y pausadas, pues la
revelación no soporta el frenesí.
Y también mucha sana auto-ironía: quien es
verdaderamente pequeño no soporta que se le tome demasiado en serio.
Hay que convencerse de que una vida pequeña no es una
vida insignificante.
Pequeño es aquel que no explica las cosas de la vida,
sino que se deja explicar por la vida: como se explica un mantel para recibir a
los amigos, una sábana secándose al viento, las alas de un águila para volar,
una carta recién sacada del sobre.
Incluso un libro puede explicarse, cuando evita querer
convencernos.
Te amo y te alabo, Señor de la Tierra y del Cielo y de
cada otro aliento que se mueve entre los extremos. Y te pido perdón por
aquellas veces en que, hinchado de esa graciosa sabiduría que tienen los niños consentidos
y mimados, te imaginé Todopoderoso, Soberano Omnipotente.
Por aquellas veces en que, cegado por la arrogancia
erudita de ciertos adolescentes eternos, creía que te estaba cuestionando, pero
solo era una forma de intentar, torpemente, ocultar mi necesidad de sentirme
vivo, importante y único.
Te pido perdón porque a menudo sigo fingiendo ser
erudito y sabio como un niño consentido y mimado. Algún día creceré, por fin,
hasta convertirme en pequeño.
«…nadie conoce al Hijo sino el Padre… nadie
conoce al Padre sino el Hijo».
Te alabo y te amo, Señor de la Tierra, del Cielo, de
todas las cosas, Padre mío. Ahora que somos padre e hijo, te alabo y te amo.
Nos entregamos el uno al otro con tierna debilidad; ambos hemos aprendido a
confiar el uno en el otro. Solo un padre y un hijo pueden explicarse mediante
gestos de atención humana.
No creo en ningún otro tipo de fe ni dogmática ni
canónica ni moral. Porque no hay espacio para explicar nada, para hacer nada,
para demostrar nada. Solo un padre y un hijo pueden permanecer en silencio
hasta dejarse deslizar el uno entre las atenciones del otro, sabiendo que la
vida nunca se explica, solo se nace y se muere, pero juntos.
El secreto es que uno se convierte en padre solo en
presencia de su hijo, y viceversa. La vida no es de los eruditos ni de los
sabios, sino de quienes, sencillamente, la comparten.
«Venid a mí todos los que estáis cansados y
agobiados, y yo os daré descanso… mi yugo es suave y mi carga ligera».
Un yugo suave, aunque la vida, de todos modos, habrá
que llevarla hasta el final, de alguna manera. Y fingir que todo es cuesta
abajo, que es la aventura más hermosa y que con Dios no hay nada que temer…
bueno, todo eso se lo dejo para la propaganda para las vocaciones…
La vida, de alguna manera, hay que llevarla hasta el final;
se necesita un yugo, seamos sinceros.
La fe es descubrir que hay una forma de llevar las
cargas, los dolores, incluso el drama. Y no con sacrificio ni con
perseverancia. Sino con dulzura.
El yugo no es justo, es dulce. Y de la dulzura se
puede disfrutar y llorar; con dulzura se puede acariciar la vida. También se
puede acariciar cada espina de la corona. La dulzura es beber hasta el fondo el
cáliz con mansedumbre, en voz baja.
Y el peso será ligero. Pero será peso. Un corazón
pequeño sabe bien que, por suerte, cada cosa tiene su peso, y que es
precisamente el peso el que rescata a toda realidad de la inconsistencia.
Y luego, el descanso.
Al final, el descanso.
Dentro de cada cosa, incluso del esfuerzo más
titánico: el descanso, que es el acto valiente de quien consigue detenerse y
descubrir, en ese momento de aparente inmovilidad, que la vida no se ha
atascado, sino que se ha cumplido.
Cuando llega aquel momento en que una voz te susurra
al oído: «Siervo bueno y fiel, entra en el descanso de tu Señor». Y uno
se deja coger de la mano y conducir al gozo de aquel descanso.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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