sábado, 20 de junio de 2026

Una enseñanza nueva para otra inteligencia y sabiduría - San Mateo 11, 25-30 -.

Una enseñanza nueva para otra inteligencia y sabiduría - San Mateo 11, 25-30 -


Las pruebas y tribulaciones que Jesús anunció a sus discípulos (cf. Mt 10,16-30) son una realidad para el propio Jesús: él mismo sufre el rechazo y la incredulidad por parte de los habitantes de algunas ciudades de Galilea, en las que, sin embargo, había predicado y realizado prodigios (cf. Mt 11,16-24). 

Ante este revés, Jesús no se desanima, sino que transforma el fracaso en una ocasión para dar gracias al Padre. Sin duda, Jesús se siente afectado por el rechazo sufrido, pero es capaz de asumirlo en la fe —por eso su oración va precedida de la nota: «Respondiendo, dijo…»—, de convertirlo en una ocasión para discernir el cumplimiento de la voluntad del Padre: «Te doy gracias, oh Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los inteligentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, oh Padre: ¡así te ha placido!».

 

Incluso en los momentos difíciles, Jesús reconoce que Dios actúa a través de Él: su misión consiste en anunciar la Buena Nueva a los pobres, a los sencillos (cf. Mt 11,5; Is 61,1), quienes, al seguir a Jesús, perciben en Él la revelación del Padre; al mismo tiempo, ello supone un juicio del corazón de aquellos que, con su sabiduría intelectual y su pretensión de autojustificación religiosa, erigen un obstáculo insuperable para la acogida del Evangelio.

 

Es esa misma mirada de fe la que llevará a San Pablo a escribir: «Dios ha elegido lo que en el mundo es necio para confundir a los sabios, lo que en el mundo es débil para confundir a los fuertes» (1 Cor 1,27)…



A esta acción de gracias, Jesús le sigue una afirmación extraordinaria, que nos abre una ventana a su relación íntima con el Padre y nos hace contemplar por un instante la vida de comunión de Dios: «Todo me ha sido dado por mi Padre; nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo».

 

Es más, Jesús invita a sus discípulos a participar en esta vida divina: se trata de pasar por Él, camino definitivo para llegar al Padre, como dirá en el Evangelio de San Juan (cf. Jn 14,6). Aquí lo expresa con palabras de gran consuelo, que constituyen una llamada a adherirse a Él con confianza: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas».

 

En la época de Jesús, los rabinos comparaban la Torá, la Ley de Dios, con un yugo que había que llevar, refiriéndose a la responsabilidad confiada a quienes entraban en alianza con Dios. Ese yugo se había vuelto progresivamente más pesado debido a las interpretaciones rigoristas de los líderes religiosos de Israel: los preceptos, otorgados por Dios para la auténtica libertad del hombre, se habían transformado en «pesadas cargas impuestas por los escribas y los fariseos sobre los hombros del pueblo» (cf. Mt 23,2)…

 

También Jesús se presenta ante quienes le escuchan como Maestro y guía (cf. Mt 23,10), pero como un Maestro muy diferente, que interpreta la Torá con su vida, convirtiéndola en una fuente de libertad: es manso y paciente con los discípulos, respetuoso con quienes tiene delante, carece de toda arrogancia, no condena a los pecadores, es humilde de corazón ante Dios porque se somete a él en todo.



Al actuar así, Jesús no pretende negar las exigencias éticas de la alianza con Dios, pero cuando anuncia la verdad lo hace con misericordia, con sentimientos de compasión hacia los hombres, ¡porque nunca separa la verdad de la caridad!

 

Este equilibrio es muy difícil de alcanzar, pero Jesús siempre supo mostrarse manso y, al mismo tiempo, ser Maestro de los demás, sin imponerles cargas insoportables, sin mirar con cinismo ni dureza a los pecadores. Lo hizo hasta el final de su vida, cuando, al entrar en Jerusalén montado en un manso burrito, fue aclamado por la multitud como el Mesías manso (cf. Mt 21,5; Zc 9,9).

 

Sí, Jesús es un Rabino manso y humilde de corazón, capaz de dar consuelo y paz a quienes se sienten cansados y oprimidos, a quienes se han perdido por caminos tortuosos: el yugo de Jesús, la Torá hecha persona, es suave y su carga ligera. Y al asumir su mansedumbre, todo hombre puede vivir ya ahora la bienaventuranza que Él prometió: «Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra» (Mt 5,5; cf. Sal 37,11), es decir, la tierra de los vivos, el Reino.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

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