Si no os hacéis pequeños… no entenderéis el secreto - San Mateo 11, 25-30 -
Tras el discurso misionero que Jesús dirigió a los
discípulos (cf. Mt 10), en el Evangelio según San Mateo leemos un pasaje
narrativo que nos da testimonio de la existencia, en torno al propio Jesús, de
un clima de tensión y contradicciones en torno a su persona (cf. Mt 11-12).
Desde la cárcel, Juan el Bautista envía a sus
discípulos a preguntarle: «¿Eres tú aquel que ha de venir, o debemos
esperar a otro?» (Mt 11,3). Una pregunta que no expresa falta de fe,
sino una duda a la que Jesús responde renovando la fe de Juan, aunque
percibiendo también que, ante su palabra y su estilo, hay quienes se
cuestionan.
Mientras tanto, Jesús también se enfrenta al rechazo
por parte de aquellos a quienes se sentía enviado como portavoz de Dios, y se
pregunta por qué esa generación que rechazó a Juan, un asceta rigorista, lo
rechaza también a Él, que, por el contrario, ha mostrado un rostro
misericordioso, acogedor y solidario hacia los pecadores (cf. Mt 11,16-19).
Precisamente las ciudades en las que Jesús había realizado prodigios, como
Corazaín y Betsaida, «sus ciudades», evangelizadas por Él,
no han dado señales de conversión (cf. Mt 11,20-24)…
El contexto es, por tanto, pesado; es un momento de
prueba en el ministerio de Jesús, un momento en el que el desánimo y la
sensación de fracaso son posibles, es más, casi inevitables.
Pero Mateo subraya que precisamente «en
aquel tiempo», en ese momento de «crisis», Jesús deja brotar de su
corazón un himno de alabanza gozosa y convencida a Dios: «Te alabo, oh Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los
inteligentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, oh Padre, porque así te ha
parecido bien».
De Jesús no se eleva hacia Dios ningún lamento, sino
una confesión que es alabanza y bendición. Jesús se dirige a Dios con una
confianza única: lo llama «Padre», en arameo «Abba»,
porque en este nombre se encierran para Jesús la ternura, el amor y la
misericordia. Dios es Creador y Señor del cielo y de la tierra, es el Altísimo,
pero el creyente lo reconoce en una relación de intimidad paterna, llena de
sentimientos de amor. Por eso se adora a Dios como Señor, se le invoca y se le
habla como a un Padre.
Así lo invoca Jesús y confiesa su fe en Él: «Padre,
proclamo tu alabanza, reconozco tu voluntad y tu obra: lo que has ocultado a
quienes se creían merecedores, lo has revelado a los pequeños que no podían
presumir de ningún mérito».
Ciertamente, aquí hay que descifrar el lenguaje de
Jesús, que está marcado por el estilo semítico. De hecho, parecería que Dios
oculta arbitrariamente algo —la verdad profunda— a los sabios y a los
intelectuales, mientras se reserva comunicársela solo a los pequeños, a los
pobres y a los últimos. Como si en las palabras de Jesús hubiera una condena de
la inteligencia y una exaltación de la ignorancia…
¿Cómo debemos entender estas palabras?
Dios envió su palabra de salvación al faraón, a través
de sus mensajeros, pero él la rechazó, por lo que el resultado fue el
endurecimiento de su corazón. Es el faraón, con su responsabilidad de haber
rechazado la palabra de Dios, quien endurece su corazón con plena libertad y
responsabilidad personal.
Del mismo modo, este pasaje evangélico no debe
entenderse en el sentido de que Dios niegue la revelación a los sabios y a los
intelectuales de este mundo; a través de Jesús, Dios se dirige a ellos, pero no
acogen su palabra y, al hacerlo, endurecen sus oídos y su corazón. Así es como
se produce el ocultamiento de las cosas de Dios.
¿Acaso no somos también nosotros testigos de estas
realidades? Precisamente aquellos que son sabios, que han adquirido sabiduría
en el mundo, precisamente aquellos que están formados intelectualmente y
alcanzan un alto nivel de conocimiento mundano de la realidad, no son capaces,
al fin y al cabo, de abrirse a la Buena Nueva del Evangelio y de acogerla.
El Apóstol San Pablo vio y experimentó este mismo
fracaso del Evangelio cuando predicó ante los sabios y los intelectuales de
este mundo, tal y como atestigua en la Primera Carta a los Corintios: «La
palabra de la cruz es locura para los que se pierden, pero para los que se
salvan es poder de Dios… ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el intelectual?
¿Dónde está el sabio de este mundo?» (1 Cor 1,18.20).
¡El resultado de la predicación del Evangelio es una
locura! Se adhieren a él los pobres, los últimos, las víctimas y los marginados
de la sociedad, los que no cuentan, mientras que rechazan este don los sabios,
los intelectuales, los nobles, las élites y los que cuentan (1 Cor 2,8).
«Sí, Padre, así lo has querido en tu bondad».
Aquel que mira la humildad de sus siervos, que escudriña y discierne quién es
pequeño, que conoce el corazón de quienes, en su pobreza, solo esperan en el
Señor, ha querido que el velo que oculta muchas cosas relativas al Salvador y a
la salvación se revelara a los pequeños.
Al mirar a estas personas, Jesús las había declarado
bienaventuradas (cf. Mt 5,1-12), siempre las había encontrado y acogido,
siempre había fortalecido su confianza y su libertad, y esta era su
experiencia: estos pequeños han creído, una minoría bendita en medio de tantos
indiferentes y de otros hostiles a Jesús y a su Evangelio. ¡Es paradójico, y
sin embargo así ocurre cuando se anuncia el Evangelio y llega a los hombres y a
las mujeres!
Pero, ¿qué son «estas cosas» que Dios ha ocultado a
los sabios y revelado a los pequeños? Esencialmente, la revelación de que Jesús
es aquel que habla de Dios y lo narra (cf. Jn 1,18); y, al mismo tiempo, la
revelación que el Padre hace de Jesús, el Hijo, al creyente.
Jesús volverá sobre esta verdad en el Evangelio según
San Mateo: « A vosotros se os ha dado a conocer los misterios del reino de los
cielos, a vosotros, pequeños, pobres y humildes, a vosotros, discípulos»
(cf. Mt 13,11). La misión de Jesús, y por consiguiente la del discípulo, del
enviado, solo puede llevarse a cabo así: tanto en el fracaso como en el éxito
se descubren las intenciones más profundas con las que Dios confía una misión
al propio discípulo.
«Todo me ha sido dado por mi Padre; nadie
conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a
quien el Hijo quiera revelárselo». A Jesús se le ha dado todo porque es el Hijo
del Padre, aquel a quien solo el Padre conoce, hasta el punto de poder decir de
él: «Tú eres mi Hijo, el amado» (cf. Mt 3,17; 17,5).
Solo Jesús conoce plenamente al Padre, a Dios, porque
de Él ha venido al mundo, y solo Jesús puede dar a conocer a Dios a su
discípulo, porque nadie va al Padre sino por medio de Él (cf. Jn 14,6). He aquí
la revelación de la identidad de Jesús, de su relación con Dios, del
conocimiento de Dios por parte del discípulo.
Nos encontramos en la cúspide de la revelación divina
de Jesús según el primer Evangelio. Este es el misterio entregado al discípulo,
misterio que hay que adorar, acoger en silencio y vivir cada día en el fiel
seguimiento de Jesús, que nos lleva al Padre…
Por eso, precisamente en ese momento, Jesús se dirige
a sus oyentes con una invitación: «Venid a mí todos los que estáis cansados y
agobiados, y yo os daré descanso. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de
mí, que soy manso y humilde de corazón, “y hallaréis descanso para vuestras
almas” (Jer 6,16). De hecho, mi yugo es suave y mi carga
ligera».
Jesús llama a sí a aquellos que buscan a Dios, desean
ver su rostro, quieren estar en comunión con Él, pero están agobiados por
preceptos humanos, intransigencias religiosas, rigideces morales, enseñanzas
que no se pueden traducir en vida… Los llama a sí porque su «yugo»
es suave, ligero, sencillo, y solo exige ser acogido con alegría, confiando en
el amor de Dios, que siempre nos precede y nunca hay que merecerlo.
Jesús es el hombre de las bienaventuranzas,
proclamadas porque Él mismo las vivió en primera persona: es pobre y humilde,
capaz de llorar, manso, hambriento y sediento de justicia, puro de corazón,
artífice de la paz, perseguido.
Para quien se encuentra en estas condiciones, acudir a
Jesús significa encontrar comunión, consuelo e intimidad con un Maestro que,
con dulzura y humildad, acoge siempre y no excluye a nadie. Quien no consigue
soportar el peso de las leyes, quien solo es capaz de decir: «¡Ten
piedad de mí, que soy pecador!» (Lc 18,13), puede acudir a Jesús, que
lo acoge en sus brazos y en él descansar. Porque descansar es, ante todo, poder
permanecer en la quietud entre los brazos de quien nos ama sin reservas.
Hay un yugo construido por los seres humanos, que
encierra mandatos, preceptos, observancias e intransigencias, y está el yugo de
Jesús, que es acogida del amor, de la misericordia de Dios, del amor de los
hermanos y hermanas. El yugo de Jesús no está exento de esfuerzos: pero una
cosa es esforzarse por obligación de los preceptos, y otra muy distinta es
esforzarse por amor y recibiendo amor. Sin embargo, solo los pequeños comprenden esta
revelación, hoy como entonces.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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