La revelación definitiva: la humildad de Dios - San Mateo 11, 25-30 -
El texto evangélico comienza con una indicación
temporal - «En aquel tiempo» - que vincula lo que Jesús está a punto de decir
con los acontecimientos que se acaban de narrar, es decir, la pregunta de Juan
el Bautista sobre la mesianidad de Jesús (Mt 11,3 y ss.) y el fracaso, o al
menos el escaso éxito, de su predicación y misión (Mt 11,20-24).
Jesús acaba de reprender a las ciudades de Corazaín,
Betsaida y Cafarnaúm porque, a pesar de haber sido testigos de los milagros que
Él había realizado, no se habían convertido. Así se comprende el sentido del
verbo «responder», que introduce el agradecimiento de Jesús. El texto
dice literalmente: «En aquel tiempo, respondiendo, dijo Jesús».
Esta respuesta reacciona ante unos acontecimientos, no
ante una pregunta explícita que, precisamente, no aparece en el texto. Jesús
responde al escaso interés que han suscitado su persona, su predicación y sus
obras. Y responde con la oración, incluso con una oración de acción de gracias -
«Te
alabo, Padre» -.
Jesús integra
en la oración el fracaso, lo pone todo ante el Padre y confirma su «sí»,
su «amén»,
su decisión irrevocable de adhesión a Él. Su «sí» al Padre no está
condicionado por el éxito de su misión, sino que es una adhesión radical que ni
siquiera las situaciones desfavorables o contradictorias logran socavar. El «no»
que su persona y su ministerio han recibido confirma, en su oración, su «sí»
al Padre.
La oración es siempre una respuesta que reacciona ante
la palabra de Dios, así como ante los acontecimientos de la vida que no pueden
dejar indiferente al creyente. A través de la oración, incluso el fracaso —o lo
que nosotros consideramos como tal (el fracaso pastoral, la falta de frutos del
ministerio, la esterilidad de la predicación, el rechazo o el desinterés de los
demás…)— deja de ser motivo de desánimo o abandono, para convertirse en un
momento de paradójica confirmación del seguimiento del Señor.
En este pasaje, Mateo presenta a Jesús como figura de revelación e iniciación a la
revelación: revelación de Dios e iniciación a la revelación para los
discípulos. Mientras que Jesús, con su humildad, revela la humildad de Dios, también se presenta como fuente de humildad para sus discípulos.
Mateo construye esta intención iniciática y reveladora
mediante una estructura tripartita. Y encontramos un himno de acción de gracias
(vv. 25-26), un monólogo sobre la relación entre Jesús y el Padre (v. 27) y la
invitación a ponerse a los pies de Jesús y a asumir su yugo (vv. 28-30). No es
casualidad que en Mt 11,19 se hable de las obras de la Sabiduría refiriéndose a
las obras del Mesías (cf. Mt 11,2-6): Cristo es la Sabiduría de Dios.
La oración de acción de gracias de Jesús es también,
al mismo tiempo, una confesión de fe. Jesús está manifestando su fe en el
Padre. Solo un proceso de reelaboración interior, en la fe, de los
acontecimientos vividos puede llevar a convertir un fracaso en el fundamento de
una acción de gracias y de una confirmación de la propia misión. Y la fe, como
siempre, se expresa y encuentra su elocuencia en la oración: Jesús
es un hombre de oración porque es un hombre de fe.
Esta oración revela también el punto de vista desde el
que Jesús contempla los acontecimientos. La oración de Jesús da gracias al Padre no tanto por el hecho de
ocultarse ante unos, como por el hecho de revelarse ante otros.
El énfasis no es de castigo hacia quienes no han
acogido la revelación, sino de agradecimiento a Dios, que revela sus designios
a los pequeños. En particular, revela al hombre Jesús como Mesías.
La adhesión de algunos, definidos con un término que
también puede referirse a los niños pequeños, los «sin palabra», es decir,
sin instrucción, es el ángulo desde el que Jesús contempla los acontecimientos
y los capta en su dimensión positiva, que revela, es decir, la voluntad de
Dios, aquello en lo que Dios encuentra su complacencia.
Estos sencillos, al creer en la palabra y en las obras
realizadas por Jesús, han percibido en Él la revelación del Padre, y esta acción se convierte en
revelación y juicio del corazón de otros, cuya sabiduría intelectual y erudita
se revela inconsistente ante la sencillez de los pequeños.
El «sí» de Jesús al Padre es también el
reconocimiento de la forma en que Dios actúa en la historia, eligiendo al más
humilde, al más pequeño, a quien a los ojos humanos es despreciable y no cuenta
para nada. Es, pues, un «sí» que brota de la familiaridad de
Jesús con el corazón de Dios, un corazón que elige al más humilde, al más
pequeño, al olvidado, desde Abel en adelante.
En cuanto «manso y humilde de corazón», Jesús,
a quien Dios lo ha entregado todo, revela a Dios. Este es el misterio, el
secreto, la sabiduría oculta que habita en el Padre y que Jesús desvela con su
propia mansedumbre y humildad: Dios se oculta a quienes se apoyan en sus
propias fuerzas y cuentan con su propia inteligencia y con sus propios dones y
capacidades, y se manifiesta, en cambio, a los humildes, a los sin
pretensiones, a los pequeños.
Las palabras de Jesús esbozan un itinerario de seguimiento del discípulo. En
primer lugar está la llamada:
«Venid
a mí»; luego, la necesaria renuncia
a la propia voluntad para obedecer a la voluntad del Señor («tomad
mi yugo»). Luego está la actitud del discípulo, la obediencia del discípulo a su maestro y Señor («Aprended
de mí») y, por último, el descanso, la plenitud de vida que se encuentra en el Señor («encontraréis
descanso para vuestras almas»).
Acudir a Jesús, aprender de Él y seguirlo significa,
ante todo, aprender el arte de la mansedumbre, que es el arte de vencer la
violencia y la agresividad con la palabra dialogante. Podríamos decir que la
bienaventuranza de los mansos es la bienaventuranza de quienes se someten al
esfuerzo del diálogo.
El Nuevo Testamento propone la bienaventuranza de los
mansos (Mt 5,5) sobre esta base: Jesús es el manso. Él dice: «Aprended
de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). La mansedumbre hecha persona: Jesús
lo es en cuanto propuesta que no impone, sino que invita.
Acoger la revelación del Jesús manso es entrar en el
diálogo que Dios ha preparado como camino hacia la relación auténtica.
Auténtica, es decir, no violenta, no manipuladora, no impositiva, no engañosa.
El «yugo» de Jesús no designa, pues,
dictados religiosos ni órdenes que cumplir, sino una relación, un vínculo,
honrando así la etimología de la palabra que designa la acción de «reunir»,
«poner
juntos». El yugo de Jesús, ligero y suave, está en continuidad con el
mandamiento bíblico de amar y con la idea de que quien ama cumple con alegría
la voluntad del amado.
Jesús promete descanso
a quien asume su yugo: una vida de fe que, si está constantemente agobiada por
los compromisos pastorales y se configura como una actividad frenética que no
conoce tregua ni descanso, olvida esa entrega a Jesús que es fuente de descanso
en el cansancio y de consuelo en las contradicciones. Y que moldea el rostro
del creyente no a imagen y semejanza de directivos hiperactivos y siempre
nerviosos, sino del Jesús manso y humilde, paciente y benévolo.
Al mismo tiempo, un yugo sigue siendo un yugo y nada
elimina el esfuerzo que supone llevarlo. Amar es una labor exigente y el
seguimiento de Jesús conlleva esfuerzo y fatiga. Ante la tentación generalizada
de eliminar de la vida lo que es fatigoso y conlleva sufrimiento en nombre de
la idolatría del «todo, ya y sin esfuerzo», hay que repetir que no hay grandes
logros humanos y espirituales sin esfuerzo, dedicación y sacrificio. Tampoco
podemos olvidar que el yugo de la
obediencia que Jesús llevó durante toda su vida se convirtió, al final de su
vida, en llevar la cruz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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