Vivir maravillado y alabando - San Mateo 11, 25-30 -
No tengáis miedo.
Y aceptar el reto de Jesús, que dice ser más grande
que la mayor alegría que jamás podamos experimentar. Exagerado.
Y aquí estamos nosotros, remando a contracorriente,
entre precios al alza, guerra en las fronteras, la crisis de todos los tiempos.
Y miedo, miedo, miedo. Cada vez más, cada vez peor.
Con la tentación, constante, de tirar la toalla, de
dejarnos llevar, de una vez por todas.
No es un buen momento.
El riesgo del desánimo se cierne sobre nosotros.
La tentación de caer en la habitual lamentación
cósmica, también.
Pero…
Tampoco es un buen momento, para Jesús.
Juan el Bautista ha sido detenido, el apoyo popular se
está desvaneciendo, y aquellos de quienes Jesús esperaba que acogieran con
entusiasmo el mensaje se muestran, en cambio, hostiles y recelosos hacia Él.
Las cosas van decididamente mal, la misión está
tomando un mal giro.
El fracaso se perfila en el horizonte.
Como les ocurre también a los discípulos, de vez en
cuando.
Como le ocurre a nuestra Iglesia, agotada y vacilante,
intimidada por los numerosos escándalos, o incluso ilusa de que todo va bien.
Pero la realidad dice otra cosa: habla de un cristianismo que no crea
discípulos, sino hábitos flojos.
Y entonces nos encerramos en nosotros mismos, nos
polarizamos, nos quejamos, nos hundimos en el victimismo.
Jesús, a diferencia de nosotros, ante la más evidente
de las realidades, no se queja.
Alaba.
Alaba al Padre porque el rechazo por parte de los
devotos, de los teólogos, de los pretorianos de la fe, ha hecho que se acerquen
los últimos, los sencillos, los que se han rendido a la vida.
Lo que Dios lleva a cabo es un giro radical de la
lógica: su alianza, su amistad, su disponibilidad
se ofrecen a todos. Pero como pocos lo acogen, muchos plantean objeciones, se
complacen en complicar las cosas, son los inesperados los que se acercan.
Los últimos, los excluidos, los perdedores.
Y Jesús se alegra y aplaude. Se maravilla ante Dios.
¡Cómo me gustaría aprender de mi Señor la capacidad de
ver en la derrota una oportunidad!
Y creer, creer, creer, como solo Él sabe hacerlo, que
Dios, a través de nuestras vicisitudes enrevesadas y contradictorias, siempre
logra trazar caminos de salvación.
No por mérito, no por conquista, sino por la libre,
asombrosa e inesperada elección de Dios.
Dios ama, y ama de verdad.
Ama a todos, llama a todos. Nosotros, en nuestra
libertad, podemos elegir complicarnos la vida, enredarnos en razonamientos
retorcidos que se nutren de prejuicios y desconfianza. O rendirnos ante la
evidencia.
Porque Dios es así: nos sorprende.
Nunca es como lo esperamos.
Nos ama sin condiciones, tal y como somos, con
nuestras limitaciones, nuestros miedos, nuestras incoherencias.
Nos ama sin condiciones, por eso podemos cambiar.
Por eso también nosotros alabamos al Padre. Por su
imaginación, por su iniciativa, por su benevolencia. También y sobre todo
cuando el mar está agitado.
Vemos caminos en medio del mar.
Jesús insiste: vayamos a Él, reunámonos a su
alrededor, aprendamos de Él.
Aprendamos a confiar en el Padre, a creer, a leer la
historia y la vida, nuestra historia y nuestra vida, con una mirada elevada y
diferente. La mirada de Dios.
Acudamos a Él si estamos cansados y oprimidos, si
estamos insatisfechos y decepcionados.
No para crear una pandilla de perdedores, no para
consolarnos, incapaces de afrontar el mundo, no para confirmar el prejuicio de
quienes imaginan a la Iglesia como una reunión de fracasados.
Vayamos a Él porque el cansancio interior y la
ansiedad nos alejan de lo esencial.
Tomémonos en serio a este Jesús. Aprendamos de Él su
lógica, sus actitudes, su mentalidad.
Aprendamos a amar. A amarnos a nosotros mismos, a
amarlo a Él, a dejarnos amar.
No dejemos que prevalezca la lógica de la carne,
como escribe San Pablo, es decir, la lógica mundana, hedonista, narcisista y
cínica que está llevando al suicidio a nuestro mundo occidental.
Demos espacio al Espíritu, a lo espiritual, al alma,
al interior.
A la oración, a la meditación, al silencio.
Y el verano, tanto para quienes tienen la suerte de
desconectar e irse de vacaciones, como para quienes se ven obligados a quedarse
encerrados en casa —pienso en las personas mayores o en los enfermos—, es la
ocasión para estar con el Señor.
Para reservarnos ese cuarto de hora de oración diaria
que nos cuesta tanto encontrar durante la jornada laboral.
La Iglesia de la que formaremos parte a partir de
aquí, desde lo esencial, desde redescubrirnos como discípulos, desde vivir como
bautizados, hijos del gran rey, desde tomarnos en serio la invitación que nos
hace el Maestro a dar testimonio de Él.
Dios llega con ropas humildes.
Dios parte de los últimos. Y no colma el corazón en
proporción a los méritos, sino en proporción a las necesidades.
Como dice la Biblia con fuerza, los pobres y los
desheredados son bienaventurados no por su condición, sino porque Dios parte de
ellos para encontrarse con la humanidad.
Así comienza nuestro verano, en compañía de Dios, que
se encuentra con los pobres y los derrotados, y que ignora a los sabelotodos y
a los arrogantes.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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