sábado, 20 de junio de 2026

Vivir maravillado y alabando - San Mateo 11, 25-30 -.

Vivir maravillado y alabando - San Mateo 11, 25-30 -

 

No tengáis miedo.

 

Y aceptar el reto de Jesús, que dice ser más grande que la mayor alegría que jamás podamos experimentar. Exagerado.

 

Y aquí estamos nosotros, remando a contracorriente, entre precios al alza, guerra en las fronteras, la crisis de todos los tiempos.

 

Y miedo, miedo, miedo. Cada vez más, cada vez peor.

 

Con la tentación, constante, de tirar la toalla, de dejarnos llevar, de una vez por todas.

 

No es un buen momento.

 

El riesgo del desánimo se cierne sobre nosotros.

 

La tentación de caer en la habitual lamentación cósmica, también.

 

Pero…

 

 

 

Tampoco es un buen momento, para Jesús.

 

Juan el Bautista ha sido detenido, el apoyo popular se está desvaneciendo, y aquellos de quienes Jesús esperaba que acogieran con entusiasmo el mensaje se muestran, en cambio, hostiles y recelosos hacia Él.

 

Las cosas van decididamente mal, la misión está tomando un mal giro.

 

El fracaso se perfila en el horizonte.

 

Como les ocurre también a los discípulos, de vez en cuando.

 

Como le ocurre a nuestra Iglesia, agotada y vacilante, intimidada por los numerosos escándalos, o incluso ilusa de que todo va bien. Pero la realidad dice otra cosa: habla de un cristianismo que no crea discípulos, sino hábitos flojos.

 

Y entonces nos encerramos en nosotros mismos, nos polarizamos, nos quejamos, nos hundimos en el victimismo.

 

Jesús, a diferencia de nosotros, ante la más evidente de las realidades, no se queja.

 

Alaba.

Alaba al Padre porque el rechazo por parte de los devotos, de los teólogos, de los pretorianos de la fe, ha hecho que se acerquen los últimos, los sencillos, los que se han rendido a la vida.

 

Lo que Dios lleva a cabo es un giro radical de la lógica: su alianza, su amistad, su  disponibilidad se ofrecen a todos. Pero como pocos lo acogen, muchos plantean objeciones, se complacen en complicar las cosas, son los inesperados los que se acercan.

 

Los últimos, los excluidos, los perdedores.

 

Y Jesús se alegra y aplaude. Se maravilla ante Dios.

 

¡Cómo me gustaría aprender de mi Señor la capacidad de ver en la derrota una oportunidad!

 

Y creer, creer, creer, como solo Él sabe hacerlo, que Dios, a través de nuestras vicisitudes enrevesadas y contradictorias, siempre logra trazar caminos de salvación.

 

No por mérito, no por conquista, sino por la libre, asombrosa e inesperada elección de Dios.

 

Dios ama, y ama de verdad.

 

Ama a todos, llama a todos. Nosotros, en nuestra libertad, podemos elegir complicarnos la vida, enredarnos en razonamientos retorcidos que se nutren de prejuicios y desconfianza. O rendirnos ante la evidencia.

 

Porque Dios es así: nos sorprende.

 

Nunca es como lo esperamos.

 

Nos ama sin condiciones, tal y como somos, con nuestras limitaciones, nuestros miedos, nuestras incoherencias.

 

Nos ama sin condiciones, por eso podemos cambiar.

 

Por eso también nosotros alabamos al Padre. Por su imaginación, por su iniciativa, por su benevolencia. También y sobre todo cuando el mar está agitado.

 

Vemos caminos en medio del mar.

 

 

 

Jesús insiste: vayamos a Él, reunámonos a su alrededor, aprendamos de Él.

 

Aprendamos a confiar en el Padre, a creer, a leer la historia y la vida, nuestra historia y nuestra vida, con una mirada elevada y diferente. La mirada de Dios.

 

Acudamos a Él si estamos cansados y oprimidos, si estamos insatisfechos y decepcionados.

 

No para crear una pandilla de perdedores, no para consolarnos, incapaces de afrontar el mundo, no para confirmar el prejuicio de quienes imaginan a la Iglesia como una reunión de fracasados.

 

Vayamos a Él porque el cansancio interior y la ansiedad nos alejan de lo esencial.

 

Tomémonos en serio a este Jesús. Aprendamos de Él su lógica, sus actitudes, su mentalidad.

 

Aprendamos a amar. A amarnos a nosotros mismos, a amarlo a Él, a dejarnos amar.

 

No dejemos que prevalezca la lógica de la carne, como escribe San Pablo, es decir, la lógica mundana, hedonista, narcisista y cínica que está llevando al suicidio a nuestro mundo occidental.

 

Demos espacio al Espíritu, a lo espiritual, al alma, al interior.

 

A la oración, a la meditación, al silencio.

 

Y el verano, tanto para quienes tienen la suerte de desconectar e irse de vacaciones, como para quienes se ven obligados a quedarse encerrados en casa —pienso en las personas mayores o en los enfermos—, es la ocasión para estar con el Señor.

 

Para reservarnos ese cuarto de hora de oración diaria que nos cuesta tanto encontrar durante la jornada laboral.

 

La Iglesia de la que formaremos parte a partir de aquí, desde lo esencial, desde redescubrirnos como discípulos, desde vivir como bautizados, hijos del gran rey, desde tomarnos en serio la invitación que nos hace el Maestro a dar testimonio de Él.

 

 

 

Dios llega con ropas humildes.

 

Dios parte de los últimos. Y no colma el corazón en proporción a los méritos, sino en proporción a las necesidades.

 

Como dice la Biblia con fuerza, los pobres y los desheredados son bienaventurados no por su condición, sino porque Dios parte de ellos para encontrarse con la humanidad.

 

Así comienza nuestro verano, en compañía de Dios, que se encuentra con los pobres y los derrotados, y que ignora a los sabelotodos y a los arrogantes.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Crecer hasta convertirse en pequeño (a modo de confesión personal) - San Mateo 11, 25-30 -.

Crecer hasta convertirse en pequeño (a modo de confesión personal) - San Mateo 11, 25-30 -   « …y se las has revelado a los pequeños ». ...