La lección maestra del Maestro - San Mateo 11, 25-30 -
El Evangelio recoge uno de esos impulsos repentinos
que llenaban de asombro las palabras de Jesús: los pequeños, los niños, las
mujeres y los pobres lo comprenden de inmediato.
A lo largo de toda la Biblia, la lógica de la pequeñez
brota directamente del corazón de Dios y atraviesa nuestra historia como una
línea divisoria: Dios apuesta por aquellos por quienes el mundo no apuesta.
Y Jesús se alegra de ello. A pesar de los malos
momentos: Juan el Bautista ha sido detenido, los líderes religiosos y políticos
le persiguen, y los pueblos alrededor del lago, tras la primera oleada de
entusiasmo, se han alejado.
Y he aquí que, en ese ambiente de derrota, Jesús, en
lugar de deprimirse, se asombra, se maravilla ante Dios: una maravilla.
Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos,
y yo os daré descanso: sus manos,
donde apoyar el cansancio y recuperar el aliento del valor. Aprended
de mí... Ir a Jesús es ir a la escuela de la vida. Este hombre sin
poderes pero majestuoso, libre como el viento, a quien nadie ha podido nunca
comprar ni someter y que es fuente de vidas libres, enseña a vivir bien.
Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón… El maestro es el corazón. ¡Vamos todos a la escuela
del corazón! ¡Todos a aprender el corazón de Dios! Donde está el alfabeto de la
vida.
Dios mismo no es un concepto, sino el corazón dulce y
fuerte de la vida. Aprended de mí, de mi manera, delicada, sin violencia y sin
arrogancia. Mi yugo es suave y mi carga es ligera.
Un yugo: ¿qué es, más que un objeto de museo de la
civilización campesina? ¿Más allá del recuerdo de los animales de tiro, de su
gran esfuerzo? Es una metáfora que no nos resulta familiar: hemos hecho de todo
para quitárnoslos de encima, los yugos.
Jesús, sin embargo, dice: mi yugo, un yugo que
sigue siendo suyo, no nos lo echa encima, con lo duro de la vida. El
yugo sigue siendo suyo, Él sigue enyugado a la misma madera.
A mí me dice: «amigo de aventuras, somos dos; no estás
solo, clavado al esfuerzo de vivir, de cuidar de alguien; estamos juntos en el
mismo surco, en el mismo arado».
Somos ángeles con un solo ala y solo podemos volar
abrazados. Jesús es mi otra ala, mi «cireneo», unido a mis amores, a mi
esfuerzo, a mis sueños, el verdadero maestro que no impone más obligaciones,
sino más alas.
Tomad mi yugo, es decir, tomad sobre vosotros la antigua novedad del Evangelio, que
es oxígeno, que nunca hiere lo que hay en el corazón del hombre, que nunca
prohíbe lo que al hombre le da alegría y vida.
Y comprenderéis la ley profunda, la corriente cálida
que fluye bajo todas las páginas del libro de la existencia, las fecunda, las
colorea. Y las hace perfumarse de universo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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