El alfabeto de la vida - San Mateo 11, 25-30 -
Lo que me cautiva es ver a Jesús asombrándose ante el
Padre. Es algo precioso: el Maestro de Nazaret, sorprendido por un Dios cada
vez más imaginativo e ingenioso en sus ideas, que deja a todos boquiabiertos,
incluso a su propio Hijo. ¿Qué ha pasado?
El Evangelio acaba de relatar un periodo de reveses,
se respira un mal ambiente: Juan el Bautista ha sido detenido, Jesús es
duramente cuestionado por los representantes del Templo, y los pueblos que
rodean el lago, tras la primera oleada de entusiasmo y milagros, se han alejado.
Y he aquí que, en ese ambiente de derrota, se abre
ante Jesús una oportunidad inesperada, un giro repentino que lo llena de
alegría: «Padre, te bendigo, te alabo, te doy las gracias, porque te has revelado
a los pequeños». El lugar vacío de los grandes lo llenan los pequeños:
pescadores, pobres, enfermos, viudas, niños, publicanos, los predilectos de
Dios.
Jesús no se lo esperaba y se sorprende ante la
novedad; la maravilla lo invade y se le nota feliz. Descubre la acción de Dios,
como antes sabía descubrir, en lo más profundo de cada persona, angustias y
esperanzas, y para ellas sabía inventar como respuesta palabras y gestos de
vida, aquellos que el amor nos hace llamar «milagros». «A los
pequeños les has revelado estas cosas… ¿de qué cosas se trata?».
Un pequeño, un niño, capta enseguida lo esencial: si
le quieres o no. En el fondo, este es el sencillo secreto de la vida. No hay
otro más profundo. Los pequeños, los pecadores, los últimos de la fila, las
periferias del mundo han comprendido que Jesús vino a traer la revolución de la
ternura:
«Vosotros valéis más que muchos gorriones»,
dijo un día, «tenéis el nido en sus manos». «Venid a mí todos los que estáis
cansados y oprimidos, y yo os daré descanso». Dios no es difícil: está
al lado de quien no puede más, trae ese pan de amor que necesita todo corazón
humano cansado...
Y todo corazón está cansado. Venid, yo os daré descanso.
Y no os presentaré un nuevo catecismo, ni normas superiores, sino el consuelo
de vivir. Dos manos en las que apoyar la vida cansada y recuperar el aliento
del valor. Mi yugo es suave y mi carga es ligera: palabras que son música,
Buena Noticia.
Jesús ha venido a borrar la antigua imagen de Dios. Ya
no es un dedo acusador apuntando contra nosotros, sino dos brazos abiertos. Ha
venido a hacer que la religión sea ligera y fresca, a quitarnos de encima las
cargas y a darnos las alas de una fe que libera.
Jesús es un liberador de energías creativas y, por
eso, es amado por los pequeños y los oprimidos de la tierra.
Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; es decir, aprended de mi corazón, de mi forma de amar,
delicada e indómita. De Él aprendemos el alfabeto de la vida; en la
escuela del corazón, la sabiduría de vivir.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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