La revelación del secreto de la vida - San Mateo 11, 25-30 -
Es un período de fracasos para el ministerio de Jesús:
cuestionado por la institución religiosa, rechazado por las ciudades que rodean
el lago, por una generación que no duda en calificarlo de «de niñería» (Mt 11,16),
Jesús, de repente, como en un sobresalto de asombro, ve cómo se abre ante Él
una oportunidad inesperada, un giro radical: Padre, lo he comprendido y te
alabo.
Alrededor de Jesús, el lugar parecía haber quedado
vacío; los grandes, los sabios, los escribas y los sacerdotes se habían
alejado, y he aquí que el lugar lo llenan los pequeños: los pobres, los
enfermos, las viudas, los niños, los predilectos de Dios.
Te doy gracias, Padre, porque les has hablado y ellos
te han entendido. Los pequeños
son los pilares secretos de la historia; los pobres, y no los poderosos, son
los pilares ocultos del mundo.
Jesús ve y comprende la lógica de Dios; su ternura
comienza por los últimos de la fila, por los maltratados por la vida. Dios no
es difícil: está al lado de los pequeños, lleva ese pan de amor que necesita
todo corazón cansado....
Y todo corazón está cansado. El alma humana necesita
con urgencia una muestra de afecto: es el verdadero lenguaje universal de
Pentecostés, que toda persona de corazón puro comprende, en cualquier época, en
toda la tierra.
Jesús, que se maravilla ante Dios; me encanta, es
preciosa esta maravilla que lo invade y se le nota feliz, mientras sus palabras
pasan del lamento a la danza. Pero eso no basta, Jesús da un paso más allá.
Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos,
y yo os daré descanso, no un
nuevo sistema de pensamiento, no una moral mejor, sino el descanso, el consuelo
de vivir.
También para mí y para ti, invocar a Jesús debe
equivaler a dar consuelo a la vida. Nuestras homilías, los numerosos
encuentros, deben convertirse en relatos de esperanza y libertad. De lo
contrario, son palabras y gestos que no provienen de Él; son la tumba de la
pregunta del hombre y de la respuesta de Dios. En cambio, allí donde las
preguntas del hombre y la belleza del Dios de Jesús se encuentran, allí estalla
la vida.
Aprended de mí… Ir a Jesús es ir a la escuela de la vida. Aprended de mi corazón, de mi
manera de amar, delicada e indómita. El maestro es el corazón. Si
escuchas al corazón durante un minuto —escribe el místico sufí Rumi—, ¡darás
lecciones a los sabios y a los inteligentes!
Mi yugo es suave y mi carga es ligera: música dulce,
buena noticia. El yugo, en la
Biblia, indica la Ley. Ahora bien, la ley de Jesús es el amor. Tomad
sobre vosotros el amor, que es un rey ligero, un tirano amable, que
nunca hiere lo que hay en el corazón del hombre, nunca prohíbe lo que al hombre
le da alegría y vida, sino que es incansable a la hora de generar, cuidar y
volver a poner en marcha.
¿Qué es el amor? Es oxígeno. Si la vida se ha
detenido, el amor la espera, la impregna de sí mismo y le devuelve el aliento.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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