Una enseñanza de vida - San Mateo 11, 25-30 -
Te alabo, Padre...
El Evangelio recoge uno de esos impulsos espontáneos
que llenaban de júbilo y asombro los encuentros de Jesús: los pequeños lo
comprenden, comprenden el secreto de la vida. Son los pequeños de los que está
lleno el Evangelio: los pobres, los enfermos, las viudas, los niños, los
preferidos de Dios. Representan al hombre sin cualidades que Dios acoge en sus
cualidades.
Porque has revelado estas cosas a los pequeños...
Las cosas reveladas no pueden encerrarse en una
doctrina, no constituyen un sistema de pensamiento. Jesús vino a mostrar, a
contar la revolución de la ternura de Dios, núcleo original y frescura perenne
de su Evangelio.
Esta revolución de la ternura, Dios al lado de los
pequeños, es la verdadera lengua universal, la única lengua común a todas las
personas, en todas las épocas, en toda la tierra. Un pequeño capta enseguida lo
esencial: si le quieres o no. En el fondo, este es el sencillo secreto de la
vida. No hay otro más profundo. Los pequeños, los pecadores, los últimos de la
fila, las periferias del mundo han comprendido que en esta revolución de la
ternura está el secreto de Dios.
Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos,
y yo os daré descanso.
Jesús viene y trae el descanso de la vida, muestra que
es posible vivir mejor, para todos. El Evangelio es el sueño de hacer la vida
más humana y más bella: la humanización es el gran signo de la espiritualidad
auténtica.
Mencionar a Jesús, hablar del Evangelio, celebrar la Eucaristía
debe equivaler a consolar la vida agotada; de lo contrario, son palabras y
gestos que no provienen de él. Los sermones, los encuentros, las instituciones
deben convertirse en relatos de amor; de lo contrario, son la tumba de la
pregunta del hombre y de la respuesta de Dios.
Aprended de mí...
Acudir a Jesús es ir a la escuela de la vida. Jesús:
este hombre sin poderes pero majestuoso, libre como el viento, a quien nadie ha
podido jamás comprar ni someter, fuente de vidas libres.
De mí, que soy manso y humilde de corazón...
Aprended de mi forma de ser, sin imposiciones ni
arrogancia. Aprended de mi forma de amar, delicada e indómita. El maestro es el
corazón. Dios mismo no es un concepto: es el corazón dulce y fuerte de la vida.
Mi yugo es suave y mi carga es ligera, música dulce,
buena noticia…
El yugo, en el lenguaje de la Biblia, indica la Ley.
Ahora bien, la ley de Jesús es el amor: tomad sobre vosotros el amor; cuidad, con
ternura y seriedad, de vosotros mismos, de los demás y de la creación; difundid
la ternura combativa de Dios, empezando por los pequeños, que son las columnas
secretas de la historia, las columnas ocultas del mundo. Cuidar de
ellos, como lo hace Dios, es cuidar del mundo entero.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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