martes, 14 de abril de 2026

El Buen Pastor que guía a la vida.

El Buen Pastor que guía a la vida 

Mis ovejas escuchan mi voz. Es hermoso el término que Jesús elige: la voz. Antes incluso que las cosas dichas, lo que cuenta es la voz, que es el canto del ser. Reconocer una voz significa intimidad, compañía, habla de una persona que ya habita en ti, deseada como la amada del Cantar: hazme sentir tu voz. Antes que tus palabras, Tú. 

Escuchan mi voz y me siguen. No dice: me obedecen. Seguir es mucho más: significa recorrer el mismo camino de Jesús, salir del laberinto del sinsentido, vivir no como ejecutores de órdenes, sino como descubridores de caminos. 

Significa: soledad imposible, fin del inmovilismo, caminar hacia nuevos horizontes, nuevas tierras, nuevos pensamientos. Nosotros y toda la Iglesia estamos llamados a entrenarnos en la sorpresa y el asombro para captar la voz de Dios, que ya está más adelante, más allá, que nos precede en todas y cada una de nuestras Galileas. 

¿Y por qué escuchar su voz? La respuesta de Jesús: porque yo les doy vida eterna. 

Escucharé su voz porque, como una madre, Él me hace vivir, la voz de Dios es pan para mí. Así como la voz de los hombres es pan para Dios. 

Por una vez al menos, centrémonos en lo que Jesús hace por nosotros. Lo hacemos muy poco. Los maestros de aquí abajo están ahí para recordarnos deberes, obligaciones, mandamientos, para recordarnos el compromiso, el esfuerzo, la obediencia. Muchos cristianos corren el riesgo de desanimarse porque no pueden hacerlo. 

Entonces es bueno, es saludable para el alma, respirar la fuerza que nace de estas palabras de Jesús: Yo les doy vida eterna. 

Vida eterna significa: vida auténtica, vida para siempre, vida de Dios, vida independientemente de todo. Antes de que yo diga sí, Él ya ha sembrado en mí gérmenes de paz, semillas de luz que comienzan a germinar, a guiar a los desorientados en la vida hacia la patria de la vida. 

Nadie las arrebatará de mi mano. La vida eterna es un lugar en las manos de Dios. Somos pájaros que tienen el nido en sus manos. Y en su voz. Somos niños que nos aferramos con fuerza a esa mano que no nos dejará caer. 

Como enamorados buscamos esa mano que calienta la soledad. 

Como crucificados repetimos: en tus manos encomiendo mi vida. 

De la certeza de que mi nombre está escrito en la palma de su mano, dice el profeta, con una imagen dulce, como la de los niños que se escriben en la mano las cosas importantes, para no olvidarlas en el examen. 

De esta vigorosa certeza, que nunca debo vender, de que para Dios soy inolvidable, de que nada ni nadie podrá separarme y arrebatarme, comienza mi camino en la vida: ser también para todos aquellos que están confiados a mi amor y a mi amistad, un corazón que no se arranca, una mano que no se secuestra. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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