martes, 14 de abril de 2026

El Buen Pastor ofrece la vida eterna.

El Buen Pastor ofrece la vida eterna 

Mis ovejas escuchan mi voz. Escuchar: el primero de todos los servicios que se deben prestar a Dios y al hombre es escuchar. 

El primer instrumento para tejer una relación. Escuchar a alguien es decirle: eres importante, me interesas. Amar es escuchar. Orar es escuchar a Dios. 

Pero, ¿por qué merece la pena escuchar su voz? Jesús responde: porque yo les doy vida eterna. Y es importante, al menos por una vez, centrar toda la atención precisamente en lo que Jesús se compromete a hacer por nosotros. Esto se hace muy pocas veces. 

Todos están ahí para recordarnos nuestras obligaciones, para exhortarnos al compromiso, al esfuerzo por hacer fructificar los talentos, por poner en práctica los mandamientos. Muchos cristianos corren el riesgo de desanimarse porque no pueden hacerlo. 

Y entonces es bueno, es salud del alma, respirar la fuerza que nace de estas palabras de Jesús: Yo les doy la vida eterna. Vida para siempre, sin condiciones, antes que todas mis respuestas; vida de Dios que es donada, derramada en el interior, como una semilla que comienza a moverse, si apenas me acerco un poco al Señor. 

Nadie la arrebatará de mi mano. Notemos la fuerza de esta palabra absoluta: nadie. Inmediatamente duplicada: nadie la arrebatará nunca de la mano del Padre. 

Nadie nos arrebatará de las manos de Dios. Nuestro destino es inseparable del de Dios. La vida eterna es un lugar entre las manos de Dios. 

Como los gorriones, tenemos el nido en sus manos; como niños, nos aferramos con fuerza a esa mano que no nos dejará caer; como enamorados, buscamos esa mano que calienta la soledad; como crucificados, repetimos: en tus manos encomiendo mi vida. 

Las manos de Dios. Manos de pastor contra los lobos, manos enredadas en la espesura de la vida, manos que protegen mi llama marchita, manos que escriben en el polvo y no lanzan piedras a nadie, manos que levantan a la mujer adúltera, manos clavadas en un abrazo que no puede terminar, y luego ofrecidas para que yo descanse y recupere el aliento del valor. 

De la certeza de que Dios se preocupa por el hombre comienza la aventura de aquellos que quieren, en la tierra, custodiar y luchar, caminar y liberar. 

También a nosotros nos importa el hombre. Cada pastor de un pequeño rebaño: mis corderos tienen nombre y apellido, empezando por mi comunidad... Cada uno puede ser una mano de la que no se le arrebata. Poder decirlo a aquellos a quienes amo: nadie os arrebatará. 

Cada discípulo, aunque no sea todavía y nunca sea Cristo, es sin embargo un Cristo inicial, con su propia misión: ser en la vida dador de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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