El Pastor Bello - I -: meditación contemplativa y enamorada
Hay imágenes que seducen: una relación en la que te
conocen y te llaman por tu nombre, a ti con tu historia, uno a uno; un
ser acogido y guiado hacia una experiencia de vida plena. Y si además no se
olvida el contexto en el que Jesús ofrece estas imágenes, estas resultan aún
más fascinantes.
Acababa de curar a un hombre ciego de nacimiento: le
había permitido ver las cosas no a través de intermediarios, sino por sí mismo.
Y, sin embargo, esto había suscitado indignación y reprobación precisamente por
parte de aquellos que, más que nadie, deberían haberse alegrado de una
oportunidad semejante.
¡Cuánta resistencia en aquellos hombres del templo
encerrados en sus convicciones!
¡Cuánta dificultad para sacarlos de un recinto hecho
de prescripciones y prohibiciones que había acabado convirtiéndose para ellos y
para otros en un lugar de esclavitud religiosa!
Quien no acepta dejarse sacar de allí permanece en el
recinto del miedo y de la muerte.
Jesús les dijo esta imagen pero ellos no entendieron de qué les hablaba…
¿Por qué? ¿De qué había hablado Jesús? Había dicho de
sí mismo que era la puerta por la que había que pasar. ¡Qué metáfora la de la
puerta!
Sin la puerta no se tiene acceso a un lugar y, si esto
no ocurre, uno queda excluido de la casa, de la vida.
Si una habitación no tiene puerta, ese lugar se
convierte en una prisión, en una tumba.
La puerta tiene que ver con la vida: sin el Señor
Jesús, nuestra vida conoce la opresión y la asfixia.
Sin Él, nuestra existencia ya no espera nada, se
vuelve hermética, no puede abrirse a ninguna esperanza.
Sin la puerta que es el Señor Jesús, la vida solo
registra deseos frustrados porque son irrealizables.
Sin la puerta, siempre estamos expuestos a posibles
asaltos desde el exterior: los afectos y las cosas más queridas están siempre a
merced de alguien que pueda arrebatárnoslas.
Sin la puerta que es el Señor Jesús no tenemos otro
camino para llegar a esa plenitud de vida a la que todos anhelamos.
Es cierto. No pocas veces nos parece haber encontrado otras posibilidades, pero otras tantas veces hemos comprobado de primera mano su falacia y su inconsistencia.
Ahora, hay que abrir esta puerta. Es un umbral que hay
que cruzar si no queremos privarnos de la posibilidad de una experiencia de
comunión con el Padre. ¡No temas abrir la puerta de tu corazón!
¿De qué más había hablado Jesús?
Había dicho que Él pasa por la puerta. Sin forzarla ni
con violencia: solo llamando sin cesar para que finalmente se le abra.
Y a veces llama durante toda una vida. Cuando se le
abre, Él entra sin engaño, habitado únicamente por el deseo de entregarte su
vida, no de robarte la tuya.
Si le dejas entrar, no te encontrarás con una carga pesada y difícil de llevar: Él, de hecho, viene a tomar sobre sí todo lo que obstaculiza tu camino y te introduce en ese camino que Él mismo ha recorrido primero.
Si le dejas entrar, experimentarás que ya no necesitas
errar vagando en la dispersión.
Él, el Buen Pastor, cuidará de ti con delicadeza y
atención, y lo hará gracias a la experiencia de sus llagas, que son el recuerdo
permanente de la forma en que eres amado. Si quiero comprender cuánto soy amado,
de hecho, debo mirar cuánto ha sufrido el otro por mí.
¡No temas abrir tu puerta! Para que esto suceda, es
necesario reconocer cuáles son esos cerrojos que han blindado tu existencia
hasta el punto de hacerla impermeable a cualquier atisbo de vida.
Eso fue lo que les sucedió a los escribas y fariseos.
Al observar al pie de la letra el precepto, hicieron que la muerte reinara para
siempre. El Señor Jesús quiere entrar para cuidar de tus heridas, pero eso no
puede suceder si no eres tú quien abre la puerta de tu vida.
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo (Ap 3,20). La posibilidad de una curación reside en
abrir tu existencia a una relación en la que, por fin, se te reconoce y se te
llama por tu nombre, y que sana las heridas causadas por relaciones tantas
veces enfermizas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF





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