El Pastor Bello - III -: meditación contemplativa y enamorada
En la escuela de la belleza…
He aquí adónde nos lleva la página evangélica que
conocemos como la del «Buen Pastor».
En realidad, en boca de Jesús, el adjetivo utilizado
no es «bueno». Jesús dice de sí mismo que es el pastor «bello».
La belleza de la que habla, y en cuya escuela nos
entretiene, no tiene nada que ver con nuestros cánones estéticos, según los
cuales algunos quedarían excluidos.
¿De qué belleza nos habla Jesús a nosotros, que
sufrimos el precario nomadismo de nuestra condición humana y que, no pocas
veces, somos víctimas y protagonistas de un embrutecimiento que da miedo?
De la belleza de una relación en la que nunca te conviertes en mercancía de intercambio, como podría ser el caso de un mercenario.
¡Cuántos entran en nuestra vida porque quizá han olido
el negocio!
¡Cuántos desaparecen en la nada una vez obtenido
aquello por lo que habían aceptado dar un paso al frente!
¡Cuántos van y vienen, interesados como están en
engañar y, por eso, siempre listos para esfumarse de nuevo!
La belleza de la que habla Jesús y que lo hace único es aquella que ofrece la garantía de una custodia a ultranza y una intimidad a prueba de voz.
Es una belleza que tiene sus raíces en otra parte, en
su relación con el Padre, cuyos frutos se manifiestan en una entrega de sí
mismo que tiene todos los rasgos de la pasión.
No olvidemos que el Jesús que habla así de sí mismo es
un Jesús a punto de morir con tal de no renegar de los rasgos de esta belleza.
La belleza de la que habla es la propia de quien es
consciente de que todo lo que se pierde por amor conoce misteriosos caminos de
conservación: nunca se perderá.
Es la belleza de una relación en la que, no pocas
veces, lo que nos tranquiliza es el mero sonido de su voz.
¿No es así en nuestra relación con la figura materna? Al niño le basta con oír el sonido de su voz para dormir tranquilo.
La belleza de la que habla Jesús es la de quien vive
las relaciones en términos de pertenencia y no de posesión, de entendimiento y
no de abuso, de respeto y no de opresión, de cuidado y no de indiferencia.
La belleza de la que habla Jesús es la que se expresa
en términos de cuidado hacia quien conoce la experiencia de la fragilidad y del
límite; es la belleza de un Dios que no duerme por la noche si un hombre no
está a salvo.
Es cierto: no hay otro nombre en el que sea posible
ser salvados sino en el nombre de Jesús. Pero, ¿qué puede significar esto hoy?
Que lo que nos salva es un estilo de vida como el
suyo: esta es la belleza que salvará al mundo. La belleza que salva al mundo es
el amor que comparte el dolor.
Es extraño: vivimos en un mundo que ha hecho de la
belleza su ídolo y, sin embargo, no conoce la belleza porque todo lo mide según
los cánones de lo útil, de lo ventajoso, del beneficio propio.
Necesitamos volver a aprender y educarnos en otros
criterios, necesitamos volver a poner en el centro lo gratuito y lo eterno.
No basta con lamentar y denunciar las fealdades de
nuestro mundo. Tampoco basta, en nuestra época desencantada, hablar de
justicia, de deberes, de bien común, de programas pastorales, de exigencias
evangélicas.
Hay que hablar de ello con un corazón lleno de amor
compasivo… hay que irradiar la belleza de aquello» que ha seducido nuestro
corazón.
Son muchas las circunstancias que se abalanzan sobre
nosotros como un lobo al acecho, en busca de presa. Se trata de circunstancias
conflictivas, dolorosas, ante las cuales los lazos humanos de la amistad y el
afecto parecen tambalearse.
En esos momentos, el riesgo es intentar salvarse a uno
mismo abandonando a los demás a su suerte. ¿No es acaso un momento similar el
que estamos atravesando a nivel social?
La belleza de la que habla Jesús es la de quien, precisamente en un momento en que todo parece tambalearse, no huye porque hay algo que vale más que la vida: su vínculo con Dios y su vínculo con los hermanos.
Son estos momentos los que confirman la solidez de
tantas palabras pronunciadas en un momento en que habíamos reconocido como
digna de fe la palabra del Evangelio.
La verdad de una relación, la fuerza de un vínculo,
solo se mide cuando sobre él se cierne una nube oscura. Nada de lo que somos es
verdadero si no ha pasado por la purificación de ese crisol.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF







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