sábado, 25 de abril de 2026

El arte de ser para los demás.

El arte de ser para los demás

Al leer el Evangelio sería fácil detenerse en el tema del pastor y el rebaño, quizá dándole una interpretación clerical tranquilizadora, como si esta página, tan conocida y tan representada también en el arte, fuera solo cosa de presbíteros. Quizá para marcar la diferencia o la cercanía entre ese pastor y el Pastor que es Jesús Resucitado.

 

Pero si queremos dejarnos interpelar por la Palabra tal vez haya que dar un paso más y tratar de ampliar la mirada, para leer e interpretar un modelo de relación que nos ofrece, abriéndonos a los demás y abriéndonos a Dios.

 

Porque aquí hay también una invitación a detenernos y preguntarnos por la calidad de nuestras relaciones humanas: ¿somos capaces, cada uno en nuestro estado de vida, en nuestra propia experiencia, en los pliegues de nuestra cotidianidad, de «llamar por su nombre», de entrar con delicadeza en el territorio del otro, de ir juntos donde hay «pastos», es decir, donde hay vida verdadera, vida auténtica?

 

Y, antes aún, ¿somos capaces, tenemos el valor de mirar al otro, de detenernos en él?


El pastor que describe Jesús es capaz de cuidar las relaciones, de custodiar las relaciones, de acercarse, de compartir, de generar vida.

 

Es un ejemplo que, indirectamente, nos plantea la pregunta de cómo vivimos nuestras relaciones, tanto con quienes caminan a nuestro lado, con quienes encontramos, como mirando hacia arriba, incluyendo nuestra relación con Dios: ¿somos capaces de cuidar nuestras relaciones, somos capaces de custodiarlas, de darles tiempo y espacio, de defenderlas de lo que, por el contrario, querría sofocarla?

 

Las dos caras de una misma moneda, de un mismo «estar con»: el hermano, la hermana, el prójimo, Dios.

 

Así, de verdad, podemos preguntarnos sobre nuestro «ser para», sobre nuestro estar en las relaciones. Sabiendo también que es el Pastor Resucitado quien primero nos busca, nos llama, nos invita al pasto de existencias verdaderas.


Pero, como en toda relación, se nos pide la responsabilidad de poner en ella nuestra libertad, nuestra humanidad. Porque también nosotros podemos ser como el pastor o como el ladrón, que, por el contrario, pisotea al otro, lo secuestra, lo doblega a su voluntad, lo hace instrumento...

 

También por eso sentimos la responsabilidad de ponernos en guardia, para huir de cuantos son depredadores, de cuantos son manipuladores, de cuantos ahogan y no dejan crecer, de cuantos utilizan a los demás para sus propios fines, para su propio egoísmo.

 

También nosotros sentimos la necesidad de defendernos del ladrón, de dar espacio al arte y la sabiduría  de ser pastor… sabiendo que también a nosotros nos puede pasar convertirnos en ladrones…

 

Una vez más, el Evangelio es siempre la vía para medir nuestra humanidad: podemos apostar por «una vida en abundancia» o por la opresión, más o menos explícita, de una o de otra intensidad, aquella que nos autoriza a «robar, matar y destruir».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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