domingo, 26 de abril de 2026

Yo soy la puerta.

Yo soy la puerta

Se multiplican los signos de división: surgen de la necesidad de mantener las distancias, de excluir o confinar.

 

El Papa Francisco hablaba de «construir puentes, no muros». Pero la humanidad se resiste a comprender el valor simbólico absolutamente negativo de un muro erigido como frontera. Y sigue construyendo muros.

 

La caída del Muro de Berlín en 1989 parecía el abandono definitivo de la lógica de los muros pero desde entonces hasta hoy han aparecido en el mundo nuevos muros.

 

Hay algunos conocidos y famosos. Los que separan los territorios de Israel de Palestina y el erigido entre Estados Unidos de América y México para impedir que los migrantes sueñen con una nueva vida.

 

Pero hay barreras aún más cerca de casa, pensadas para impedir que la riqueza de los europeos se vea comprometida por hordas de pobres en busca de un futuro: entre Hungría y Serbia o entre España y Marruecos.

 

Son signos de los tiempos, pero también claves para interpretar el alma humana. Condenarlos es sencillo, derribarlos, mucho menos.

 

La puerta es un punto de paso, una conexión, una brecha abierta en el interior de un muro o de una barrera. En sí misma encierra un mensaje positivo, es un resquicio de esperanza.

 

La puerta del Templo era la entrada a la experiencia del encuentro con Dios: el acceso a su misericordia. Atravesarla significaba para muchos judíos acercar sus esperanzas y sus necesidades al cielo: había quienes llevaban una carga de gratitud por los bienes cosechados, quienes llevaban preocupaciones y necesidades y buscaban ayuda, y sin duda había quienes tenían un fuerte sentido de lo absoluto y vivían intensas experiencias espirituales junto a devotos por costumbre y herederos de tradiciones simplemente antiguas.

 

Todos pasaban por la puerta del Templo para admirar la otra puerta, la inaccesible del Santo de los Santos. Por allí solo podía pasar el sacerdote. Toda esta sacralidad —fascinante y discutible— se había convertido en propiedad privada de una clase sacerdotal que dominaba el fenómeno religioso en su propio beneficio —también económico— y según las rigideces de un pensamiento impuesto al pueblo como «pesada carga».

 

Jesús se enfrenta a esa lógica. Para Jesús, ese mundo ha terminado, el propio Templo se ha derrumbado. La experiencia de Dios ya no está dictada por los ritmos de los sacrificios, sino que es paternidad y misericordia ofrecidas gratuitamente a todos. El lugar del encuentro con el Padre no está encerrado entre inmensas y fascinantes piedras recubiertas de oro.

 

Para Jesús ya no hay reglas opresivas como la interpretación dada al sábado para imponerla al pueblo para que este se sienta «justo». El rostro de Dios cambia, la fe cambia, la salvación cambia. Su cuerpo —cuerpo crucificado y resucitado— es el nuevo Templo, la nueva Alianza, el nuevo alimento espiritual.


«Yo soy la puerta de las ovejas».

 

Esta puerta abre al encuentro, cumple la vocación de todo paso —apertura— umbral. Jesús se presenta como una presencia fiable. Habla con una voz reconocible. Vence toda forma de extrañeza. En su nombre no se admite ninguna imposición, violencia o engaño: esos son los rasgos reconocibles en aquellos «que vinieron antes que yo, son ladrones y salteadores» (invitación a un continuo examen de conciencia para todas las autoridades, empezando por las religiosas).

 

Todos los poderosos de la historia —emperadores, ricos, sumos sacerdotes— se sienten fuertes porque pueden decirle a alguien «acércate, entra». Conocen el temor que infunden y disfrutan mostrándose benevolentes.

 

Jesús no atrae hacia sí para que alguien se doble a sus pies. Más bien, Él se inclina en la postura del siervo. Jesús se describe como una puerta por la que hay que pasar con libertad para alcanzar la libertad: «Yo soy la puerta: si alguien entra por mí, será salvo; entrará y saldrá y hallará pastos».

 

El Resucitado es la autorización para entrar y salir, es decir, para emprender continuos caminos de éxodo. Y la única forma de autoridad creíble es la de quien engendra y deja vivir, la de una mujer que se convierte en madre: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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