domingo, 26 de abril de 2026

Realidad - no ficción -.

Realidad - no ficción -

Es una imagen…

 

Más que los rostros de esta fotografía de Carol Guzy, una reportera estadounidense ganadora del World Press Photo of the Year de este año 2026, lo que impacta son las manos.

 

Los rostros están desesperados, las manos no. Desesperados y afligidos; más aún: atormentados. La angustia indica el estar separados, divididos. La aflicción la expresan los rostros, no las manos, y sin embargo aquí son precisamente las manos las que dan sentido a ese zarandear.

 

Se trata de un inmigrante detenido por miembros de la temible ICE, la agencia federal de USA que controla las fronteras y la inmigración en ese país. El inmigrante se encontraba en el juzgado, en un pasillo, adonde había acudido para tramitar sus asuntos de inmigración. Lo detuvieron ante la mirada de su esposa y de sus tres hijas, en Nueva York, y se lo llevaron. Las manos agarran la sudadera, la sujetan con firmeza, mientras otras manos intentan separarlas de la prenda y arrastrar al hombre.

 

Si se mira con más atención, se pueden distinguir las manos de los familiares de las de los policías. Si no estuviera el rostro de la mujer en el centro de la foto, no entenderíamos bien lo que está pasando; así, si no estuviera el pie de foto debajo de la imagen, no podríamos descifrar ese rostro afligido, que grita como un retrato de una mujer y madre, María, bajo la cruz de un hijo, Jesús. Una agonía.

 

Pero las manos impactan. Por mucho que siempre hablen a través de sus gestos, las manos son manos mudas. Quizás porque la escena es tan confusa y solo vemos la camiseta agarrada por las hijas, que intentan en vano oponerse a la deportación de su padre.

 

Las manos son la parte de nuestro cuerpo que nos hace humanos, son el resultado de una evolución que ha durado millones y millones de años, un instrumento poderoso para comer, agarrar, trabajar, acariciar e incluso ofender y matar.

 

Las manos, por muy diferentes que sean, bellas o feas, cuidadas o desgastadas, pequeñas o grandes, son siempre muy humanas; en sí mismas no tienen ningún valor moral ni, por el contrario, amoral. Son siempre perfectas. Y, sin embargo, con las manos podemos, nosotros, mujeres y hombres, hacer el bien como el mal, dar las gracias o destruir.

 

Aquí están las manos de las víctimas mezcladas, si se puede decir así, con las de los verdugos.

 

Si se mira bien, se entiende a quién pertenecen: mientras las víctimas se aferran a la camiseta, los perseguidores se la arrancan. Quieren separar al padre y marido de sus hijas y de su esposa, quieren detenerlo.

 

Las manos lo hacen todo, y lo contrario de todo.

 

La otra cosa que llama la atención es el rostro del detenido: no se ve, solo queda una pequeña porción en la parte superior izquierda para quien mira. Está esa sudadera, o camiseta, o lo que sea, con las inscripciones en primer plano, aunque un poco desenfocadas.

 

Una escena agitada que la cámara de Carol Guzy ha captado al vuelo y nos ha devuelto como un fragmento congelado de una realidad caótica: un momento de desesperación, de desánimo, de angustia y de desgracia.

 

Si bien las manos siempre hablan y a veces incluso cuentan historias, no juzgan. No nos dicen que los feroces matones del ICE, con esas mismas manos, acariciarán esa misma noche a sus hijos e hijas, que los abrazarán para tranquilizarles y demostrarles el cariño y el amor que sienten por ellos. Con esas mismas manos harán el amor, abrirán la nevera, fumarán y mucho más.

 

Las manos son neutras, aunque sabemos que no son neutrales.

 

Es una imagen… que vale más que mil palabras porque es la imagen de la realidad. Y la realidad supera a la idea. Y a la ficción.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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