domingo, 26 de abril de 2026

Una política en manos de desquiciados.

Una política en manos de desquiciados

Intento escapar de la opresión de los «desquiciados mentales» que siembran el caos en todo el planeta.

 

Y busco consuelo en algunas reflexiones que me alivian en busca de la buena política.

 

Y algunos me sugieren que la política es el arte de gobernar según la justicia y la verdad, y que el fin último no es el poder, sino la virtud y la búsqueda de la felicidad para todos.

 

Hay quienes precisan que la política debe dar orden y seguridad a la colectividad humana, quienes recuerdan que se trata de tutelar los derechos naturales como la vida, la libertad y la propiedad, y quienes ponen el acento en la voluntad general del pueblo soberano.

 

Y todo ello, creo, ha marcado la historia de nuestras democracias.

 

Me convence y me parece muy actual la definición dada por Hannah Arendt: la política es espacio público y pluralismo, es el encuentro entre ciudadanos libres que permite nuevos derechos, nuevas leyes, incluso revoluciones pacíficas.

 

Es una idea muy actual porque remite a la verdadera democracia que quiere diálogos y debates entre muchas ideas diferentes y a menudo divergentes.

 

Pero choca con la política de los «desquiciados» que gobiernan con la fuerza bruta (¡O lo aceptáis o os destruyo! es el leitmotiv desquiciado de los desquiciados).

 

Prefiero no dar explícitamente nombres. Pero, creo, saltan a la vista quiénes son estos desquiciados.

 

Tal vez, y por citar otro nombre, uno vuelve su mirada a Max Weber, un alemán, un estudioso muy influyente de hace cien años.

 

Con brutal realismo nos dice que no nos perdamos en los ideales y que observemos de cerca la política tal y como es: una dura lucha, a menudo sucia, por conquistar y mantener el poder, y el bien común lo decide quien gana y manda.

 

Para unos son los negocios para sí mismos y los compinches. Para otros es el retorno de los imperios con ellos al mando. Para otros el bien común es la continuación de la guerra que les garantiza la impunidad.

 

Max Weber, a decir verdad, precisaba que el poder debe gestionarse de forma responsable, pero ese detalle no entra en los planes de algunos personajes desquiciados.

 

Para estos desquiciados, hacer política significa destruir al otro. El Estado es la extensión de su ego desmesurado que no admite mediaciones. Por supuesto, tampoco limites.

 

La idea de la política como acción por el bien de todos sobrevive hoy en día en el asociacionismo, en el voluntariado, en las ONG,…, también en las manifestaciones y en las plazas donde algunos se indignan, protestan y se comprometen a cambiar las cosas que van cada vez peor o, como me dice alguien, cuesta abajo y sin frenos.

 

Son esos los que diseñan el futuro, mientras que los demás, y en primer lugar los partidos políticos, se quedan atrás y miran hacia el consenso del presente cortoplacista y miope… porque el futuro no vota.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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