Una política en manos de desquiciados
Intento escapar de la opresión de los «desquiciados mentales» que siembran el caos en todo el planeta.
Y busco consuelo en algunas reflexiones que me alivian
en busca de la buena política.
Y algunos me sugieren que la política es el arte de
gobernar según la justicia y la verdad, y que el fin último no es el poder,
sino la virtud y la búsqueda de la felicidad para todos.
Hay quienes precisan que la política debe dar orden y
seguridad a la colectividad humana, quienes recuerdan que se trata de tutelar
los derechos naturales como la vida, la libertad y la propiedad, y quienes
ponen el acento en la voluntad general del pueblo soberano.
Y todo ello, creo, ha marcado la historia de nuestras
democracias.
Me convence y me parece muy actual la definición dada
por Hannah Arendt: la política es espacio público y pluralismo, es el encuentro
entre ciudadanos libres que permite nuevos derechos, nuevas leyes, incluso
revoluciones pacíficas.
Es una idea muy actual porque remite a la verdadera
democracia que quiere diálogos y debates entre muchas ideas diferentes y a
menudo divergentes.
Pero choca con la política de los «desquiciados» que
gobiernan con la fuerza bruta (¡O lo aceptáis o os destruyo! es el leitmotiv
desquiciado de los desquiciados).
Prefiero no dar explícitamente nombres. Pero, creo,
saltan a la vista quiénes son estos desquiciados.
Tal vez, y por citar otro nombre, uno vuelve su mirada
a Max Weber, un alemán, un estudioso muy influyente de hace cien años.
Con brutal realismo nos dice que no nos perdamos en
los ideales y que observemos de cerca la política tal y como es: una dura
lucha, a menudo sucia, por conquistar y mantener el poder, y el bien común lo
decide quien gana y manda.
Para unos son los negocios para sí mismos y los
compinches. Para otros es el retorno de los imperios con ellos al mando. Para
otros el bien común es la continuación de la guerra que les garantiza la
impunidad.
Max Weber, a decir verdad, precisaba que el poder debe
gestionarse de forma responsable, pero ese detalle no entra en los planes de
algunos personajes desquiciados.
Para estos desquiciados, hacer política significa
destruir al otro. El Estado es la extensión de su ego desmesurado que no admite
mediaciones. Por supuesto, tampoco limites.
La idea de la política como acción por el bien de
todos sobrevive hoy en día en el asociacionismo, en el voluntariado, en las
ONG,…, también en las manifestaciones y en las plazas donde algunos se
indignan, protestan y se comprometen a cambiar las cosas que van cada vez peor
o, como me dice alguien, cuesta abajo y sin frenos.
Son esos los que diseñan el futuro, mientras que los
demás, y en primer lugar los partidos políticos, se quedan atrás y miran hacia
el consenso del presente cortoplacista y miope… porque el futuro no vota.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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