viernes, 14 de agosto de 2026

El Canto de esperanza: el Magnificat de María.

El Canto de esperanza: el Magnificat de María 

Hay algo sorprendente en esta Liturgia. Celebramos a María en la gloria del cielo y, sin embargo, la primera lectura nos presenta a una mujer que no está simplemente en el cielo: es una mujer que sufre, que huye, que atraviesa el desierto, que es perseguida. Es gloriosa y perseguida. Está coronada y huye. Está destinada a la victoria y, al mismo tiempo, expuesta a la amenaza del dragón. 

Esta imagen contiene quizá una de las claves más profundas para comprender la Asunción. María ya está en la gloria, pero la Iglesia, de la que ella es icono, camina por la historia y aún no está en la gloria. María ya está allí donde esperamos llegar. 

Y precisamente porque Ella ya está en la plenitud, comprendemos mejor lo que significa estar aún en camino. Esta Fiesta no es una huida de la actualidad para consolarnos con la gloria que nos espera, sino que nos obliga a mirar más profundamente nuestro tiempo. 

Esta es la condición cristiana: vivir entre un «ya» y un «todavía no». 

Jesús ha resucitado; la muerte no es la última palabra; el Espíritu ha sido donado; la vida eterna, de alguna manera, ya ha comenzado en nosotros: esto es el «ya». 

Pero el ser humano sigue siendo frágil. En Gaza, en Ucrania y en otras unas 100 regiones del mundo, la muerte, la destrucción y el dolor parecen imperar. Y nosotros, aquí, vivimos inmersos en un sistema cultural y de mercado que nos obliga a gritar: «¡Sigamos siendo humanos!». La Iglesia sigue lidiando con pecados y actos de inhumanidad graves. A menudo vivimos con una ansiedad subyacente, con el miedo a salir de casa, a que nos «engañen» quienes deberían amarnos. Este es el «todavía no». 

No debemos eliminar una de las dos imágenes para conservar la otra. La mujer es, al mismo tiempo, signo de gloria y figura del sufrimiento. Y el esfuerzo del creyente y de la Iglesia radica precisamente en mantener unidas estas dos facetas de la fe. 

A veces nos gustaría que la fe eliminara de inmediato lo incompleto de nuestra existencia. Nos gustaría que, si Dios nos ha salvado, nuestra vida estuviera ya libre de toda contradicción, de toda fragilidad, de toda oscuridad. 

Y cuando alguien intenta forzar los tiempos y anticipar la solución del mal mediante estrategias humanas y con el apoyo de los poderes del mundo, tal vez esté prestando el peor servicio posible al Evangelio. 

Porque el Evangelio no nos promete esto. Nos promete algo más profundo: que Dios nos acompaña en el tiempo de la incompletitud. El desierto del Apocalipsis no es un lugar de abandono. Es el lugar que Dios ha preparado para la mujer para que sea alimentada. 

El desierto, pues, no es la prueba de que Dios esté ausente. Ni siquiera el desierto de la inhumanidad, ni el de la violencia sin sentido, ni el de la guerra como estado endémico que favorece al mercado. Es el lugar de su presencia en forma de promesa, de protección y de sustento. 

Esta es quizás una de las cosas más difíciles de aceptar en la vida cristiana: cuando ya no comprendemos el sentido de la presencia de Dios en la historia, imaginamos que se le ha escapado de las manos. Pero si no comprendemos la realidad, no es ella la que está equivocada, sino nuestra postura con la que la miramos. 

Dios puede estar realmente presente incluso cuando su salvación aún no es plenamente visible, incluso en el desierto de la inhumanidad. Nosotros querríamos la gloria; Dios nos da el camino hacia la gloria. Nosotros querríamos el cumplimiento; Dios nos da la promesa. Nosotros querríamos ver; Dios nos pide que esperemos. 

He aquí el sentido del Magnificat. María dice: «Mi alma glorifica al Señor». Pero María canta la salvación mientras la historia aún no se ha cumplido. Aún no ha visto todo lo que Dios hará. Aún no tiene ante sus ojos la Pascua. Aún no ha visto la resurrección de su Hijo. Y, sin embargo, canta. 

El Magnificat es, por tanto, el canto de una salvación que ya ha comenzado, pero que aún no se ha cumplido. Ella canta también lo que aún está por suceder: «Ha derribado a los poderosos de sus tronos y ha exaltado a los humildes». Su canto es memoria, presencia y profecía al mismo tiempo. Por eso, el Magnificat es el canto de la esperanza. 

La esperanza cristiana no consiste en decir: «Quizá algún día Dios nos salve». Es algo mucho más fuerte. Es decir: Dios ya ha comenzado a salvarnos, y precisamente por eso podemos esperar lo que aún no vemos. 

Por eso, la Asunción no nos aleja de la tierra: nos enseña a vivirla. ¿Y cómo? 

El Evangelio no nos presenta a María inmóvil en la contemplación de su propia grandeza. Nada más recibir la promesa, María «se levantó y se fue apresuradamente» hacia Isabel. Es extraordinario: la mujer a la que Dios ha destinado a la gloria atraviesa la historia poniéndose en camino hacia otra persona. Esta es la lógica cristiana de la espera. 

Quien tiene fe en cuál será su destino último no huye del presente, no lo teme, no intenta cambiarlo con su impaciencia o para escapar de sus propios miedos: lo vive con mayor intensidad, apoyado en la certeza de la fe, en la relación de amor con los hermanos. 

María sabe que Dios está realizando algo inmenso en ella, pero esta conciencia no la aleja de la realidad concreta de la historia. 

Así debería ser también nuestra esperanza. La esperanza cristiana no es una evasión del mundo. Es la capacidad de vivir el presente sin pretender que el presente sea ya la plenitud. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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