El Canto de los redimidos: el Magnificat de María
En la resurrección del Hijo, María vuelve a encontrar el extremo del hilo. Al igual que en las manos de una tejedora el hilo de la vida sigue fluyendo, así la Madre recompone toda la historia del Hijo. Vuelve al principio. Recuerda. Guarda. Remienda. Nada se ha perdido. Ese hilo había atravesado su vientre para tejer en la carne al Hijo de Dios. Había pasado entre silencios y palabras, partidas y regresos, Nazaret y Belén, Caná y Jerusalén, alegrías y heridas, Magnificat y Stabat Mater.
Ni siquiera la espada que le había atravesado el corazón había cortado ese hilo. Lo había hecho aún más apretado, lo había guardado, lo había cosido a su corazón. Todo en María nace de la gracia (sola gratia); todo se convierte en respuesta de la fe (sola fide); todo devuelve gloria a Dios (soli Deo gloria).
Por eso el Papa Pablo VI pudo decir en el discurso de clausura del tercer período del Concilio Vaticano II (21 de noviembre de 1964): «Alégrate, María, Magnificat, llena de gracia y del Espíritu, tú eres «toda para Cristo y para Dios». Nada retienes para ti. Todo remite al Hijo.
Quizá, María, hoy podamos atrevernos a quitarte por un instante la aureola. No para disminuir tu gloria. Sino para ver cuán hermosa es tu humanidad.
Antes de ser coronada Reina del cielo, respiraste el polvo de nuestra tierra. Conociste el esfuerzo de las madres. La incertidumbre del futuro. El miedo. El exilio. La espada. El duelo. La espera.
La Asunción no es la huida del hombre de la tierra. Es
Dios quien lleva la tierra al cielo. Por eso María es la plenitud de la
santidad cotidiana. No la excepción que nos aleja, sino la promesa que nos
concierne a todos y a cada uno.
El Apocalipsis nos muestra a una mujer vestida de sol. Pero esa mujer aún está de parto. La Asunción no borra el parto. Lo lleva a su plenitud. Es el último parto. En él confluyen el parto de la creación, el parto del Hijo de Dios en la carne de María, el parto de cada mujer, el parto de la Iglesia, el parto de la historia.
También la paz nace así. No como ausencia de guerra. Sino como hija de un largo parto. Toda reconciliación pasa por los dolores del parto. Toda resurrección atraviesa y transfigura las heridas.
La Asunción proclama algo revolucionario. El cuerpo no es un desecho. No es un envoltorio provisional. El cuerpo está llamado a la gloria. En María, Dios afirma de manera definitiva que nada de lo humano es ajeno a la salvación. La carne. La memoria. Las lágrimas. Las manos. Las heridas. Incluso las cenizas. Todo está destinado a ser transfigurado.
Dios no salva almas sin historia.
Salva a personas íntegras, en cuerpo, alma y espíritu. Por eso, el cuerpo de la Madre ya sigue el destino del cuerpo del Hijo. Y anticipa el nuestro.
El Papa León XIV, en «Magnifica Humanitas», observa que vivimos en un mundo atravesado por lógicas de conquista, por intereses económicos, por algoritmos que orientan deseos y miedos, por narrativas seductoras que prometen seguridad mientras alimentan nuevas formas de dominio. En este escenario, María nos ofrece otra narrativa de la historia.
El Magnificat no es un himno intimista. Es la revelación de la forma en que Dios mira el mundo. De la forma en que Dios actúa en la historia. María ve lo que aún nadie ve.
Los poderosos parecen vencer. Los hambrientos parecen destinados a seguir siéndolo. Los humildes parecen olvidados. Y, sin embargo, ella canta en las maravillas que Dios ha obrado en el pasado su presente y, en lo que ella vive, el futuro de Dios. Porque la misericordia atraviesa la historia más profundamente que cualquier poder.
Para el Papa León XIV, el Magnificat se convierte así en la brújula de la existencia cristiana también en la era digital: aprender a leer la historia desde abajo, con los ojos de los pequeños, de los extranjeros, de las madres, de los niños heridos, de los exiliados y de los pobres. No con la mirada de quien domina, sino de quien espera. María se convierte así en la poetisa de la redención y la tejedora de la esperanza.
La Asunción nos recuerda que la vocación del hombre no es evadirse de la materia. Es transfigurarla. El florecimiento de la vida consiste en acoger otra vida. El «sí» de María sigue generando hoy hombres y mujeres capaces de hacer el mundo más humano.
El Magnificat sigue siendo el canto de los hambrientos. De los oprimidos. De los humildes. De todos aquellos que esperan una justicia mayor, que creen en la Justicia del Reino.
De hecho, hay una forma de anunciar la justicia que ya es
justicia. Es hacer justicia de manera justa. Porque no alza la voz, no impone,
no humilla: se da testimonio con la propia forma de ser, con la manera de
mirar, de hablar, de actuar. La justicia, de hecho, no se impone con la fuerza,
sino con la fuerza de la humanidad.
La Asunción no celebra a una mujer que se ha alejado de nosotros. Celebra a una criatura plenamente realizada. En María vemos por fin lo que Dios había pensado desde el principio. Lo humano no se suprime. Se lleva a su plenitud. El cielo no borra la tierra. La lleva a su plenitud.
Por eso hoy aún podemos creer que el hilo de la historia no se ha roto. Sigue en manos de Dios. Y continúa tejiendo la paz en silencio.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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