Luz amable
«¡Guíame, Luz amable, a través de la oscuridad que me rodea, sé Tú quien me guíe!».
Así comienza un poema-oración de San John Henry
Newman.
En ese adjetivo «amable» ya se puede percibir el
sentido más profundo de esta palabra, cuya ausencia se echa en falta hoy en
día. Y, al mismo tiempo, crece el deseo de que vuelva.
Ese «amable» abarca y va más allá de la
dimensión estética, más allá de la expresión de buenos modales, más allá de la
manifestación de un agrado.
En ese «amable» reside la confianza de ser
guiado para avanzar con serenidad en la niebla de la incertidumbre y la duda,
renunciando al orgullo y a la presunción de controlar el propio futuro y el de
los demás.
En ese poema/oración hay la conciencia de estar lejos de casa, de tener los pasos vacilantes, de no poder descifrar con claridad el horizonte.
Y de buscar una guía que acompañe el recorrido por la
complejidad sin sufrirla, sino viviéndola como un momento propicio para tejer
relaciones hermosas con el Otro y con los demás.
Desde esta perspectiva, también se puede interpretar
la elección de la amabilidad como un acto de resistencia a la inhumanidad que,
de diversas formas, está cubriendo el mundo como una sombra amenazante, sin
dejar al margen los ámbitos de la vida cotidiana.
La amabilidad, como todas las criaturas frágiles,
necesita rostros, palabras y gestos de humanidad y, a diferencia del «buenismo»,
se construye sobre el respeto a la dignidad de cada persona, oponiéndose a
veces a leyes que querrían doblegar esa misma dignidad a planes e intereses
partidistas.
El rabino y filósofo Abraham Jousha Heschel escribía:
«Cuando
era joven, admiraba a las personas inteligentes; ahora que soy mayor, amo a las
personas amables».
Mi deseo es tener esta conciencia incluso antes de llegar a la tercera edad: tal vez habría que concluir que las personas inteligentes son las personas amables, personas que, en medio de la complejidad, se dejan guiar por la «Luz amable» que guió a San John Henry Newman.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Posdata:
Ésta
es la poesía completa en castellano.
Guíame,
Luz Amable,
entre
tanta tiniebla espesa,
¡llévame
Tú!
Estoy
lejos de casa,
es
noche prieta y densa,
¡llévame
Tú!
Guarda
mis pasos;
no
pido ver confines ni horizontes,
solo
un paso más me basta.
Yo
antes no era así,
jamás
pensé en que Tú me llevaras.
Decidía,
escogía, agitado;
pero
ahora ¡llévame Tú!
Yo
amaba el lustre fascinante de la vida
y,
aún temiendo,
sedujo
mi alma el amor propio:
no
guardes cuenta del pasado.
Si
me has librado ahora con tu amor,
es
que tu Luz me seguirá guiando
entre
páramos y lodazales, riscos y torrentes,
hasta
que la noche huya
y
con el alba estalle la sonrisa de los ángeles,
la
que perdí, la que anhelo desde siempre.



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