viernes, 31 de julio de 2026

Al final de un verano incendiado.

Al final de un verano incendiado 

Hubo un tiempo en el que el ser humano aprendía a reconocer su propia fragilidad observando los cuatro elementos. 

La tierra le enseñaba los límites de la fertilidad, el agua los de la supervivencia, el aire el valor de la respiración y del movimiento. El fuego, por último, representaba a la vez la conquista y el peligro: la luz que permitía habitar el mundo y la fuerza capaz de destruirlo. 

Hoy en día, esos cuatro elementos siguen contando nuestra historia, pero hablan un idioma diferente, un idioma que describe un equilibrio cada vez más precario. 

La tierra está cansada. Consume más de lo que es capaz de regenerar. Pierde materia orgánica, biodiversidad y capacidad para retener el agua. Es el primer archivo de la vida y, al mismo tiempo, la más silenciosa de las víctimas. 

Falta agua, pero no solo falta: llega en el momento equivocado y con la intensidad equivocada. Largos meses de sequía se alternan con lluvias violentas que la tierra ya no es capaz de absorber. 

No es solo el clima el que cambia; es nuestra relación con la tierra la que se ha empobrecido. 

El viento sigue siendo el gran mensajero. Trae semillas, humedad, aromas, vida. Pero cuando se encuentra con paisajes abandonados y vegetación seca, se convierte en el aliado más poderoso de las llamas. 

Es entonces cuando el cuarto elemento cambia de naturaleza. 

El fuego ya no es solo un fenómeno físico. Se convierte en el símbolo de una fractura entre el hombre y el paisaje. 

En estos días de verano, nuestra península ha seguido ardiendo. Arden bosques, matorral, espacios protegidos. Arden casas, explotaciones agrícolas, animales salvajes, recuerdos colectivos. 

Cada verano parece idéntico al anterior y cada verano prometemos que será el último que vivamos en situación de emergencia. Pero seguimos contándonos una historia incompleta. 

Resulta tranquilizador achacarlo todo al cambio climático. 

Es igualmente tranquilizador sostener que la culpa es de las políticas medioambientales.

Ambas interpretaciones, tomadas de forma aislada, acaban ocultando la complejidad del problema. 

El cambio climático no provoca los incendios. Ninguna ola de calor enciende una cerilla. Pero hace que cada chispa sea infinitamente más devastadora, alarga la temporada de incendios, reseca la vegetación y multiplica la velocidad de propagación de las llamas. 

Al mismo tiempo, sería ingenuo ignorar el peso que tienen el abandono de las zonas del interior, la desaparición de la agricultura extensiva, la reducción de los pastos, la falta de mantenimiento ordinario de los bosques, la fragmentación administrativa y, sobre todo, la mano criminal que sigue utilizando el fuego como instrumento de lucro, chantaje o especulación. 

Las llamas son el punto culminante de muchas crisis que se suman. 

Uno pensaría que resulta cada vez más necesario devolver la inteligencia ecológica a nuestras reflexiones y decisiones. 

El verdadero problema es que hemos dejado progresivamente de habitar el paisaje. Durante siglos, los agricultores, los ganaderos y las comunidades locales han construido un mosaico formado por cultivos, pastos, bosques, terrazas, setos, senderos y sistemas hidráulicos. No era solo un paisaje bello. Era un paisaje resiliente, capaz de interrumpir la continuidad del combustible, de retener el agua y de reducir la vulnerabilidad a los incendios. 

Cuando ese mosaico se desintegra, el fuego encuentra continuidad. 

Y donde encuentra continuidad, encuentra velocidad. 

Cada hectárea que arde no solo representa árboles perdidos. Perdemos suelo fértil, biodiversidad, capacidad de almacenamiento de carbono, recursos hídricos, economía rural e identidad cultural. 

Perdemos ese entramado invisible de relaciones que convierte un territorio en una comunidad y no simplemente en un espacio geográfico. 

Por eso los incendios no son solo un problema forestal. Son una cuestión agrícola, medioambiental, social e incluso política. Miden la calidad de las políticas públicas mucho más de lo que miden la eficiencia de los bomberos. 

La prevención no empieza cuando despegan los aviones de extinción de incendios. Empieza mucho antes: en la ordenación del territorio, en el apoyo a la agricultura que cuida las zonas marginales, en el cuidado de los bosques, en la investigación científica, en la educación medioambiental, en la presencia del Estado frente a quienes utilizan el fuego como arma… 

Porque este es precisamente el punto que deberíamos tener el valor de reconocer. 

El fuego no está declarando la guerra a los árboles. Está declarando la guerra al paisaje. Y el paisaje no es simplemente naturaleza. Es la forma que adopta la naturaleza cuando se encuentra con la historia, el trabajo y la responsabilidad de las comunidades humanas. 

Si seguimos considerando los incendios únicamente como una emergencia veraniega, seguiremos apagándolos sin llegar nunca a aprender realmente a prevenirlos. 

El día en que comprendamos que defender el paisaje significa defender la calidad de nuestra democracia, entonces quizá volvamos a controlar el fuego en lugar de limitarnos a perseguirlo. El paisaje no muere cuando llega el fuego. El paisaje empieza a morir el día en que dejamos de habitarlo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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