Aquella compasión que alimenta hasta saciar - I -
A Jesús le llega la noticia de la muerte de Juan el Bautista. La muerte de Juan tiene lugar tras un banquete. Un banquete de corte, de poder, de seducción y de miedo. Una mesa bien puesta en la que se consuma la muerte del profeta.
Por un lado está Herodes, encerrado en su palacio, prisionero de sus juramentos, de sus invitados, de la imagen que debe salvar ante los demás. Una fiesta que genera violencia. Un banquete que derrama sangre. El poderoso come y el justo es decapitado.
Inmediatamente después, Mateo narra otro banquete. Jesús se sube a una barca, busca un lugar apartado, lleva en su corazón el dolor por Juan, la herida del amigo asesinado. No se encierra en el duelo. No responde a la violencia con más violencia. No deja que la muerte tenga la última palabra. Jesús responde a la muerte alimentando la vida.
El nombre de Herodes parece encerrar su propio destino. «Erodere» significa roer, corroer, desgastar. Herodes el Grande fue devorado por la obsesión del poder. Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, hereda la misma lacra.
El poder que no genera vida siempre acaba consumiéndola. El miedo a perder el control se convierte en miedo al otro. El miedo al otro se convierte en violencia. La violencia se convierte en muerte. En la mesa de Herodes se salva la imagen y se pierde al hombre. Juan muere porque el poderoso no encuentra el valor para afrontar la verdad.
Toda violencia pretende eliminar a un enemigo. En realidad, erosiona ante todo la humanidad de quien la comete. Herodes hace exactamente lo contrario: en lugar de asumir el dolor, lo transfiere a Juan. Esta es la lógica de todo poder idólatra.
Frente a una mesa que mata, Jesús prepara una mesa que da vida. La multitud le sigue al desierto. Y el desierto, lugar de la carencia, se convierte en lugar de la sobreabundancia. Todo nace de una palabra que recorre el Evangelio: compasión. «Al ver a la gran multitud, sintió compasión por ellos». Todo nace de aquí.
El milagro no empieza por los panes. Empieza por la mirada. Jesús ve el hambre del hombre. Hambre de pan, claro. El hambre del cuerpo. El hambre del corazón. El hambre de justicia. El hambre de ser amado. El hambre de que alguien se dé cuenta de su existencia. Hambre de cercanía, de una mano abierta al mundo. La compasión es la forma en que Dios mira el mundo. No desde arriba. No desde lejos. Desde dentro.
Isaías ya había vislumbrado este rostro de Dios: «¡Venid todos los sedientos, venid al agua!» Venid. Comed. Recibid sin pagar. Dios no regatea con la vida. No vende el alimento. No reparte la gracia a los merecedores. Abre la mano. Da.
Por eso el profeta pregunta: «¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan?» Es una pregunta que atraviesa todas las generaciones.
¿En qué gastamos nuestra vida? ¿Qué banquetes perseguimos? ¿Cuántas mesas bien surtidas dejan el corazón más vacío que antes? ¿Cuántos consumos no sacian? ¿Qué riquezas acumulamos? ¿Qué deseos alimentamos? ¿Cuántas palabras y cosas llenan sin nutrir? ¿Cuántos poderes devoran a los hombres sin generar vida?
Herodes lo posee todo. Jesús lo recibe todo: «Todo lo he recibido de mi Padre». Y aquel día son cinco panes. Dos peces. Alrededor de Jesús nace la abundancia. La vida en manos de Dios crece. El pan partido se multiplica. El amor entregado no disminuye. La compasión nunca empobrece a quien la vive.
Y el compartir que suscita nunca es la lástima de quien luego dice «dejad que se vayan», sino que implica la propia implicación. Jesús, de hecho, no dice: «Dejad que se vayan». Dice: «Dadles de comer vosotros mismos».
Dios, para alimentar al mundo, no actúa solo: necesita
manos humanas. Implica a los discípulos. Nos implica a nosotros. El milagro
comienza cuando alguien deja de retener lo poco que posee. Esperamos tener
mucho para compartir. El Evangelio enseña lo contrario: compartir genera
abundancia.
«Todos comieron hasta saciarse». La saciedad es el signo mesiánico. Dios no ofrece migajas. Dios quiere hombres vivos. Mujeres vivas. Niños vivos. Pueblos vivos. Y sobran doce cestas.
Porque el corazón de Dios siempre supera la necesidad inmediata. El amor no se mide, no calcula, no se limita a lo estrictamente necesario. Una espiga produce muchos granos. Una semilla genera una cosecha.
La compasión auténtica genera más compasión. El amor que
se da no disminuye. Se multiplica. La lógica del Reino no es la de la
equivalencia, sino la de la generatividad.
En la mesa de Herodes vence el miedo. En la mesa de Jesús vence la compasión.
Por un lado, un hombre sacrifica al profeta para salvar las apariencias. Por otro, Dios se expone, se entrega a sí mismo para salvar a los hombres.
Aún hoy, el mundo vive suspendido entre estos dos banquetes. Entre quienes utilizan a los demás para llenar su propio vacío y quienes sacrifican su propia vida para que otros vivan.
Jesús no elimina el desierto. Lo transforma en el lugar donde Dios abre la mano y sacia a todo ser viviente.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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