Disuasión avanzada: cuando a la desolación le llamamos paz
En nombre de la hegemonía occidental en Oriente Medio (y de la liberación de las mujeres de esa inmensa prisión que en el imaginario colectivo es el Islam), la ofensiva impulsada por Israel y Estados Unidos (con el silencio-consentimiento de la vieja Europa en proceso de rearme) comienza a arrasar ciudades.
Y se entierran bajo decenas de bombas quirúrgicas a
jefes de Estado escondidos; se desarticula el sistema nervioso productivo y
defensivo del país; se causa daños colaterales irrelevantes… como la muerte de
niñas de una escuela femenina.
Y en medio de este panorama desolador… hay quien se
echa las manos a la cabeza por los retrasos aéreos en Dubái… Lo que importa a
nuestra opinión pública, una vez más, será poner a salvo a todos nuestros
compatriotas.
Al final, sin embargo, intentaremos imponer, a través
de nuestra prepotencia, gobiernos y refundaciones institucionales compatibles con
nuestros intereses capitalistas y occidentales que, decimos, democráticos y
liberales.
Asistimos al ajuste de cuentas en torno a uno de los
últimos intentos del siglo XX de escapar del orden capitalista y democráticos
occidentales - faltan Cuba, Corea del Norte,… -.
Sorprenden los comentarios en los que la crítica mediática occidental traiciona, de forma meridiana, los lugares comunes en torno a la cultura islámica y la demonización obtusa de los símbolos histórico-religiosos y de la relación entre «sociedad civil» y «religión» en esos mundos.
Utilizamos la cuestión global de las libertades
femeninas como palanca para desmontar toda credibilidad histórica de las
comunidades que se quieren ser alternativas a lo que para nosotros es la única
perspectiva no de convivencia civil, sino de desarrollo económico ordenado
según nuestros intereses.
En un pasado reciente se justificó la subyugación y la
devastación de Afganistán en nombre de la liberación del burka, fingiendo de
mala fe que las organizaciones socioculturales seculares podrían ser
desmanteladas en pocos años y bajo la amenaza de nuestras armas.
Ni sucedió. Ni podía suceder. Lo mismo se quiere
presumir en Irán.
Está por ver cuál será el giro que tome esta historia.
Occidente quiere la occidentalización precipitada y
liquidadora de todo bajo la diosa «prosperidad» en cuyos altares se sacrifica
toda decencia y todo escrúpulo.
Mientras tanto tendremos que lidiar con los escombros
y el desencanto que provocan aquellos que, con aparente espíritu de liberación,
confían en la redención de la tiranía a base de misiles.
En lugar de dotarnos de un mínimo de conciencia
histórico-cultural como requisito previo para confrontarnos e interactuar
diplomáticamente con las mil experiencias históricas legítimamente diferentes
que llamamos “Islam”, y en lugar de plantearnos el problema de cómo reconocer,
en el respeto mutuo, el derecho de esos mundos a un papel y un futuro autónomos,…,
en lugar de todo ello a Occidente le interesa que los «otros» sean compatibles a nuestros ‘intereses’, a nuestro ‘crecimiento’, a nuestro ‘desarrollo’…
Y en esta tesitura Occidente exige a los otros que no
se armen por esa misma disuasión en nombre de la cual nosotros exigimos rearmarnos
y usar las armas.
En realidad, Occidente no tiene nada que reconocer y
garantizar, salvo la subordinación de los otros y la arrogancia del dominio
occidental. En el lenguaje moderno a esto se le llama la disuasión avanzada.
Porque, como dice el Presidente de la República francesa: “En este mundo peligroso e
inestable, para ser libre hay que ser temido”.
Hay algo de loco en los tiempos que vivimos y que nos
deja impotentes y al borde del abismo. Con Oriente en llamas, uno teme que nada
bueno saldrá de esta guerra.
Todo tiene su vuelta y su revuelta. Tiempo al tiempo.
O nosotros, o los que nos sucedan, pagaremos el odio.
Me recordaba alguien que hay una frase extraída de una
obra escrita hace casi dos mil años por el historiador romano Tácito. Una frase
para el recuerdo. Son las palabras de un jefe británico, Calgaco, mientras
arengaba a sus hombres antes de la batalla. Los romanos estaban conquistando
Britania, que hoy llamamos Gran Bretaña. La campaña militar estaba dirigida por
el general romano Julio Agrícola.
Ésta es la frase en cuestión: «A la desolación la llaman paz». Las palabras de Calgaco deberían recordarnos que las cosas de cierto modo de entender y ejercer el poder en realidad no ha cambiado esencialmente en estos 2000 años. Como para decir que la historia enseña... cuando repetimos los mismos errores.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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