viernes, 5 de junio de 2026

Un ser humano coronado de gloria y honor - Salmo 8, 5 -.

Un ser humano coronado de gloria y honor - Salmo 8, 5 -

La primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, no es solo un documento sobre la tecnología. Su núcleo más profundo me parece otro: es una reflexión sobre el hombre en una época en la que este corre el riesgo de perderse a sí mismo.

 

El Papa León XIV plantea a la humanidad una elección: levantar una nueva torre de Babel o construir la ciudad donde Dios y la humanidad conviven. No se trata de una contraposición ingenua entre pasado y futuro, sino de una distinción más profunda: por un lado, la técnica cuando se convierte en poder sin límites; por otro, una ciudad humana fundada en la relación, la responsabilidad y el cuidado de los vínculos.

 

El Papa habla del riesgo de perder el propio rostro: es aquí donde se abre una lectura muy humana del texto.

 

Y esta encíclica también se puede leer como un gran llamamiento a la custodia de lo humano: el cuerpo, el límite, la palabra, el deseo, la responsabilidad, el encuentro con el otro.

 

La técnica no es el enemigo. El Papa lo dice con equilibrio: en abstracto, no es en sí misma una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es en sí misma un mal; pero, concretamente, no es neutra, porque asume el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza.

 

La cuestión es qué imagen del hombre está creciendo dentro de nuestro uso de la tecnología.

 

El ser humano no enferma solo cuando es frágil, sino también cuando ya no reconoce su propia fragilidad; cuando confunde el poder con la libertad, la eficiencia con la madurez, el rendimiento con el valor, el control con la salvación.

 

La IA se vuelve peligrosa no porque «piense» demasiado, sino cuando sugiere al hombre que se conciba a sí mismo como una máquina. Entonces ya no nos encontramos ante un simple avance técnico, sino ante una transformación antropológica.


 

Uno de los pasajes más importantes de la encíclica distingue la IA de la humana.

 

La IA, escribe el Papa, no vive una experiencia, no posee un cuerpo, no experimenta la alegría y el dolor, no madura en la relación. La inteligencia humana, de hecho, no es solo cálculo: es experiencia encarnada, memoria, tiempo vivido, capacidad de ser atravesada y transformada por lo que ocurre.

 

Una máquina puede simular empatía y producir palabras bien ordenadas, incluso imitando el lenguaje del cuidado, pero no tiene un cuerpo que tiemble, una historia que vuelve, una infancia que sigue hablando en el adulto. No atraviesa la experiencia, la procesa.

 

Lo humano es siempre más amplio que el dato, el perfil, el diagnóstico, el algoritmo. Cada vez que una cultura olvida este plus, comienza a producir formas elegantes de deshumanización.

 

Es aquí donde la encíclica aborda una cuestión clínica muy actual: la simulación de la relación.

 

El Papa observa que el riesgo no es tanto que una persona crea estar hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar verdaderamente al otro.

 

El peligro más profundo, en otras palabras, no es solo que el hombre sea engañado por la máquina, sino que encuentre en la máquina una vía para evitar el encuentro con el Otro.

 

El otro real es siempre, en cierta medida, incómodo: no responde a la orden, no confirma siempre, no se deja programar, puede decepcionar, puede herir, puede decir no, puede sustraerse.

 

En este sentido, la IA puede convertirse en un espejo narcisista muy evolucionado: un otro sin alteridad, una presencia sin cuerpo.


 

Un eje fundamental de Magnifica Humanitas es precisamente el límite. Sobre ello ya he reflexionado en mi artículo “Magnifica Humanitas: abrazar el límite creatural” (https://kristaualternatiba.blogspot.com/search/label/Magnifica%20humanitas).

 

La cultura contemporánea tiende a interpretarlo como un defecto que hay que corregir: el cuerpo que envejece, la enfermedad, el sufrimiento, la dependencia, la vulnerabilidad, el error, el fracaso, la muerte…

 

Pero la encíclica recuerda que la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso. El ser humano no se convierte en sí mismo eliminando toda carencia, sino aprendiendo a darle forma y sentido.

 

El deseo nace precisamente porque algo falta, porque el otro no se puede poseer, porque el mundo no coincide con nuestra voluntad. Una vida sin límites no sería una vida realmente plena; sería una vida sin deseo, sin creatividad, sin profundidad.

 

Esto no significa idealizar el sufrimiento. Sería un grave error humano. Pero cuando encuentra un espacio en el que puede ser pensado, el sufrimiento puede convertirse también en transformación.

 

Si para un algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona, puede ser el inicio de un cambio profundo. Lo humano es también esto: la posibilidad de que lo que se presenta como un obstáculo se convierta en un umbral.


 

De aquí se entiende también la crítica a las narrativas transhumanistas y poshumanistas.

 

No se trata de oponerse a la investigación científica, sino de preguntarse qué imagen del hombre alimenta el sueño de un potenciamiento ilimitado. Si el futuro se imagina como una liberación definitiva de la limitación, del cuerpo, de la vejez, de la dependencia, nos encontramos ante una fantasía antropológica: el sueño de un hombre sin carencias, sin opacidad,…

 

Pero, ¿sería un hombre sin carencias aún capaz de desear? ¿Sería un hombre sin fragilidad aún capaz de vincularse? ¿Sería un hombre sin cuerpo aún capaz de amar?

 

La fe cristiana, en este punto, introduce un giro radical: Dios no salva al hombre aboliendo la carne, sino entrando en la carne.

 

El Verbo no se convierte en algoritmo. No se convierte en puro poder, no se convierte en inteligencia desencarnada. Se hace carne. Y la carne significa tiempo, límite, herida, relación, dolor, amor.

 

Por eso, todo proyecto de des-encarnación corre el riesgo de producir no un hombre más grande, sino un hombre más pobre: más poderoso, tal vez, pero menos capaz de habitar su propia vida.


 

Y esa deshumanización es también política porque afecta a las instituciones, al trabajo, a la comunicación, a la democracia y a la paz. Cuando la selección, el acceso, la visibilidad, la inclusión o la exclusión son filtrados por algoritmos opacos, el riesgo no es solo técnico, sino moral y político.

 

Confiar a un algoritmo el poder de decidir quién merece y quién no significa permitir que el descarte de los débiles se envuelva en neutralidad y objetividad. La neutralidad, en ciertos casos, puede convertirse en la forma más elegante de exclusión.

 

Lo mismo ocurre con la verdad. El Papa escribe que la verdad es un bien común y no una propiedad de quien tiene poder o visibilidad. La verdad no es solo la corrección de la información, sino la relación con lo real, la capacidad de tolerar lo que no coincide con nuestra necesidad. Cuando una persona, o una sociedad, pierde esta relación, ya no se vuelve más libre; se vuelve más manipulable.

 

La civilización del amor de la que habla la encíclica no es una fórmula sentimental. Es una forma exigente de vínculo: reconocer que el otro no es un medio, un dato, un perfil, un consumidor, una función de mi necesidad.

 

El otro es un rostro, y el rostro del otro siempre interrumpe nuestra omnipotencia. Nos obliga a salir del encerramiento narcisista, a responder, a hacer espacio, a limitar nuestro disfrute para que pueda existir una convivencia.

 

La encíclica no defiende al ser humano porque lo considere perfecto, autosuficiente o moralmente superior a la máquina. Lo defiende porque lo reconoce frágil, corporal, capaz de deseo, capaz de acertar y de equivocarse, expuesto a la herida pero también a la transformación. El hombre es grande no porque pueda todo, sino porque puede responder.

 

Por eso la encíclica no debe leerse como un rechazo al progreso, sino como una pregunta dirigida al progreso: ¿lo que estamos construyendo hace realmente la vida más humana?

 

El riesgo de nuestro tiempo no es que las máquinas se vuelvan humanas. Es que el hombre, seducido por su propio poder, deje de desear humanamente y busque en la IA la curación de su herida más preciosa: la carencia.

 

Porque es precisamente ahí, en la carencia, donde el ser humano permanece abierto a la palabra, al otro, al cuidado, a la esperanza y, para quien cree, a Dios.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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