Juegas al ajedrez, ¿verdad?
Un título extraño para una reflexión que trata uno de los temas más delicados, dramáticos y controvertidos de todos los tiempos: el final de la vida y el silencio de la muerte.
Que la vida de todos tiene un final natural es
indiscutible, pero el cómo y, sobre todo, el por qué siguen siendo un misterio
doloroso.
Y si, hasta hace poco, el sentido de la vida y de la
muerte estaba bastante grabado en la mente, la secularización, al poner en
crisis la dimensión ultraterrena, también ha puesto en cuestión la fidelidad a
la tierra, tan ensalzada por los maestros de la sospecha.
Pero, ¿por qué recurrir a uno de los juegos de mesa
más famosos?
La frase, que da título a esta reflexión, aparece al
comienzo de la película El séptimo sello, producida en 1957 por el
director sueco Ingmar Bergman.
En una Edad Media sombría, marcada por la peste y el terror, el cruzado Antonius Block, preparado en espíritu, pero no en cuerpo, se encuentra con la Muerte, que lo esperaba a la orilla del mar.
No hay aplazamiento, no hay piedad para quien implora
un poco más de tiempo. Y me vienen a la mente las palabras del Evangelio: «¿Quién
de vosotros, por mucho que se preocupe, puede alargar aunque sea un poco su
vida?» (Mt 6,27).
Pero un destello de ingenio en la mente del caballero
puede cambiar el rumbo de la conversación: «Juegas al ajedrez, ¿verdad?»,
y la Muerte, orgullosa de no haber perdido nunca una partida, accede a
suspender su tarea para participar en el desafío.
Sabes
jugar al ajedrez, ¿verdad?, le
dice Antonius Block a la Muerte, con la esperanza de ganar tiempo; Sabes jugar al ajedrez, ¿verdad?,
le preguntan a la Muerte el hombre y la mujer de hoy ante el juego de la vida,
con la esperanza, al menos, de que la libertad y la dignidad se salven, a
través de la nada, de la nada inminente.
Cómo se manifestará esto es igualmente oscuro: «Sabemos
que algo debe suceder, pero no sabemos qué», este es el sentimiento que
aterroriza a la humanidad ante el final de la vida.
Es una duda legítima en el escenario de una
inquietante soledad.
Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo un silencio en el cielo durante aproximadamente media hora y vi a los siete ángeles que estaban delante de Dios y se les dieron siete trompetas (cf. Apocalipsis 8, 1ss).
Ahora, utilizando las palabras del libro del Apocalipsis
que inspiran la película El séptimo sello, me viene a la memoria un
detalle pequeño pero útil para adentrarnos en el silencio delante de la muerte.
Es curioso, pero el apóstol y evangelista San Juan,
cuando quiere destacar al lector la importancia de un acontecimiento, indica
sus coordenadas temporales: por ejemplo, en el episodio de la llamada de los
dos primeros apóstoles, Andrés y otro que permanece sin nombre, el primer
encuentro con el Señor está marcado por una hora, la hora décima, es decir, las
cuatro de la tarde.
El Apocalipsis, aún más, en su lenguaje simbólico,
comienza con una visión bien situada en el tiempo; el autor afirma: «Fui
arrebatado por el Espíritu en el día del Señor» (Apocalipsis 1,10).
Es el tiempo que transcurre, rápido o lento, con un
ritmo sostenido o con un curso circular, lo que marca nuestra existencia, lo
que se convierte en oportunidad, lo que muestra que nuestro ser como criaturas
finitas es una experiencia de espera positiva del Otro.
Saber que la vida es un don que hay que custodiar es
una de las certezas más liberadoras de algunas tradiciones religiosas, al igual que ser consciente
de que se nos pedirá cuenta del modo en que hemos empleado el tiempo es uno de
los impulsos más fuertes para obrar por el bien. Sin embargo, se trata de un
nivel de conciencia que necesita profundas raíces religiosas.
La vida no es un objeto poseído, un espacio ocupado, un territorio conquistado para uno mismo.
La vida es tiempo que se despliega, es un proceso que
se convierte en significado, es un camino hacia la plenitud del potencial que
cada uno puede alcanzar.
La vida es un potencial que no se mide en términos de
eficiencia ni de perfección sino en términos de humanidad construida. Y no hay
sufrimiento que pueda apagar esta realidad, no hay dolor que pueda destruir
esta certeza.
Entonces, el silencio que sigue a la apertura del séptimo sello será el símbolo del misterio que envuelve la vida humana, revelada en el proyecto de Aquel Otro —a veces manifiesto, a veces oscuro—. Aquella será la pausa de trepidación de una libertad donada y la atmósfera de la última jugada en el juego de la existencia.
Y ahora, si quieres, puedes escuchar esta obra clásica - Funeral Sentences for the Death of Queen Mary - de Henry Purcell un maestro inglés del barroco: https://www.youtube.com/watch?v=GzN_c3YeYuc
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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